“Hay que ser insensato para hablar del ‘fin del trabajo’”

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«Nuestra vida se desenvuelve bajo el signo de lo incierto. En una treintena de años se produjo una transformación en el modo de representarnos el porvenir y tener influencia sobre él», señala el sociólogo Robert Castel que en su libro «El ascenso de las incertidumbres», que publicó Fondo de Cultura Económica, estudia los sobresaltos que se han producido en el mundo laboral, la reconfiguración de las protecciones sociales, el surgimiento de quienes son «individualistas por exceso» y los que lo son «por defecto» en sociedades altamente desarrolladas que han entrado en crisis. Director de la École de Hautes Études en Sciencie Sociales en París, y con una amplia obra sobre «propiedad privada, propiedad social y propiedad de sí mismo», Castel vino a presentar en la Feria del Libro su nueva obra. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Por qué en su libro utiliza la leyenda de Tristán e Isolda para reflexionar sobre rupturas irremediables que provocan marginalidad, exclusión y fragmentación de sectores sociales?

Robert Castel: Porque soy romántico. Esa hermosa historia nos habla de forma espléndida sobre el amor y la muerte. Mi comentario de ese texto ha hecho que me atribuyan el mérito de haber forjado la noción de desafiliación. Lo que les sucede a Tristán e Isolda, la razón de su amor, de sus desdichas y su muerte es que se encuentran desafiliados, no están inscriptos en ningún lugar. Y no son miserables, no son desdichados, no son pobres. Tristán se pasa la vida yendo de un país a otro, guerreando. A Isolda le sucede algo parecido. Nunca se arraigan. No tienen una filiación reconocida. No tienen hijos. Están solos como dos individuos, uno frente al otro, totalmente desapegados de todo. La desafiliación es el riesgo cuando no se echan raíces, y de ese modo el único encuentro es en el final, en el dejar de ser.

P.: ¿Se los puede ver como personajes posmodernos?

R.C.: No me gusta esa palabra. Somos modernos, seguimos siendo modernos, estamos en la secuencia histórica que comenzó en el siglo dieciocho y que se ha transformado. Vivimos una modernidad tardía, pero siempre dentro de la modernidad. Adam Smith entendió muy bien que la modernidad es la centralidad del trabajo y del mercado. La articulación del trabajo y el mercado es problemática, y sigue siendo nuestro problema. Seguimos siendo modernos, acaso hipermodernos, es decir teniendo los problemas del mercado y el trabajo, y no posmodernos como pretenden espíritus demasiado soñadores o extraviados.

P.: Ante al ascenso de las incertidumbres respecto al trabajo, las protecciones y el rol del individuo, ¿se podría pensar que todo tiempo pasado fue mejor?

R.C.: Todo lo contrario. La historia de la humanidad está hecha de innumerables guerras, pestes, desdichas. No creo que el paraíso esté atrás nuestro. Salvo que se piense en el paraíso terrenal, y eso ocurrió en un tiempo mítico, es decir siempre hace mucho. Entre nosotros hubo progreso, pero no un progreso continuo. Hasta fecha reciente la situación en ciertos países privilegiados, en particular Europa occidental, era incomparablemente mejor que en períodos precedentes, y aun respecto a toda su historia.

P.: ¿Han cambiado las ideas de progreso y de trabajo?

R.C.: Si tomamos como referencia el trabajo manual, las condiciones del trabajador a través de la historia han sido de las más tremendas, sin olvidar la servidumbre y la esclavitud. Pensemos en los comienzos del capitalismo industrial en Europa, en la situación de los proletarios a comienzos del siglo XIX, todos los investigadores sociales señalaron que dominaba sobre ellos la miseria y el desprecio. En tanto que si tomamos un asalariado promedio en Alemania, Francia o Gran Bretaña un siglo después, su situación era incomparablemente mejor.

P.: ¿Que piensa frente a quienes plantean el «fin del trabajo»?

R.C.: Que es una idea absolutamente estúpida. Hay que ser realmente insensato para hablar del fin del trabajo. Hoy, como antes, la condición de los individuos depende de su relación con el trabajo. Ya sean desdichados o felices, el trabajo es esencial. Y es aún más importante cuando o no lo hay o se corre el riesgo de no tenerlo. Todos los estudios muestran que el desempleado está obsesionado por volver al mundo del trabajo. Y el trabajador precario obsesionado por el temor a perderlo.

P.: Ante quienes plantean el fin de los conjuntos sociales y el avance del individualismo, ¿cuál es su posición?

