12 de diciembre 2011 - 00:00

Frau Merkel logró lo que quería: lanzar Maastricht recargado

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
La cumbre europea número quince salvó al euro de perecer fulminado (amenaza que su cotización nunca registró). No obstante, le mantiene la condena a trabajos forzados. La nota sobresaliente es que Alemania tomó el control político de Europa (no le basta con tener apenas las riendas de la zona del euro). La alternativa a sus planes es el ostracismo. Y sólo Gran Bretaña se atrevió a elegir la marginación. Tamaña rigidez ratificó la supervivencia de la eurozona a costa de fracturar, a la vista de todos, la Unión Europea. En otras palabras, donde antes había un problema ahora hay dos. ¿Es el bautismo de fuego de la Europa de dos velocidades? En rigor, lo que despuntó es un mosaico de velocidades múltiples. Alemania arrea a la unión monetaria de los 17 a su ritmo y voluntad. De los 10 países que no usan el euro, 6 suscribirán el nuevo pacto de estabilidad. Otros 3 podrían hacerlo (o, al menos, evitaron pronunciarse con un portazo). Y Gran Bretaña técnicamente quedó en punto muerto. Como una especie de Suiza, pero incómodamente incrustada en la Unión Europea. De momento, por fortuna, el riesgo de desestabilizarla es bajo. David Cameron no es Papandréu ni Berlusconi (las víctimas de la iracundia tras las cumbres de octubre). El Reino Unido posee un banco central de uso exclusivo.

Temor

Puede decir que no y no debe temer el estrangulamiento de una corrida en el acto contra la deuda pública. Pero en esta «nueva» Europa no hay lugar para otro criterio que no sea el de Berlín. «O estás con nosotros o estás contra nosotros», rezaba después un titular irónico del Handelsblatt.

Frau Merkel obtuvo lo que quería. Y se declaró satisfecha. ¿Nació la unión fiscal? Rotundamente, no. Lo que se acordó es «un nuevo pacto presupuestario y una mayor coordinación de las políticas económicas». El Maastricht recargado. No es una unión fiscal sino «una unión de estabilidad presupuestaria». ¿Puede ser el germen de una futura unión fiscal? Desde ya. Pero que la retórica no engañe. Es Alemania la que se opone a los eurobonos, no son sus socios de la eurozona. Alemania declama la unión fiscal y, a la par, inventa una instancia intermedia (una estación de transferencia de soberanía de mano única, de los países hacia Bruselas) mientras posterga la concreción de una tesorería integrada.

Dudas

¿Cómo saber que no fracasará? No se sabe. Hay que creerlo. Está claro que el Maastricht recargado refuerza las sanciones por violar las reglas. Pero nadie ignora, ¿o sí?, que Irlanda sucumbió a pesar de una foja impecable de cumplimiento (que no atesoran ni Alemania ni Francia). Si se comparte la moneda, y si la política fiscal se cortará con la misma tijera, y no se habilitan transferencias entre los socios, ¿cómo se corregirán los problemas de competitividad intrazona? No hay más alternativa que la devaluación interna (hoy, un ajuste deflacionario) que puede llevar años sin arrojar resultados fehacientes, y antes, mucho antes, destrozar el tejido social. No importa. Alemania no se permite la duda: la cura tiene que ser el ajuste fiscal y la reducción de la deuda pública. Para peor, Europa se ata de pies y manos cuando no está hoy en condiciones de satisfacer las condiciones del Maastricht recargado. No con una recesión en ciernes. Menos si la corrida no reduce pronto la presión sobre las tasas de interés que pagan una docena de países afectados.

Sin embargo, la suerte no está echada. Conviene mirar al BCE. Ya se sabe: Mario Draghi dijo que lo interpretaron mal, que el «compacto» fiscal no es el quid pro quo para habilitar una intervención decidida del BCE (a la manera de la Fed). No obstante, los cambios que gatilló importan. La política monetaria giró por completo. Cuenta con margen. Y se tomó una decisión crucial -aumentar la provisión de liquidez a los bancos a un plazo de tres años- que desdibuja el riesgo de colapso. Para tener una perspectiva: los bancos europeos deberán refinanciar vencimientos por 700 mil millones de euros en 2012. Y su acceso al fondeo estaba seriamente restringido. Tanto es así que se estima que arrastran una cola de 400 mil millones de euros que no pudieron renovar. Queda claro que el BCE no le escabulle el bulto a su rol como prestamista de última instancia del sistema financiero. Lo que no quiere es serlo de los gobiernos.

Aquí conviene retornar a la cumbre y anotar la pequeña victoria de Sarkozy (y del resto de la eurozona): se aceptó que someter a los acreedores privados de Grecia a una quita «voluntaria» tuvo «efectos muy negativos» (Van Rompuy dixit). El enfoque «se abandonó». Es imposible ignorar la conexión con la iniciativa del BCE. Si Alemania no va a exigir una reestructuración de las demás deudas soberanas y si el BCE (quizá por eso mismo) las acepta como colateral para su asistencia ilimitada a tres años de plazo, entonces las obligaciones de España e Italia, que rinden entre el 5% y el 7% (por no decir Portugal e Irlanda) tienen, de súbito, otro color. Con acceso a esta ventanilla, MF Global hubiera prosperado en vez de caer en bancarrota. ¿Funcionará como vía de escape? Es una válvula de descompresión importantísima. Aunque Alemania le haya dicho no al arbitraje obvio de concederle chapa de banco al fondo de rescate.

Después de todo, la intención -de Alemania y del BCE- no es acabar con la crisis de un golpe. Cambió, si se quiere, el signo de la política monetaria, pero se endurece la política fiscal (a trasmano del ciclo). Si los bancos crujen, se les dará toda la liquidez que precisen (a menos que carezcan de garantías, tal el caso de Dexia). Conviene tomar nota: no nos matará un ACV sino el estrés crónico.

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