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Intenso “Onegin” abrió la temporada platense
El «Onegin» del Argentino tiene un elenco impecable, una puesta con momentos de verdadera belleza y otros no tanto pero que siempre sorprende, y una solvente dirección musical de Stefan Lano.
La excelencia de la partitura y de su fuente literaria hicieron de «Onegin» una de las cumbres de la ópera rusa y de la ópera romántica, y pese a su aparente simplicidad, su formato «camarístico» por momentos y del hecho de que los primeros intérpretes fueron cantantes del Conservatorio de Moscú, no deja de ser una partitura con grandes dificultades.
La novela en verso homónima de Alexander Pushkin, escrita en 1823, plantea la historia de un amor desfasado entre Tatyana y Onegin, y en ella la literatura misma tiene un gran protagonismo. El director de escena polaco Michal Znaniecki explotó en su puesta este ingrediente «meta-literario» logrando momentos de verdadera belleza, como en el aria de Lensky en que el texto se imprime sobre un telón y luego se va disolviendo, metáfora del contenido mismo de ese segmento. En el segundo y tercer acto, Znaniecki introduce el hielo (símbolo de la frialdad del protagonista) y el agua con efectos no siempre estéticos pero indudablemente sorprendentes. Cabe agregar que el agua también es un elemento muy presente en la novela de Pushkin, desde el momento en que los apellidos de Onegin y Lensky hacen referencia (según los exégetas) a los ríos Onega y Lena, respectivamente.
Menos afortunada pareció en cambio la escenografía espejada del único dispositivo empleado a lo largo de los tres actos, y sobre todo cierta falta de división entre lo íntimo y lo público. El momento más logrado fue tal vez la escena del duelo entre ambos amigos, que es imposible no asociar con el final del mismo Pushkin (14 años después de escrita su obra, el poeta también murió en un duelo por una mujer, en este caso su esposa).
Otros dos polacos, el barítono Marcin Broninovski y la soprano Magdalena Novacka, tuvieron a cargo los protagónicos, en ambos casos con impecable desempeño vocal y entrega dramática; Novacka conmovió especialmente en uno de los momentos más famosos y esperados de la ópera: la escena de la carta que escribe a Onegin, auténtica traducción musical del amor y la impulsividad adolescentes. Darío Schmunck confirmó una vez más su excelencia en el rol de Lensky, con una prolongada ovación para su aria, mientras que la Filippyevna de Elisabeth Canis sobresalió entre las voces femeninas graves, cuadro que completaron con corrección Mónica Sardi (Olga) y Susanna Moncayo (Madame Larina). Una mención especial merece el Príncipe Gremin de Ariel Cazes, encarnado y cantado con nobleza y autoridad. La coreografía de Diana Theocharidis, tanto en la faceta abstracta como en la estilización de las danzas europeas, aportó belleza y fue un antídoto contra el estatismo que por momentos invadió la escena.
La solvencia del director Stefan Lano brindó una gran seguridad a la orquesta, que con altibajos (como las notorias desafinaciones de los violoncellos) proporcionó un buen andamiaje musical; si hubo algunos desajustes entre foso y escenario es posible atribuir la razón a las particularidades de la puesta. El Coro Estable preparado por Miguel Martínez volvió a exhibir su habitual brío y sorteó las dificultades del coro a capella del primer acto. Todos estos elementos (sin olvidar la oportunidad de escuchar en vivo la partitura de Tchaikovsky, arrolladora y sutil, íntima y grandiosa) hacen del «Onegin» platense una experiencia intensa que vale la pena ser vivida.
«Eugene Onegin», ópera en tres actos de P.I. Tchaikovsky. Lib.: Tchaikovsky y K. Shilovsky sobre obra de A. Pushkin. Orq. y Coro del T. Argentino. Pta en esc.: M. Znaniecki. Dir. mus.: S. Lano (Teatro Argentino, 18/3).


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