Cuando logran superar la incomodidad de exhibirse desnudos, Florencia Peña y Luis Luque se muestran naturales; el problema es el excesivo realismo cotidiano que opaca la modesta poesía de la pieza de McNally.
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«Frankie y Johnny en el claro de luna» de T. McNally. Adap.: P.Zangaro. Dir.:Leonor Manso. Int.: F. Peña y L. Luque. Esc.: D. Siliano. Dis. Luces: H. Efron y P. Hernando. Vest.: G. Pietranera. (Teatro Picadilly).
La obra se inicia entre gemidos de placer. Un departamento en penumbras y como telón de fondo la geometría del paisaje urbano, donde las ventanitas de los edificios resplandecen como estrellas. La camarera Frankie (Florencia Peña) y el cocinero Johnny (Luis Luque) acaban de hacer el amor con gran fogosidad y buen entendimiento. El clima que los envuelve es íntimo y distendido; pero a continuación el escenario se ilumina de manera impiadosa arrastrando a los actores a una situación muy incómoda, la de tener que exhibir su desnudez «post coito» fuera de la magia nocturnal que los rodeaba anteriormente. Es muy difícil sostener la ficción con el público pegado al escenario y los actores tan ocupados en que sus partes pudendas no salgan a la luz.
Pensar que años atrás, en esa misma sala, Peña se animó a un desnudo integral muchísimo menos justificado que en este caso (en la obra de José María Muscari «Desangradas en glamour»). Una vez superada la inquietud inicial, los intérpretes juegan sus escenas eróticas con gracia y naturalidad, como por ejemplo, cuando él intenta ablandar la hosquedad de ella lamiéndole los dedos de los pies.
Terrence McNally («¡Amor, valor compasión!», «Master Class») delineó la obra como un continuo vaivén que une y separa a los protagonistas. El es simpático, comunicativo y la ama locamente; ella destila pesimismo y desconfía de la ternura y buen humor del cocinero. Frankie está cerrada como un puño (como fue víctima de un marido golpeador piensa que todos los hombres son violentos), pero con gran habilidad Johnny la irá abriendo «pétalo por pétalo», como en el poema de Cummings.
La acción se desarrolla casi en tiempo real y en una sola locación: el minúsculo departamentito de Frankie, donde ambos intercambian algunos secretos de su pasado y pasan por distintas etapas de relación. Todo en una misma noche.
Pese al entusiasta desempeño de Luque y Peña y a la viva conexión que hay entre ellos, la humilde poesía de la pieza se ve opacada por un exceso de realismo cotidiano: los intérpretes se ponen y quitan prendas sin interrupción, manipulan las llaves de luz y la radio, cocinan en escena, abren y cierran una mesa plegable. Son gestos de escaso valor dramático que minimizan la fuerza de este encuentro. Uno termina extrañando las escenas de la cafetería que se incluyeron en la película de Garry Marshall, con Al Pacino y Michelle Pfeiffer, que le aportaron cierto encanto neoyorquino a la historia y un desarrollo menos apresurado.
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