Huffmann: imágenes de un joven-adulto

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Desde el acaso resignado y filosófico título «Hicimos lo mejor que pudimos con lo que nos fue dado», hasta el afán de transportar a las telas, los pinceles y el óleo, las sensaciones e imágenes de los jueguitos electrónicos, la muestra que exhibe Carlos Huffmann (1980) en el Centro Cultural Recoleta, transmite la desconcertante mezcla de madurez y adolescencia encarnada en su autor.

La madurez reside en casi todo. Aunque es lo suficientemente joven como para pertenecer a la generación de artistas surgidos en el nuevo siglo, Huffmann es dueño de un oficio que lleva toda una vida aprender y, además, entiende como pocos la ruleta rusa que se juega alrededor del arte. ¿Qué otro significado podría tener su obra «Acelerador»? Se trata de un arco iris circular de metal galvanizado y más de tres metros de diámetro. Los alegres colores pintados sobre un aro están baleados con proyectiles de diversos calibres y, esa perforaciones irregulares, recrean sobre la superficie del arco iris los dibujos de ciertas constelaciones estelares.

Por otra parte están las formas de los juveniles videojuegos, presentes en el pixelado de una serie de diamantes que el artista pinta poniendo en relieve la materia -el óleo- y su sensualidad, en contraposición con la frialdad de las imágenes cibernéticas que lo inspiran. Los diseños se pueden asociar al arte precolombino, a las antiguas venecitas italianas y a las abstracciones contemporáneas, todo a la vez. Algo similar ocurre con «Descanso en la habitación de mi niñez», la representación de un vitral que incluye una cruz y también una escalera, para que la transite algún personaje más afín a las pantallas que al Cristo del Calvario. Al igual que «Ascención», la pintura posee las dimensiones y la estructura compositiva de un mural barroco y, sin embargo, según sea el ángulo de observación, se transforma en una obra cinética. El pixelado al óleo, vibra, como en la pantalla. De este modo, el pasado y el presente tejen alianzas para configurar una pintura que se afianza en las extrañas y distantes evocaciones que suscita. Dominando la gran sala -que flanquea Cronopios- con su volumen gigantesco, yace «La superficie de un cuerpo ausente», la obra más enigmática de Huffmann. Es la piel de una gran megalópolis, rota como una ruina, cargada de inscripciones y graffitis, cubriendo una forma que se asemeja a un inmenso brazo destrozado e inútil, que induce a recordar el poder ejecutor del hombre.

A.M.Q.

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