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Garcés cuenta una “historia personal de la masculinidad”
Gonzalo Garcés: “Cuando veía las cosas del otro lado del mostrador, sólo como autor, creía una cosa, ahora que soy editor creo otra, soy más optimista. Me llega una cantidad de originales increíbles, jugados, diferentes”.
El escritor argentino Gonzalo Garcés estudió Filosofía en la UBA, y Letras Modernas en La Sorbona, fue profesor de escritura creativa en la Universidad Católica de Chile, elegido para integrar el International Writer´s Program, y dictó clases en la Escola d' Escriptura del Ateneu Barcelona. Ha publicado las novelas "Los impacientes", que ganó el premio Biblioteca Breve 2000, "Diciembre", "El futuro", y "El miedo". Actualmente es Director editorial de Galerna. Nos reunimos a dialogar sobre su nuevo libro.
Periodista: ¿"Hacete hombre" es una novela, un ensayo, un "road book"?
Gonzalo Garcés: ¿Usted cree todavía en los géneros? Yo no. Entre los libros que más me pegaron, los modelos formativos, están Winfried Georg Sebald, Michel de Montaigne. A Montaigne, que inventó el género ensayo, cuando le daban ganas se ponía a narrar, contaba una anécdota, volvía a reflexionar. Cualquier día, cuando se sale por la mañana a trabajar, está compuesto en parte por cosas que te pasan y cosas que pensás, y para mí el libro es así. Tengo una anécdota de base. Un punto de partida. Un día mi viejo me llama muy temprano a la mañana y me dice: tengo que ir a pagar una multa en Tupungato, ¿me podés llevar? Cómo no. Cuando estoy llegando, recibo un mensajito que me dice: estoy en otra dirección, no vengas a casa, secreto. Era un hotel de paso, medio decadente, y mi viejo que en ese momento ya tenía setenta y pico, aparece de traje, perfectamente peinado y totalmente borracho, con una chica que creo que era ecuatoriana, pero yo puse chilena en el libro. Acostumbrado al estilo de mi viejo, los saludo. Y para hacer gala de mundo y de códigos de camaradería masculina, le hago un guiño a mi viejo, y le digo a la chica: ¿te llevamos a algún lado? Y mi viejo me sermonea: No, de ninguna manera, ella nos acompaña a Tupungato, porque yo quiero que en este auto viajen la juventud y la belleza. Yo en el libro atenúo algunas cosas para que no parezcan tan exageradas. Muchas veces las cosas reales puestas en papel parecen inverosímiles. En ese momento pensé que era una situación que hubiera querido tener más de un narrador, más de un cineasta: viajar atravesando medio país con mi viejo y una puta. Eso me lleva a pensar qué fue ser un hombre para mi viejo, qué lo es para mí.
P.: ¿Partió, como dice en la tapa de su libro, de ofrecer una "Historia personal de la masculinidad"?
G.G.: Ese subtítulo lo puse después de terminado el libro, cuando me di cuenta de que había contado mi historia personal con la masculinidad.
P.: ¿No le pareció un tema que suele ser tratado por la revistas de los domingos de los diarios, en programas de televisión que van por la tarde?
G.G.: Las notitas esas en las revistas y los programas se equivocan, presentan la recuperación como si se tratara de un llamado a que los hombres puedan volver a ver un partido con los amigos tomando una cerveza sin que la mujer los moleste. La masculinidad no es eso. Eso es la resaca de la masculinidad. Se lanza por ejemplo, como si fuera algo inquietante, que la hombría ya no existe. En todas las culturas, en todas las épocas, hubo alguna versión de la expresión "hacete hombre". Incluso los tutsi, los mongoles y los bantúes tienen alguna manera de decir "hacete hombre". ¿Qué se están diciendo? Hacerse hombre es algo diferente del hecho biológico de ser varón, que es una formación, una disciplina, un código de valores. Para que nadie salte a hablar de machismo, lo mismo pasa cuando a una mujer le dicen, por ejemplo, "no seas cobarde, portate como una mujer", o, simplemente, "frente a eso tenés que ser bien mujer". Lo que se está oponiendo no es ser hombre contra ser mujer, es ser hombre contra ser niño. El niño no tiene proyectos, no tiene responsabilidad, no pagó su derecho de piso, no produjo nada, no cumplió con la parte de la carga que nos toca a todos como miembros de una sociedad, en cambio el hombre mira la vida, su propia vida, en términos del proyecto colectivo que lo trasciende. Simone de Beauvoir decía que la ética del hombre arranca con la invención de la agricultura. La horda primitiva no tenía proyectos, vivía de lo que encontraba. Cuando supo sembrar, cuidar, esperar, cosechar comprendió que la tribu tenía más para comer, y prospera, y sale de la cueva, y conquista el mundo. Esperar, cuidar y cosechar se convierte en nuestro centro ético. Es tener valores en función de lo futuro, de lo que aún no existe. De ese núcleo surgen los mitos que van a formar una idea de la masculinidad.
