17 de octubre 2012 - 00:00

Gran cruzada monetaria inclina la balanza a favor de Wall Street

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
El QE3 comienza a surtir efecto. Y lo hace en los mismos tiempos que el QE2 en 2010. Si se toma la fecha de sus respectivos anuncios oficiales: el recorrido que traza Wall Street es un calco. El alza inmediata con la difusión de la noticia, el descreme posterior de la euforia a lo largo de un mes, y luego la esperada ascensión (para empalmar con la escalada previa cuando el QE2, o el QE3, eran sólo una hipótesis sujeta a confirmación). La historia se repite y lo que ahora corresponde es que el QE3 talonee con firmeza las cotizaciones. ¿Que existen dudas? ¿Que el panorama de la economía es brumoso? Nada muy diferente, tampoco, de lo que obligó a lanzar el QE2 dos años atrás. Sólo que entonces el BCE criticaba a voz de cuello y ahora piensa acompañar con sus compras de deuda soberana.

Nos preguntamos la semana pasada: «¿Hacia adónde irá Wall Street? Falta un gatillo para definir una ruptura. Wall Street, dado el «put» implícito de Bernanke y Draghi, tiene más cobertura a la baja. Sólo que para subir tendrá que poner lo suyo sobre la mesa. Quizás los balances de los bancos puedan satisfacer ese rol de bujía». Dicho y hecho: son los bancos los que, después de la peor semana de Wall Street en cuatro meses, encendieron la chispa y empujan la suba.

El debut de sus estados contables -el viernes pasado- trajo muy buenos resultados -las ganancias treparon tanto en Wells Fargo como en JP Morgan (+34%)- pero no aportó ninguna tracción. Jamie Dimon -el CEO de Morgan- se atrevió a anunciar la reversión de la pesadilla inmobiliaria («la crisis dio vuelta la esquina», dijo a la manera de oráculo), mas no tuvo eco favorable. La lectura de los inversores se ensañó, rigurosa, con la merma en la generación de ingresos en Wells Fargo y opacó así los demás renglones. Tuvo que ser la segunda tanda de balances bancarios la que diera vuelta la pulseada. Y lo hizo de forma rotunda. Citigroup -una víctima emblemática de la crisis- rompió el hielo con un reporte que, depurado de cargos extraordinarios, excedió con holgura las proyecciones de los analistas. Citi ganó más de 3.200 millones de dólares en el trimestre. La acción lideró la contraofensiva de Wall Street. Trepó el lunes casi el 5% y llegó a su valor más elevado desde abril. ¿Cuántos años transcurrieron desde la última vez que alguien ponderó el modelo de negocios de Citi? Vikram Pandit, el CEO, alabó sin tapujos «la fortaleza de nuestros negocios núcleo y de nuestra diversificación». El negocio minorista es el que guía hoy los destinos del banco, y allí la presencia internacional es clave. Como la expansión en Asia pisó levemente el freno, América Latina -donde los préstamos al consumo crecen entre el 4% y el 5% anual- marcó la diferencia. Entre tanta fortaleza, empero, Pandit no percibió su propia debilidad. Al día siguiente, sin preaviso, el piloto de tormentas indio fue desplazado del mando. ¿Qué pasó? ¿Será que el directorio percibió que la tormenta terminó y ello justifica otro estilo de conducción? ¿O habrá gato encerrado? No se sabe. Mike Corbat, su sucesor, es el Sr. «arréglalo», el hombre que se encargó de Citi Holdings, el cementerio de los malos negocios del banco. En todo caso, la incertidumbre debiera ser costosa: pero el papel del Citi, que cayó el 2% con la abrupta noticia, se las amañó para volver a levantar cabeza (con un «pico» de volumen transado). Otra señal, pues, de un cambio de momentum. Valiosísima por transitar una cornisa inesperada.

Le tocó a otro de los villanos de la época, Goldman Sachs, tomar el testimonio y continuar la posta. El banco de inversión número uno de EE.UU. despachó un balance rimbombante. Ganó 1.500 millones de dólares en el tercer trimestre cuando había perdido 393 millones un año atrás. Los ingresos crecieron el 133% para totalizar 8.350 millones. La mejoría se descontaba pero lo que no entraba en los cálculos previos era su contundencia: los ingresos por acción excedieron en un 13% los estimados y las ganancias, un 34%. Con la decisión del directorio de aumentar el dividendo el 8,7% -signo de confianza en la capacidad de conservar el rumbo- fue cartón lleno. La acción, sin embargo, no corcoveó mucho. Ya desde fines de julio había trepado el 28%. Puede decirse que los bancos cumplieron su cometido: en una instancia quebradiza, catalizaron una reacción claramente favorable.

Detrás de la escena, más allá de la anécdota, es la gran cruzada monetaria del G-7 lo que mueve los hilos. Su presencia provee la protección anímica frente a las adversidades. Obliga a concederle otra oportunidad a las iniciativas de estímulo (al menos si no sirven para resucitar la economía real, no le harán mal a las cotizaciones de los activos de riesgo). Ya se escribió aquí que el put tácito no se limita a Bernanke y Draghi, que hay que sumar a Merkel y también a la mano invisible de Obama. La expectativa del rescate a España, ayer, es un recordatorio de esa urdimbre amplia. Merkel desactivó la oposición del Bundesbank, la amenaza de Grecia, la urgencia por España.

¿Qué puede fallar si los dados están cargados y es la preocupación de todos que brille el sol? Un triunfo de Mitt Romney en EE.UU. Como «Maravilla» Martínez, Obama, sorprendentemente, dejó que su rival lo calzara de lleno en este último tramo de la campaña. Obama debería reponerse, administrar los debates que restan, y ganar igual por puntos. Una defección suya no está en los cálculos. Y, por cierto, obligaría a revisar la continuidad de la cruzada.

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