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Furriel: guapo con un aire a Hamlet
Joaquín Furriel: «Los guapos de De Cecco ya no son como los de antes. Empiezan a plantearse dudas y no saben con exactitud por qué deben matar para vengarse».
J.F.: Era un ambiente muy «pesado». Los malevos y cuchilleros se movían en una zona conocida como «Tierra del Fuego». No sé si la llamaban así porque estaba cerca de la Penitenciaría Nacional de Las Heras y la relacionaban con el presidio de Ushuaia. Hubo varios escritores que se fascinaron con ese barrio, como Borges, pero De Cecco descubrió en ese mundo reminiscencias de la tragedia griega, en cuanto que allí se vive en permanente estado de luto y los conflictos se resuelven de una manera muy brutal. Porque las muertes hay que vengarlas siempre, y hay que estar a la altura de quien murió por una cuestión de honor. La obra está inspirada en la «Electra» de Sófocles, pero sólo Orestes, mi personaje, conserva su nombre original.
P.: ¿Este Orestes es un pichón de guapo o directamente no puede con el papel?
J.F.: Es un personaje invadido por la duda. No creo que sea un pichón de guapo, es alguien que percibe que la sociedad está cambiando porque él ya pertenece a otra generación. Orestes no tiene claro «para qué» matar. Sabe que tiene que vengar la muerte de su padre porque ese es su destino, debido al lugar donde le tocó nacer y por llevar el apellido que tiene. Su padre era un caudillo y él en cierta forma ocupa el lugar de príncipe en este barrio. Aunque no quiera se ve obligado a defender ese trono. En la obra convive el amor filial con la duda de asumir o no la carga que otros le imponen. Ahora que le estoy poniendo el cuerpo a la obra siento que me lleva más a Hamlet que al Orestes de la «Electra».
P.: ¿El guapo fue absorbido por el desarrollo urbano?
J.F.: Ezequiel Martínez Estrada, en su «Radiografía de la Pampa», dice que el guapo muere cuando aparece el revólver y se terminan las peleas de cuchillo que obligaban a matar de cerca y a sentir en el cuerpo de uno la sangre del adversario. Orestes tiene la escuela del guapo pero se la han impuesto de manera intempestiva y a empujones, por eso la cuestiona. Hay que ver que el guapo provenía de un estrato social bajo. Para poder sobrevivir una mujer entregaba a sus hijos a un caudillo a fin de que los preparase como guapos y trabajasen de guardaespaldas. Fue una época de mucho movimiento social: llegan los inmigrantes, faltan pocos años para que Hipólito Yrigoyen asuma la presidencia... todo se va desplazando muy rápidamente. Y así como estos personajes fueron asumiendo otros códigos de convivencia, también los políticos cambiaron. Claro que los políticos, al ser políticos -y esto sigue vigente hoy- dieron muy rápido el volantazo y, como siempre, cayeron bien parados. El que quedó pagando fue el perejil. Ya sabemos cómo son las cosas, si el político tiene que cambiar de bando, lo hace, y si tiene que cambiar el discurso, lo cambia sin ningún problema.
P.: La violencia ya no tiene código de honor.
J.F.: El otro día le pregunté a un amigo sociólogo en qué había derivado esta línea del gaucho al guapo. Y este arquetipo no tiene nada que ver, obviamente, con el puntero político que maneja el «paco» en una villa, que es un individuo sin ningún valor ético. Pero me parece que en algunos ambientes rurales todavía se ven conductas ligadas a aquella tradición. Yo tuve ocasión de presenciar en un pueblo de Buenos Aires una discusión entre dos gauchos, después de un partido de truco, y vi como alguien retiraba todos los cuchillos de la mesa. Eso es raro en Capital. Bueno, depende el ambiente. Hace poco estuve comiendo en un restaurante peruano y una mujer le cortó la cara a un hombre con un vaso roto porque la engañaba con otra. No lo degolló de suerte. Y le digo más, cuando grababa «Soy gitano» me metí mucho en ese ambiente y pude comprobar que sus códigos machistas son muy fuertes. Pero eso ya sería tema para otra nota; sólo quiero agregar que «El reñidero» también habla de la violencia del hombre hacia la mujer.
Entrevista de Patricia Espinosa


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