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Jaquea a EE.UU. capacidad de narcos para readaptarse
Efectivos de la Marina trasladan ayer en Puebla a Sergio Villarreal, «El Grande», uno de los capos del cartel de los Beltrán Leyva, detenido el domingo. «El Grande» pugnaba palmo a palmo con «La Barbie» (Edgar Valdez), detenido hace dos semanas.
En los últimos días, los arrestos de dos «capos» de los carteles de la droga, Sergio «El Grande» Villarreal Barragán y Edgar «La Barbie» Valdez Villarreal, sumados a la masacre de Tamaulipas, donde murieron 72 inmigrantes ilegales que estaban por cruzar hacia EE.UU., pusieron a México y la escalada de violencia generada por el narcotráfico en la tapa de todos los diarios. Pero la semana pasada, fueron las declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y del mismo presidente, Barack Obama, las que recargaron las tintas sobre el tema.
«La violencia relacionada con el narcotráfico en México y en América Central está tomando el carácter de insurgencia», dijo Hillary Clinton en una conferencia ante el prestigioso Council of Foreign Relations, para agregar que México «se parece cada vez más a la Colombia de hace 20 años». La comparación, sin duda poco feliz, se habría basado, para algunos, en el hecho de que las bandas de la droga mexicanas están usando autos bomba en sus atentados, al estilo de la narcoguerrilla colombiana FARC en los 80.
El haber puesto en el mismo saco a los carteles del Golfo y Sinaloa con las FARC y ELN (Ejército de Liberación Nacional, también de tendencia revolucionaria de izquierda) trajo airadas reacciones en el DF mexicano. Por eso es que, pocas horas después, Obama buscó enmendar la plana al decir que «México es una democracia amplia y avanzada, con una economía en crecimiento».
Sin embargo, esas diferencias de origen -las FARC peleaban por el poder, los narcos mexicanos no- se desdibujan a la hora de poner sobre la mesa la corrosión que trae el narcotráfico: hoy México, al igual que Colombia antes, convive con corrupción en el Gobierno y en las fuerzas policiales, con la Justicia en virtual parálisis y, por sobre todo, con una escalada en violencia e inseguridad.
Las cifras de México, mientras tanto, reflejan ese terror en la convivencia con el narcotráfico: desde 2006 provocó 28.000 muertes (6.587 sólo en 2009 y se prevé que sobrepasen las 10.000 este año). Si a eso se le agrega que casi un cuarto de su Ejército (45.000 tropas) está afectado a combatir los carteles de la droga, y se le suman los 33.000 policías federales y cerca de 400.000 agentes de las policías locales y municipales, no se puede concluir sino que México está en pie de guerra. Pero con billetes de la droga de por medio, no todo es tan lineal como parece: Felipe Calderón anunció la semana pasada que 10% del plantel de la Policía federal fue echada por causas de corrupción. Mientras tanto, los federales conviven con 2.022 cuerpos de policía municipales, una telaraña pasible de corrupción bien difícil de controlar (actualmente se debate en el Congreso una ley que las reemplazaría por 32 policías estaduales).
Aunque la mención de «insurgencia» o «colombianización» provoca tirria entre los mexicanos, el Gobierno de Calderón ya identificó 233 «zonas de impunidad» en su territorio. En esas zonas, los narcos cobran impuestos, cortan rutas e imponen sus propios códigos de conducta. La pregunta que surge, inmediata, es si esos miniestados dentro del Estado implican que México se encamina hacia un «estado fallido», donde el país pierde el control de la administración, del ejercicio de la fuerza y de la soberanía.
«Nuestra preocupación va más allá del Río Grande (frontera mexicano-estadounidense) y el Canal de Panamá», dijo. «Hoy, el tráfico de drogas afecta a la seguridad de los ciudadanos, y a la de todos los países de la región», señaló.
No es la única preocupación: «En este momento, tenemos (en referencia a los países de la región) identificadas, y en cierta manera controladas, las rutas terrestres y aéreas para el tráfico de drogas, pero ahora vemos que por la presión infligida, los carteles mexicanos están desviando ese tráfico por los países del Caribe», dijo. «Bajo presión, y porque han caído varios de sus cabecillas, el narcoterrorismo, que en el continente americano hoy lideran los carteles mexicanos, está en constante readaptación, generando más violencia y transformando sus prácticas comerciales», agregó.
EE.UU., que comparte con México su frontera más extensa, ya asignó u$s 331 millones para el Plan Mérida (ayuda logística y de inteligencia para combatir el narcotráfico, que muchos comparan con el Plan Colombia, por el que Washington contribuyó con u$s 7.000 millones), y desplegó 1.200 efectivos de la Guardia Nacional en el sudoeste para atajar la oleada narco.


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