Historia, artesanías y paisajes en Santa María

Edición Impresa

La memoria de las Guerras Calchaquíes en sus sitios arqueológicos, el aroma de especias de los centenarios molinos y el balido de llamas y ovejas cuya lana se convierte en ponchos y mantas en telares artesanales, se suman al colorido paisaje que recibe al turista en Santa María de Catamarca.

Esta ciudad del centro-este provincial, cabecera del departamento del mismo nombre, está en un verde valle donde se cultivan nogales, frutales y sus inigualables pimientos dulces y se desarrollan variados emprendimientos de turismo rural y familiar.

El valle está atravesado por las aguas marrones del río Santa María y por la Ruta Nacional 40, que en este tramo es de ripio polvoriento y pedregoso y de barro en algunos badenes. Al cruzar los poblados periféricos de la ciudad, la 40 se parece a cualquiera de las otras calles, angostas y sin vereda, y lleva a lugares emblemáticos, como el sitio arqueológico Fuerte Quemado, en el cerro de los Quilmes.

Entre cactus, chañares y pastos duros y espinosos persisten restos de viviendas, templos y depósitos de bienes del período tardío de la Cultura Santa María (entre los años 850 y 1200).

Las ruinas son de origen inca (imperio que sometió a los yokaviles que vivían en el lugar) pero el nombre refiere a un fuerte construido por los españoles y quemado varias veces durante el siglo que duraron en el lugar las Guerras Calchaquíes.



Sitio sagrado

Frente a la apacheta del acceso, algunos guías avisan al turista que es un sitio sagrado y sugieren hacer una ofrenda a la Pachamama, que puede ser un objeto sin valor material o alguna bebida o alimento que se deposita sobre las piedras.

Después de disfrutar en el cerro de ese contacto con la historia y la mística andina, además de la excepcional panorámica del valle y las montañas azuladas, es recomendable retomar la 40 y, metros antes del límite con Tucumán, visitar al coplero, bagualero y fabricantes de bombos y cajas Eusebio Mamaní.

De regreso hacia la ciudad, la ruta pasa ante la Iglesia de la Santa Cruz, un pequeño edificio de frente celeste construido en el Siglo XVII, y lleva a la casa de la artesana Doña Javiera.

Con sus manos, Javiera Guanco muele la algarroba y hace galletas, dulces, licores, arropes, jarabes, harinas y patays, además de su café ecológico, un polvo marrón que Bromatología la obliga a llamar tostado de algarroba, porque no contiene cafeína.

Las especies aromáticas también están incorporadas al turismo rural, con los antiguos molinos de piedra -algunas naturales del río y otras, más modernas, esmeriles- que convierten en polvo los famosos pimientos dulces, anís, comino y ají, además de pelar el blanco maíz andino, que es ideal para mazamorra y locro.

Dejá tu comentario