5 de noviembre 2010 - 00:00

Ischigualasto, entre la Tierra y la Luna

«La esfinge» es una de las tantas figuras que el viento, el agua y el tiempo labraron en este parque también conocido como Valle de la Luna.
«La esfinge» es una de las tantas figuras que el viento, el agua y el tiempo labraron en este parque también conocido como Valle de la Luna.
«Antiguamente se consideraría temporada alta en vacaciones de julio. Hoy vienen todos los días. Imaginate que en enero nos visitaban más de 60 personas por jornada, lo cual no sería un dato muy relevante si no se tuviera en cuenta que por esas fechas tenemos un promedio de 45 grados», cuenta Salica, impresionado por la afluencia de público.

Día tras día hordas de arqueólogos y paleontólogos rastrillan y ciernen hasta el último grano de arena en busca de ese nuevo descubrimiento que inmortalice sus nombres. Este fue el caso del norteamericano William Sill, que se pasó más de 20 años develando los secretos del valle e intentando elucubrar una hipótesis sobre la extinción de los dinosaurios. El Argentinosauros (el animal terrestre más grande de que se tenga registro, medía hasta 40 metros de largo y pesaba más de 100 toneladas), el Panphagia Protos (el primero de los omnívoros, descubierto en 2009) o el Eoraptor Lunesis (predador nocturno) son sólo algunos de los especímenes encontrados en este sitio. El deslumbramiento de Sill por estas tierras llegó a tal punto que le pidió a su familia que al fallecer enterraran las cenizas de su corazón en el lugar. Ocurrido su deceso en julio de 2008, se realizó un monumento en honor al investigador, donde hoy descansan sus cenizas.

Si bien el recorrido al interior del parque abarca 42 kilómetros, son más de 63 mil hectáreas las que comprende este Valle de la Luna que son celosamente cuidados por la comunidad científica y el Gobierno de la provincia. Pero no sólo fósiles ofrece el lugar. Lo cierto es que 70 millones de años atrás, cuando la placa de Nazca -que se trasladaba por el océano Pacífico- colisionó con la placa continental, lo que hoy llamamos Latinoamérica, no sólo se generó la Cordillera de los Andes. Este cúmulo incontenible de energía también levantó paquetes de rocas provenientes de lo más profundo de la tierra. Es aquí donde radica el valor de Ischigualasto, que pone de manifiesto la historia de la tierra ante nuestros ojos, sin requerir mayores excavaciones.

Con el paso de los siglos el viento y el agua labraron las más sorprendentes formas en estas rocas, creando la atracción turística que hoy visitan miles. «El submarino», «La esfinge», «El hongo», «El Valle Pintado», «La silla del barbero», son sólo algunas de las geoformas que se pueden ver en el recorrido de este parque, que el 29 de noviembre celebrará 10 años desde que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

No obstante, lo cierto es que existen tantas formas como la imaginación alcance a distinguir. Y para muestra, la frase de un niño, que viendo cautivado cómo la luna llena se posaba entre los periscopios de El Submarino, alcanzó a decir: «Nunca estuve en la luna, pero me parece que debe ser igualito a esto».

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