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“Hay que saber equilibrar desarrollo y preservación”
Para
Grementieri: «Hay algunos esfuerzos para tratar de proteger la biodiversidad; en cambio, en el patrimonio cultural inmueble hay menos
conciencia de la importancia que tiene en todo
el país».
Periodista: ¿Qué nos ofrecen en el «Álbum del Bicentenario»?
Fabio Grementieri: Un panorama del patrimonio cultural, de lo edificado y sus riquezas naturales. Están desde los restos de los asentamientos precolombinos, desde lo que ha quedado de lo construido hace 7.000 años, hasta los desarrollos de fines del siglo XX.
P.: ¿Agruparon esos patrimonios por regiones o por provincias?
F.G.: Esos son los modos en que se los reúne habitualmente, nosotros en cambio elegimos hacerlo por rubros o sistemas patrimoniales. Patrimonio arqueológico, arquitectónico, de transporte, de comunicaciones, etcétera. Todo eso en 16 capítulos que van enlazando gemas territoriales dispersas, muchas veces separadas por grandes distancias. Como el título lo indica, además de los cultural está lo natural, y si lo natural abarca un mínimo de la obra es porque hay muchas publicaciones que lo tratan, y hay una conciencia social de que tenemos una biodiversidad consagrada internacionalmente, un patrimonio natural muy amplio que es como un tesoro que tiene la Argentina, y hay iniciativas y algunos esfuerzos para tratar de protegerlo. En cambio, en el patrimonio cultural, en los edificios, en lo edificado, en lo cultural inmueble, hay menos conciencia de la importancia que tiene en todo el país. Esa desprotección nos lleva a un sentimiento de inferioridad con respecto al patrimonio edificado de otros países, no sólo europeo sino también de otros países de Latinoamérica. El propósito del libro es poner en valor todo aquello con lo que contamos.
P.: ¿Cuándo comenzaron en este proyecto?
F.G.: Hace más de tres años. Se lo propuse al fotógrafo y editor Xavier Verstraeten y al escritor y psiconalista Pablo Zunino, luego nos enfrentamos a cómo sustentarlo. Se lo propusimos a Nelly Arrieta de Blaquier que se mostró inmediatamente entusiasmada, comprometida y alentadora del proyecto, que financió en toda la parte de viajes y la producción del libro, que siguió paso a paso, con entusiasmo, cada una de las etapas. Fue promotora y patrocinante no sólo en el aspecto financiero sino que contamos con su respaldo integral.
P.: ¿Cuántos viajes hicieron?
F.G.: Veintiséis; recorrimos unos cien mil kilómetros aproximadamente. Había un guión previo, que armamos con Pablo Zunino, y con las memorias que yo tenía de chico y adolescente, de cuando con mi familia partíamos en motorhome.
P.: ¿Cómo elegían los destinos para el libro?
F.G.: Sabíamos los lugares, algunos de ellos consagrados como patrimonio, declarados Patrimonio Histórico Nacional, pero tambien íbamos encontrando cosas por el camino, monumentos, casas históricas, lugares que uno no se esperaba, edificios de los que se tenía referencia y adentro eran increíbles, no habían sido tocados desde hacia un siglo, y se conservaban más o menos en sus condiciones originales. Algo que cada vez va siendo menos, todo está intervenido, modificado, y lo que es patrimonio consagrado muy «disneylandisado», muchas veces por la demanda turística, y la oferta que se cree que hay que darle al turismo para que consuma ese patrimonio.
P.: ¿Qué lugares lo sorprendieron?
F.G.: Ver que muchas cosas se han perdido o han cambiado mucho en los treinta años de la primera vez que los conocí. El patrimonio natural lo veo más degradado, menos virgen. Las reservas, los parques nacionales, están ahora tematizados, como los más concurridos: los glaciares o las Cataratas del Iguazú, donde uno parece entrar en un portal de un parque temático. Algo para mí increíble es lo que ha sucedido con el patrimonio ferroviario. Cuando era chico funcionaban los cuarenta y pico de mil kilómetros de redes ferroviarias, ahora son como las ruinas del Imperio Romano. Los talleres están en su gran mayoría abandonados, son la decadencia, el destrozo de la civilización ferroviaria de la Argentina. En cuanto a ciudades, contrariamente a lo promocionado, la estupenda Salta la linda, ya no lo es tanto, o Córdoba, que tiene valiosa arquitectura, en tanto tienen mayor riqueza y están mejor conservadas ambiental y patrimonialmente Paraná, las ciudades de Corrientes y de Mendoza. Es un equilibrio muy inestable, y complicado, que hay que saber manejar, el que liga desarrollo y preservación. Y éste no es un problema sólo de nuestro país, pero no es ningún consuelo saber que otros están peor.
P.: ¿Hubo algo que en sus andanzas lo impresionó por su belleza?
F.G.: Desde luego. Sorpresas por sus construcciones la Argentina nos da a cada paso, en el sentido de cómo llegó esto aquí, cómo pudo construirse eso. Por ejemplo, la obra del ingeniero Francisco Salamone, que ahora está en el tapete, y que a mediados de los años 30, en la gobernación de Manuel Fresco, hizo una serie de obras públicas municipales, plazas, parques, monumentos, y sorprende que estén en Guaminí, Torquinst, Rauch, Lobería, y medio siglo antes ahí estaba la zanja de Alsina, y estaban los malones. Se pasó en cincuenta años de la Campaña del Desierto a arquitectura futurista. Hubo a partir de principios del siglo XX en la argentina un big bang productivo que, como si estuviera en un supermercado, tomaba cosas de todos lados para combinarlas acá, y que se volvieran en productos típicamente argentinos.
Entrevista de Máximo Soto


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