Michael Milken, inventor de los «bonos basura» o, mejor dicho, de su uso en adquisiciones corporativas, era un verdadero genio de las finanzas. Gordon Gekko, el personaje del film «Wall Street» (1987), está inspirado, entre otros, en su caso. Su exposición financiera y mediática lo convirtió en el chivo expiatorio ideal para sanear una década marcada por fusiones y adquisiciones financiadas con deuda. Tras purgar dos años de una condena de diez, Milken se volcó a la filantropía, con la esperanza de que ese camino pusiese fin algún día -vía indulto presidencial- a su inhabilitación perpetua para operar en los mercados de valores. Hasta para George W. Bush, indultar a Milken era demasiado: en su último día de presidente, le negó el perdón solicitado, pese al apoyo que su caso tenía por parte de personas influyentes, como el ex secretario de Estado Colin Powell, el ex presidente Jimmy Carter y el líder afroamericano Jesse Jackson, entre otros. ¿Será, como se dice irónicamente en estos casos, que Milken no acumuló lo suficiente como para probar su inocencia? En realidad, la coyuntura y su condición de símbolo de un Wall Street agresivo y despiadado le jugaron en contra. Y eso que las sumas que la audacia de Milken le costó al fisco no son nada frente a la crisis actual. Para expiar estos últimos años de codicia harán falta muchos «Gekko» más.
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