8 de marzo 2012 - 00:00

Heterodoxia, con cara de hereje

Santiago Gallichio
Santiago Gallichio
La reforma legal que anunció la Presidenta en la apertura de sesiones del Congreso es una combinación de 2x1. Se trata de una ampliación de la misión del BCRA, por una parte, y de la derogación de la Convertibilidad y su reemplazo por otra regla monetaria, por otra. Aunque pueda parecer que ambas tratan un mismo tema, pues involucran al Banco Central, se trata de dos reformas distintas, absolutamente independientes una de otra. El Gobierno las juntó con el objetivo de facilitar el tratamiento de una de ellas, la derogación de la convertibilidad, que es mucho más sensible que la otra. Me abocaré aquí sólo a esta última reforma.

Hablar de derogar la Convertibilidad parece algo extraño a 10 años de su abandono. Sin embargo, no lo es, ya que su abandono fue parcial y en etapas. En esta última, el abandono sería total y, por ende, su resultado es todavía bastante incierto. En 2002, se desobligó al BCRA a entregar dólares por pesos y a esterilizar los pesos recibidos. En 2005, se introdujo el concepto de reservas de libre disponibilidad, para designar aquellas que excedieran el respaldo del 100% de la base monetaria. Ahora, el Gobierno busca eliminar toda relación preestablecida entre reservas y base monetaria, quedando como único respaldo el prestigio de los funcionarios del BCRA y lo que éste genere como confianza en el mercado financiero. Es un salto al vacío de alto riesgo. Podría haber sido un salto hacia arriba, si el prestigio de nuestro BCRA hubiese logrado superar el (últimamente bastante alicaído) prestigio del dólar; pero no es el caso.

Cuando decimos que la Convertibilidad se estaría abandonando en serio recién ahora, si el Congreso convalida este proyecto, queremos decir también que todavía siguen vigentes, aunque en forma parcial, sus efectos positivos sobre el valor del peso argentino. En efecto, de 2002 a 2008, hasta se mantuvo un tipo de cambio cuasi fijo de 3 a 1. Recién desde fines de 2008 se abandonó esa paridad y se devaluó nominalmente, en forma continua, rápida al comienzo y lenta después: allí estamos hoy, aunque últimamente, con la ayuda de las restricciones cambiarias.

Además, las reservas se mantuvieron siempre por encima del 70% del total de pasivos financieros del BCRA (base más letras, notas y pases) y muy por encima del 100% de la base monetaria pura: ni más ni menos que como sucedió durante toda la Convertibilidad. Esto indica que la confianza en el peso nunca cobró independencia respecto de su sustento en reservas extranjeras. No se puede demostrar que un respaldo menor no habría sido sostenido, pero se puede inferir fácilmente. Cuando se perforó ese piso por alguna circunstancia ocasional (pago al FMI, por ejemplo), en seguida se recuperaron las reservas al nivel anterior, o el dólar se habría disparado.

Un modo sencillo de poder mantener niveles muy parejos de respaldo fue la devaluación del peso. Una hipótesis bastante verosímil es la de que un uso excesivo de reservas al amparo de esta reforma legal será vuelto al equilibrio mediante una devaluación que retorne los niveles de respaldo a su lugar. Máxime porque la novedad de la coyuntura actual es que las reservas tocaron el piso legal del 100% de la base monetaria: no hay más reservas de libre disponibilidad. Por eso la oportunidad de la reforma legal.

El Gobierno, está muy claro, necesita hacerse de reservas. El Presupuesto lo autoriza hasta u$s 5.700 millones, pero la ley actual no le permite tocar un solo dólar. Con esta reforma, retornarán los dólares disponibles, pues quedarán solamente determinados por lo que el directorio del BCRA decida, sin más límite que su prudencia. ¿Alcanzará?

Las reservas del BCRA son cuantiosas y, qué duda, muy apetecibles. También es cierto que se trata de recursos que son propiedad del BCRA y, en consecuencia, del Estado nacional. Pero no hay que dejarse llevar por la consecuencia sencilla que se pregunta por qué no usarlos, si son propios. La respuesta es que, a diferencia de la recaudación tributaria, las reservas fueron adquiridas por mera impresión de billetes, es decir, sin costo económico. Cuando se recaudan impuestos, el Estado consigue dinero que alguien, que lo había conseguido por su cuenta, deja de utilizar: hay una transferencia de recursos económicos genuinos. Cuando el BCRA emite pesos, en cambio, se crean «de la nada» recursos económicos con los que se pueden adquirir bienes, sin que nadie deje por ello de consumir nada. Esta «creación de riqueza» no es gratuita para la economía, si no está apoyada en la verdadera necesidad de moneda de los actores económicos. Por eso, atesorarlas como reservas es prudente y garantiza un respaldo sólido al valor del peso.

Los bancos centrales deben ser conducidos con una prudencia extrema, pues son el único brazo del Estado capaz de crear riqueza «de la nada», y ello no es posible sin consecuencias para todos aquellos que debemos producir riqueza con nuestro trabajo, incluido el fisco, que debe conseguir sus recursos genuinos quitándoselos a otros actores económicos. Soltar amarras, a veces, puede ser un acto de madurez. Para un Banco Central que no para de batir récords de inflación y que necesita, primero, intervenir el INDEC y, después, prohibir la compra de dólares, parece más bien un salto al vacío. Sobre todo, cuando se nota claramente que decide hacerlo justo cuando no le quedaba otro remedio. La heterodoxia, en este caso, no es genuina, más bien tiene cara de hereje.

La última palabra la tendrán los hechos. A priori, se trata de la más audaz de las medidas económicas heterodoxas desde 2002 a la fecha, aunque por ahora parece que va pasando inadvertida.

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