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Ganan las bailarinas en el “Lago” platense
Dentro de la muy tradicional temporada 2012 del Ballet Estable del Teatro Argentino de La Plata, y tras la apertura del ciclo con una discreta versión de «La bayadère» con Eleonora Cassano, subió a escena una vez más el clásico de los clásicos del género: «El lago de los cisnes» de Mario Galizzi, director de la compañía, según el original de Petipa-Ivanov.
El mayor atractivo de la reposición en este caso estaría dado por la presencia (según el anuncio oficial hecho en marzo) de dos primeros bailarines del Ballet Nacional de Cuba designados por Alicia Alonso: Viengsay Valdés y Dani Hernández, quienes finalmente no pudieron viajar por problemas con sus visados, según se explicó a este diario. Así y todo, el espectáculo -que podrá verse hasta el fin de semana que viene- tiene no sólo el encanto de un título siempre convocante sino también de una muy buena realización a cargo de los dos cuerpos estables, Ballet y Orquesta.
Las figuras más atrayentes de este título, Odette, reina de los cisnes, y Odile (el famoso «cisne negro»), tuvieron sólidas interpretaciones, respectivamente, en Genoveva Surur y Larisa Hominal, una bailarina en la que se combinan fuerza y ligereza, línea depurada y carácter, perfecta en sus fouettés. Como el príncipe Sigfrido, Miguel Ángel Klug exhibió muy buenas condiciones que seguramente continuará desarrollando, aunque no se lo vio aún con la seguridad y el aplomo que requiere un papel de estas características.
En los cuadros del palacio el etéreo Esteban Schenone brilló como El Bufón, Mariana Antenucci, Elízabeth Antúnez y Bautista Parada llevaron a cabo un excelente «pas de trois», y las princesas (Antenucci y Antúnez más Aldana Bidegaray, Mariela Milano y Paula Elizondo) exhibieron gracia y precisión. Por su parte, en los cuadros «blancos» los cisnes mostraron un buen trabajo de equipo, y el célebre «pas de quatre» fue impecable.
La dirección de Darío Domínguez Xodo fue correcta pese a que no se advirtió por su parte una lectura demasiado detallada de la magnífica partitura de Chaikovsky; dentro de una Orquesta de muy buen desempeño general, los solos (en especial el de violín, a cargo de Nicolás Favero) brindaron un plus de jerarquía a la versión.


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