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“Intento desmontar mitos para ver cómo funcionan”
Cercas: “Toda literatura de verdad es antiliteratura, es decir que va contra el canon imperante en su época. Yo no quiero que mis historias suenen a literarias, quiero que suenen a verdad, quiero que el lector las lea como si estuvieran ocurriendo”.
Periodista: Después de tres libros claramente políticos, ahora, con "Las leyes de la frontera" se fue al mundo de los márgenes, a la frontera de lo político, a recuperar un momento de la violencia urbana en España.
Javier Cercas: Mis libros anteriores son políticos, y también de otro tipo. No creo que sean del todo políticos. Es que en ellos la historia y la política pintan mucho. En "Las leyes de la frontera" tenía necesidad de varios cambios. Uno, es volver a la ficción. "Anatomía de un instante" que es probablemente una novela, no es ficción. Y volver a la ficción ha sido una alegría total. Luego, hacer cosas que no había hecho nunca me ha sido muy agradable. Una novela cuya primera parte es una novela de adolescentes, ha sido una gran liberación para mí.
P.: ¿La primera parte la planeó como "novela de aprendizaje"?
J.C.: No la pensé así, pero el resultado es ése. La primera parte es una novela de aprendizaje en el sentido clásico, donde un adolescente descubre las cosas esenciales de la vida, el amor, el sexo, la muerte, y madura, o parece que madura. La segunda parte es una novela en la que eso en realidad se pone en cuestión. En la que se descubre que eso de la madurez es una estafa, como lo de la normalidad, y tantas otras cosas. Y ese personaje no madura tanto como él creía, como creíamos. Volver a lo personal ha sido lo más inesperado de todo. Los libros siempre deparan sorpresas, y las mayores para mí han sido un personaje femenino que se ha apoderado del libro, lo cual no estaba previsto, y que el libro se haya convertido en una larga y compleja historia de amor. Yo no tenía previsto eso, lo puedo garantizar. Como todos mis libros van girando en sí mismos, empiezan siendo una cosa y acaban siendo otra. "Las leyes de la frontera" comienza siendo un libro que va a escribir un señor sobre un mito de la delincuencia de los años '70 en España, y acaba siendo una cosa completamente distinta, un libro sobre las complejas relaciones que mantienen tres personas, y una furiosa historia de amor que se prolonga a lo largo de casi 40 años.
P.: Uno de los personajes, Zarco, es un modelo de la violencia juvenil sin códigos que tiene enorme actualidad en muchas sociedades urbanas, por ejemplo en Buenos Aires.
J.C.: "Las leyes de la frontera" se parece a los anteriores en que eran intentos de desmontar, determinados mitos para saber cómo funcionan: el mito de la Guerra Civil, el mito de Vietnam, el mito del Golpe de Estado del 23 de Febrero, que en España es un mito muy potente. Aquí hay el intento de entender un mito a la vez muy español y muy universal, el mito del delincuente juvenil, del bandido adolescente, del Billy the Kid. Los quinquis, los delincuentes juveniles de la España de los 70 no fueron más que una variante de ese mito universal, que se ve en muchos lugares y en muchas circunstancias distintas. Yo intento desmitificarlo para mitificarlo de otra manera, que es lo que siempre he hecho en mis libros. Desmitificar la Guerra Civil para mitificarla de otra manera, desmontar ese mito para ver qué hay ahí dentro. Los mitos son muy interesantes porque son una mezcla de mentiras y de verdades. Y una mezcla de mentiras y verdades es una mentira que dice mucho sobre la sociedad que la crea. Y esos delincuentes juveniles españoles de los 70 son quizá la mejor expresión de una sociedad que estaba cambiando vertiginosamente una dictadura por una democracia, y que miraba al futuro con la misma mezcla de esperanza, de temor y de fascinación con que miraba a estos delincuentes juveniles. Es un momento muy curioso, que quizá no se vuelva a dar, donde hay más adolescentes que nunca en España, fruto del baby boom, y muchos de ellos sin esperanzas, como dice el verso de Bob Dylan "quien no tiene nada, no tiene nada que perder". Y esos delincuentes se lanzan a asaltar bancos y capturan la imaginación del país entero. En torno a ellos se genera toda una subcultura de películas, algunas de las más taquilleras del cine español. Los medios de comunicación se saturan de películas sobre estos chicos. Los libros, la música, los convierte en verdaderas leyendas. Aunque el fenómeno fue muy intenso pero muy efímero, duró menos de diez años. Desapareció cuando el país del tercer mundo se convirtió en un país del primer mundo, se integró a Europa, y sobre todo porque esos chicos desaparecieron. El 98 por ciento murieron por la violencia y sobre todo por la droga, por la heroína que arrasó prácticamente con una generación, o por el sida que fue la consecuencia. Esos temas recorren subterráneamente la novela. Todos los personajes de estas tribus mueren, incluidos los protagonistas máximos. Y el Zarco es un poco peculiar porque sobrevive a ese momento, y en la segunda parte es un personaje póstumo, un superviviente de otra época y de sí mismo. En el fondo el tema es una excusa para hablar de la lealtad, de la traición, de otras cosas.