P.: ¿Cómo se plantea las tres etapas de la novelesca historia inicial, luego una especulación sobre "El futuro del varón" y finalmente ese "Proyecto" que concluye en "una cueva en Ciudad Gótica"?
G.G.: A medida que voy contando el viaje a Mendoza, me surge hablar de Cyrano de Bergerac, de Lucifer, de Prometeo, de Cronos, de Zeus, diversos arquetipos de lo que se considera masculinidad, o de cómo fue vivida en diversas expresiones ficcionales, porque los arquetipos de hombría son siempre ficciones. Si por hombría en sentido mítico se entiende la identificación trascendente del individuo con el proyecto colectivo, el ejercicio consciente de la libertad, la responsabilidad de la invención, la conciencia del precio trágico del poder, en este tiempo de consumidores, de usuarios, se ha vuelto una exclusividad que detenta sólo un grupo privilegiado de mujeres y de hombres. El viaje en el espacio hacia Tupungato se me iba volviendo un viaje por la literatura, la poesía, la filosofía, el cine, la televisión, el feminismo, el ser argentino. Y fue así que en un momento sentí la necesidad de hacer una pausa, parar la acción de la novela, y hacer una pura reflexión. En el ensayito "El futuro del varón" quise encarar de frente ¿qué es un hombre para mí?, que es el punto donde se junta la reflexión general y la salvación personal, el hombre en sociedad y el que yo quiero ser. A mí, como a muchos de mi generación, me costó mucho hacerme hombre. Hice cosas que se supone que un hombre debe hacer: empecé a trabajar bastante pronto, me casé, tuve hijos, me separé, pero me costó mucho descubrir la diferencia entre la Ley Materna y la Ley Paterna, y cómo para el bien de los hijos tienen que estar en tensión las dos, y que una no puede suplir a la otra. En "El futuro del varón" parto de las resonancias que tuvo el verso "la mujer es el futuro del hombre" de un poema bastante mediocre de Louis Aragon, para pasar al mundo sólo de mujeres que plantea Michel Houellebecq en "Las partículas elementales", y ponerme a discurrir sobre que la historia de las representaciones de la mujer es la historia de nuestros ideales de sociedad.
P.: ¿Cuánto le llevó escribir este libro que por momentos recuerda al rollo que sirvió para que Jack Kerouac pusiera en la máquina de escribir de donde salió la extraordinaria "En el camino"?
G.G.: Hice una versión en poco más de un mes, y era una porquería. No porque no fuera publicable, era una historia amena, pero a mí no me había dejado nada. Yo no había aprendido nada sobre mi tema. Y soy de los que piensan que sólo tiene sentido escribir un libro si te cambia algo a vos mismo, si al terminar el libro averiguaste algo que no sabías antes. Así que volví a escribirla durante nueve meses. Pero las ideas sobre la masculinidad y la hombría, que son dos cosas distintas, las venía cocinando hacía bastante tiempo, tenía lo necesario como material acumulado para narrar y reflexionar.
P.: Dado que ahora es, además de escritor, director editorial, ¿cómo ve el panorama de la literatura argentina?
G.G.: Cuando veía las cosas del otro lado del mostrador, sólo como autor, creía una cosa, ahora creo otra, ahora soy más optimista. Antes leía sólo lo que se llegaba a publicar, y me gustan escritores como Fabián Casas, Daniel Guebel, Oliverio Coelho, Luis Mey. Ahora que soy editor me llega una cantidad de originales increíbles, jugados, diferentes, en poco tiempo he leído tres buenas novelas de gente totalmente desconocida, y eso es mucho. Eso me ilusiona. Tengo para publicar, por caso, la novela "Que todo se detenga" que el poeta Gonzalo Unamuno trabajó durante siete años. ¿Quién escribe hoy una novela durante siete años? Es una gran novela que me enorgullece publicar.
P.: Y usted, ¿qué está escribiendo ahora?
G.G.: Había esbozado apenas una novela sobre un brillante estafador argentino que hace una gran carrera y mucho dinero en el mundo de la cultura, y en un momento sufre una enorme caída. Tuve que dejarla descansar un poco para terminar "Hacete hombre", ahora la retomé.
Entrevista de Máximo Soto


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