R.C.: Estamos cada vez más en una sociedad de individuos. Como lo señaló Norbert Elias hay un proceso de descolectivización y de reindividuación en muchos sectores de la vida social, pero no hay que hacer una apología incondicional del individualismo. Hay quienes se vuelven cada vez más positivamente individuos, pero hay también los que son individualizados negativamente, pierden protecciones y solidaridades colectivas, y son librados a ellos mismos en la emergencia y la pauperización. En los impulsos hacia la individualización que surgen en la dinámica global, hay al mismo tiempo ganadores y perdedores. Creo que lo que se le puede reprochar a la ideología neoliberal es celebrar al individuo per se, como si descendiera del cielo armado con sus capacidades, con sus competencias, y sólo tuviera como tarea realizarse como individuo. La historia social muestra que para ser positivamente un individuo y tener cierta autonomía hacen falta condiciones, un mínimo de recursos materiales y un mínimo de derechos sociales para ser reconocido en su dignidad de individuo.

P.: ¿Es por eso qur sostiene que ha habido una bifurcación en la trayectoria de la individualización de las personas?

R.C.: La «Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano» hizo de la figura del individuo libre y responsable el valor fundador de la modernidad. Se fueron generalizando derechos políticos y sociales que no tenían los hombres y las mujeres en el pasado, y que permitieron generalizar en las sociedades democráticas el estatuto y las protecciones que daban la propiedad privada, los derechos civiles en un Estado de derecho que en principio garantiza la igualdad ante la ley y el trato de todos los individuos como igualmente responsables de sus actos ante la justicia. Por tanto no es en términos de regresión como debemos interpretar los cambios de la posición del individuo ocurridos desde hace más de dos siglos. Hay que saber reconocer que estamos más cerca, o menos lejos, de lo que podría ser una sociedad donde el individuo sería el valor de referencia como fuera pensado a comienzos de la modernidad. Durante el siglo XIX sólo una minoría podía ejercer plenamente su ciudadanía, y en la actualidad son mayoría los que tienen esa posibilidad. Pero en la sociedad contemporánea ese perfil del individuo moderno ya no es hegemónico, si alguna vez lo fue. Yo señalo la emergencia de una bifurcación en las rasgos del individuo moderno, o hipermoderno, entre los «individuos por exceso» y los «individuos por defecto».

P.: ¿Cómo son los de los «individuos por exceso»?

R.C.: Ese «individuo hipermoderno» tiene la exclusividad de ser el primero que puede permitirse, por la evolución social, ignorar que vive en sociedad. Las primeras manifestaciones de ese tipo de individuos sumergidos en su subjetividad al punto de desconectarse por completo de otra implicación, datan de los años setenta. Uno de sus presupuestos es que el individuo en la sociedad funciona siempre por debajo de sus potencialidades y que lo social «aliena» al individuo. Por tanto consideran que tienen que maximizar su potencial propio y ser más ricos y más productivos. Se podría decir que practican una sociabilidad asocial. Ese exceso de subjetividad en el punto límite conduce al narcisismo, y en la búsqueda exclusiva de sí se ahoga en sí mismo porque no tiene ya ni referencias ni referentes. Esto que ha sido un fenómeno relativamente marginal en las sociedades europeas y norteamericanas de alto desarrollo está rodeado de incertidumbres.

P.: ¿Cuáles son las incertidumbres centrales de nuestro tiempo?

R.C.: Muchas. El aumento de las incertidumbres lo desencadenó principalmente la degradación del trabajo. Un trabajo estable, al que estaban vinculados derechos sólidos, constituía una base que permitía controlar de algún modo el futuro. Un trabajador en los sesenta, por ejemplo, tenía un salario más o menos adecuado a sus tareas, estaba casi seguro de poder mantener su empleo, y podía obtener un crédito para acceder a una propiedad, porque podía hacer ahorros que le permitieran proyectar eso. Y podía pensar con todo derecho que su condición iba a ir mejorando, que tras 10 años habría pagado sus deudas y seria propietario de su vivienda. Es un ejemplo concreto, acaso prosaico, pero así el futuro de una mayoría de la gente estaba asegurado en base a la estabilidad del trabajo. Por supuesto, no sólo existe el trabajo en la vida, pero en la actualidad la precarización del trabajo provoca creciente incertidumbre sobre cómo será el futuro. Una expresión frecuente en el siglo XIX era «vivir al día», ésa era la condición general de los trabajadores, de lo que se llamaba el pueblo. Esa situación en Europa Occidental había sido superada; un asalariado promedio ya no vivía al día, podía establecer proyectos, ser propietario, mandar sus hijos a la universidad, tener otras opciones de vida, eso se ha fragilizado y provoca consecuencias en muchos ámbitos.

Entrevista de Máximo Soto

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