La censura suele ejercerse por medio de tres mecanismos principales: a) la censura explícita, que es la más inocua; b) ignorando todo aquello que es desfavorable a un hecho o persona y publicando sólo lo que la favorece, que es la más burda (por ejemplo, cuando un comunicador únicamente habla de las bondades de un activo u omite todo lo que pueda dañar o molestar a un «amigo») y c) el «trabajo de educación y devastado de la información» por parte de personajes pagos (con dinero, puestos o promesas, tácitas o explícitas), blogs, foros, comentaristas, etc., que es la más perversa de todas. A todo esto debemos agregar la autocensura, que puede ser inconsciente o tener un fin pecuniario. Es así que además de los problemas propios de la información (errores, carencias, sesgo, intrascendencia, falta de visibilidad, etc.) los inversores deben sopesar esta cuestión de la censura. Se puede argumentar que en estos tiempos cuesta encontrar mercados que no estén «orientados», pero de la tendencia de Bernanke a presentarse como un salvador (discurso en la UGW del mes pasado) a amenazar con prisión a quienes elaboran y difunden -según su mejor o peor entender- algún dato, o tildar de «conspiradores» -cierto vicepresidente el jueves pasado, que recuerda a la Alemania de 1940- a quienes hablan de los problemas económicos del país, hay una inmensa diferencia. Si bien la tendencia fue a justificar ayer el 0,7% que ganó el Dow (cerró en 12.805,39 puntos) con los resultados de los balances, el 1,6% que ganó el sector financiero, lo «chato» de la sesión (56 puntos entre el máximo y el mínimo del día) y el bajo volumen sugieren que la palabra «rebote» -tras la mayor baja del año- sea la que tal vez mejor cuadre. Hoy: Google.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario