Hito radical tiene quien lo recuerde

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«Hipólito» (Arg., 2010, habl. en esp.). Dir.: T. Ciampagna. Guiòn: T. Ciampagna, J. Correa Cáceres. Int.: T. Gianola, E. Liporace, L. Gamarra, P. Tolosa, L. Brandoni, A. Juan, D. Valenzuela, L. Caseros, G. Dreizik.



Sobre un singular tiroteo entre radicales y policías durante las elecciones provinciales de 1935, habla esta obra, la primera película «de época» enteramente realizada por gente de Córdoba. Aún más: se filmó en la zona de los hechos, ya que no en el lugar exacto. Plaza de las Mercedes y demás pueblos de alrededor (Monte Crispín, Maquinista Gallini, Santiago Temple, Obispo Trejo, La Para, la Tordilla, El Tío, etc.) brindaron armas, ropas, autos, todo lo necesario para que tuviera sensación de verdad. Por cierto que la tiene, ése es uno de sus grandes méritos.

Esto pasó de veras, en las complementarias del 17 de noviembre de ese año. Dos semanas antes había sido el primer llamado a las urnas, pero en ciertos pueblos que denunciaron fraude hubo que votar de nuevo. Ya se sabe, eran los tiempos del fraude patriótico. El asesinato de un diputado socialista, el atentado contra un dirigente radical, las apariciones del «tren fantasma» desde el cual tiroteaban a los pueblos donde había ganado el radicalismo, eso estaba pasando, y don Amadeo Sabattini mandó «cuidar las urnas». Sus hombres lo entendieron al pie de la letra, se armaron, incluso llevaron al campeón de tiro Carlos Moyano, y cuando la policía de Plaza de las Mercedes quiso basurearlos, pasó lo que tenía que pasar.

Unos dicen que Pedro Vivas, apoderado del Partido, bajó del auto escopeta en mano. Dicen otros que el comisario los recibió a balazos. Al final murieron dos radicales y siete policías, nada menos. Y ganó Sabattini. Córdoba fue así «la isla democrática en medio de la década infame». De quienes pelearon esa mañana, Santiago del Castillo y Argentino Autcher después también fueron gobernadores, este último ya por el Partido Peronista.

Esa es la historia, y la contamos porque en la película apenas se entiende. La escena de los tiros está buena, pero todo lo que lleva hacia ella suena algo confuso, errático, aparte de medio lento y solemne. Pero la escena, ya lo dijimos, está bastante buena. Dirección de arte, fotografía, música final, utilería, vestuario, salvo algún detalle menor, son dignos de elogio. Peluquería no, y a la dirección de actores le faltaron unas semanas. Más tiempo todavía le faltó al guión, que se anuncia centrado en el niño del título, vira hacia un joven abogado pacifista de nombre emblemático, y pierde la oportunidad de tensionar los momentos previos a la acción. Termina acusando a los radicales de violentos y tramposos, aunque es probable que el público justifique con entusiasmo tales métodos habituales en nuestra historia. Así al menos pasó con «Quebracho», donde Lautaro Murúa, como líder radical de esa época, encabezaba una rebelión de peones armados.

P.S.

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