P.: Usted que usó la realidad para narrar de forma ficcional, ¿ahora usa la ficción para investigar un hecho real?
J.C.: Es un error común pensar que la ficción pura existe, que la fantasía pura existe. La ficción siempre está contaminada de realidad. Si existiera la ficción pura sería la cosa más inútil y más banal del mundo. La ficción es interesante porque parte de la realidad. La realidad es un carburante que la alimenta, la dota de un sentido. Yo en este caso parto, como no podía ser de otra manera, de mi propia experiencia. Esos chicos formaban parte de mi paisaje vital, moral.
P.: ¿Usted es el Gafitas, el chico de clase media bautizado así por su amigo Zarco, el delincuente juvenil?
J.C.: Por supuesto, pero también soy Tere, el Zarco, y todos los demás. Los personajes de las novelas, lo dice muy bien Milan Kundera, son yos hipotéticos del autor, sus posibilidades no realizadas. Todas las novelas comienzan igual, con un "y si...", y eso es una novela. Cervantes un día en su casa se dice: joder, ¿y sí en vez de ser yo, y si en vez de haber estado en Italia y en Lepanto, y en tantas que me han pasado, hubiera pasado la vida encerrado en un puñetero poblachón de La Mancha leyendo novelas de caballería? Y ahí empieza a imaginar al Quijote. ¿Significa esto que Cervantes es el Quijote? Por supuesto, pero también es Sancho Panza, la Dulcinea, y los demás. Todas las novelas, en este sentido, son autobiográficas. Un día, de ese modo, me dije: y si en vez de ser un adolescente timorato y pedante como era, hubiese cruzado la frontera de la ciudad y me hubiera unido a alguna de las bandas de delincuentes como pululaban, ¿qué hubiese ocurrido? Ahí empieza la novela. Hay mucho de Gafitas que me pertenece. Pero también estoy disuelto en los demás personajes.
P.: ¿Sigue pensando que lo suyo va contra la literatura?
J.C.: Sí, porque pienso que la literatura es antiliteratura. Y cuando una frase me suena a literatura, la suprimo. La literatura no tiene que sonar a literatura, tiene que sonar a verdad. Toda literatura de verdad es antiliteratura, es decir que va contra el canon imperante en su época. Yo no quiero que mis historias suenen a literarias, quiero que suenen a verdad, quiero que el lector las lea como si estuvieran ocurriendo. El mayor elogio que me hacen es: pareciera que hubieras conocido a estos delincuentes, que hubieras formado parte de una de estas bandas. Ojalá. Toda real literatura suena a otra cosa, suena a verdad. Por eso detesto toda la ornamentación, los adornos. Pertenezco a una generación que tuvo el enorme privilegio de que la tradición de su propia lengua se ha enriquecido y ensanchado enormemente, en particular en lo que atañe a la narrativa. El español es una lengua muy rara que crea la novela, la coloca en el centro del canon, y luego la olvida, y son los ingleses los que nos roban la novela, son los ingleses los que entienden la lección de Cervantes. Los españoles no entienden a Cervantes, es un bestseller. Cervantes jamás hubiera ganado el Premio Cervantes. Los latinoamericanos son los que devuelven la narrativa al centro del canon y la enriquecen extraordinariamente. Yo no puedo imaginarme como escritor sin Vargas Llosa, Rulfo, García Márquez, Borges, Bioy, Arlt, Puig, Cortázar, y sin tantos otros. Yo no me siento un escritor español, soy un escritor en español, y creo que éste es el mejor momento para escribir en español después del Siglo de Oro.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
J.C.: Estoy haciéndole una severa liposucción a una vieja novela. Y, a la vez, estoy corrigiendo un libro en el que no sé cuánto voy a tardar, pero no me gusta hablar de lo que estoy escribiendo porque como decía Hemingway algo esencial se escapa.
Entrevista de Máximo Soto


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