13 de diciembre 2010 - 00:00

Gorostiza: “Luchar contra la censura no fue una tarea fácil”

Gorostiza: «Antes del sufragio de 1983, los únicos que se negaron a firmar contra la censura fueron los justicialistas: ‘Nosotros no sabemos si vamos a prohibir’. Entonces, fuimos a verlo a Deolindo Bittel que nos dijo: ‘¡Estos tipos están locos! A ver, deme la lapicera’ y firmó».
Gorostiza: «Antes del sufragio de 1983, los únicos que se negaron a firmar contra la censura fueron los justicialistas: ‘Nosotros no sabemos si vamos a prohibir’. Entonces, fuimos a verlo a Deolindo Bittel que nos dijo: ‘¡Estos tipos están locos! A ver, deme la lapicera’ y firmó».
A sus 90 años («y seis meses», según apunta divertido) el dramaturgo y novelista Carlos Gorostiza está en plena forma. Corre a atender el teléfono, revela una memoria prodigiosa, no pierde oportunidad de bromear y por sobre todo sigue escribiendo incansablemente. Según el registro de Argentores quince de sus obras (entre ellas, «El pan de la locura», «Los prójimos», «El acompañamiento» y «Los hermanos queridos») se exhiben sin interrupción en distintas partes del mundo.

El año próximo Gorostiza dará a conocer, en Buenos Aires, dos nuevos títulos: «Vuelo a Capistrano» (estrena el próximo 4 de enero en el Multiteatro con Daniel Fanego, Emilia Mazer y María Ibarreta, con dirección de Agustín Alezzo) y «El aire del río» que formará parte de la Temporada 2011 del Complejo Teatral de Buenos Aires. Dialogamos con él:

Periodista: Empecemos por «Vuelo a Capistrano», su estreno más inmediato.

Carlos Gorostiza: Sin querer utilizar palabras importantes porque todo está en clave de humor como acostumbro a trabajar, yo diría que son tres personajes (un pintor, su esposa y su ex mujer) en busca de su destino, cada uno a su manera. La metáfora general de la obra tiene que ver con las golondrinas que cuando empieza el fresco abandonan San Juan de Capistrano, en Estados Unidos, y vuelan hasta Goya en la provincia de Corrientes. Aunque también las vemos en Buenos Aires. Este pintor que interpreta Fanego odia a las palomas que llegan a su balcón porque vuelan en un metro cuadrado, mientras que las golondrinas disponen de todo el planeta. Pero el no quiere pintar golondrinas, él quiere pintar el vuelo. Esa es su búsqueda.

P.: ¿Qué nos puede anticipar de «El aire del río»?

C.G.: Sólo le puedo adelantar que la acción transcurre a lo largo de dos siglos: en 1800, 1900 y 2000. Son tres personajes con un conflicto que sigue siendo el mismo en tres momentos de nuestra historia social: la colonia; la oleada inmigratoria y el período actual iniciado en el año 2000. La pieza estará protagonizada por Luis Luque, Alejandro Awada e Ingrid Pelicori. Yo pensaba estrenar una obra en el 2011 y la otra en el 2012, pero me agarré un resfrío tan fuerte que decidí estrenar las dos en el 2011. Por las dudas...

P.: Nos enteramos que festejó sus 90 con amigos de distintas tendencias políticas.

C.G.: Ni see imagina la gente que estaba acá. Un militante de este gobierno -no voy a decir quién era- comentó: «En esta reunión hay mucha gente que es importante para el país». Había radicales, gente de derecha y de izquierda. Estuvo China Zorrilla y también Nelly Omar, que me cantó el tango «Sur» acompañada por mi nieto.

P.: ¿Qué decía el cartel que puso en el ascensor de su edificio?

C.G.: «Reunión ecuménica permitida a izquierdistas, derechistas, centristas y abajistas, pero a ningún arribista. Mucha gente no entiende que por un lado está la convicción y la lucha política y por otro la vida personal, la amistad y la comunicación a nivel humano.

P.: En política no hay verdades relativas, todos creen tener la razón y la defienden a puro fanatismo.

C.G.: Fanatismo. Esa es la palabra clave y éste es mi axioma: «Lo único seguro es la duda». Hace poco se lo dije a un amigo y él me contestó: «Quién sabe...»

P.: Usted debería ser diplomático ¿No le volvieron a ofrecer un cargo público después de Alfonsín?

C.G.: Cargo público... no. Me sugirieron incorporarme a distintas zonas políticas. Yo fui secretario de cultura por casualidad (de 1984 a 1986). El asunto fue así. Apenas terminada la dictadura militar, luché mucho a través de Teatro Abierto. En este living surgió la idea de hacerlo. Empezamos a reunirnos sin saber muy bien por qué hasta que un día decidí visitar a todos los responsables de los partidos políticos. El que mejor me impresionó fue Alfonsín, una persona buena, sana e inteligente. Y a mí no me defraudó, él hizo lo que pudo. La gente se olvida, pero era una época difícil para gobernar con los militares alrededor y el peronismo incendiando cajones.

P.: ¿Y cómo llegó a la Secretaría de Cultura?

C.G.: Yo creo que Alfonsín me eligió por dos razones, además de mis antecedentes. La primera fue haber motorizado la Multipartidaria de la Cultura. Ahí, comprometimos a todos los partidos políticos a eliminar todo tipo de censura, entre otras cosas. Los únicos que se negaron a firmar fueron los justicialistas: «Nosotros no sabemos si vamos a prohibir». Entonces, fuimos a verlo a Deolindo Bittel (cabeza visible del partido y candidato a vicepresidente) que nos contestó: «¡Estos tipos están locos! A ver, déme la lapicera» y firmó. La otra cosa que se me ocurrió fue el slogan: «Ahora Alfonsín». La gente de propaganda lo había rechazado, pero cuando, en una reunión, se lo comentaron a Alfonsín a éste le encantó. Tenía un gran sentido del humor y yo me divertía mucho con él.

P.: Pero igual renunció a la Secretaría de Cultura...

C.G.: En ese momento, luchamos mucho contra la censura. Fue una exposición real de democracia. Llevamos varios proyectos de ley al Congreso, pero allí se trababan, hasta que un día no aguanté más y me fui. Estando en mi quinta llegué a sufrir una descompensación muy grande. Por la radio hablaban de precios en australes y yo terminé preguntando qué era el austral, cuando la semana anterior había estado con Juan Sourrouille, el ministro de economía. Mi médico me ordenó: «Deje eso», pero Alfonsín insistía en que me quedase: «No se preocupe, Don Carlos, cuando estoy en esas cenas para presidentes mucha veces me pregunto ¿quien será el que está al lado mío? Usted se va un año a Washington como agregado cultural y descansa». Yo me negué rotundamente y a él se le pusieron los ojos cuadrados. No podía entender que yo rechazara un puesto así, pero una vez que renuncié sentí una paz que no se puede explicar.

P.: ¿Qué era lo difícil?

C.G.: Un día tuve que viajar a Estados Unidos por tareas inherentes a mi cargo. Ya me habían ofrecido pagar el boleto de mi esposa pero me negué. Llego a Ezeiza y le pregunto al encargado del protocolo: «Dígame ¿qué cosas se pueden traer de allá?» Y el hombre me respondió: «Las que usted quiera señor ministro». Pero yo insistí: «qué le permiten traer a cualquier pasajero». «Mire secretario yo no quiero hacer una apología del delito, pero usted puede traer lo que quiera». ¿No es maravillosa esta anécdota?

Entrevista de Patricia Espinosa

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