Ana Martínez Quijano
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Juan Andrés Videla despliega asombrosa “Alfombra Mágica”
La galería Miranda Bosch acaba de inaugurar una exposición dedicada
al virtuoso artista, quien crea a partir de variaciones del cuento oriental.
La galería Miranda Bosch acaba de inaugurar la exposición “Alfombra Mágica”, de Juan Andrés Videla (1958). Allí se exhibe una conjunción perfecta entre la técnica y un tema estimulante para la imaginación del artista. El virtuosismo de Videla, evidente en toda su trayectoria, encontró en un tema inesperado, la ficción de un fascinante cuento oriental, el punto de partida para un ensayo pictórico. En alrededor de 26 obras despliega un análisis de las diferentes herramientas que utiliza en sus pinturas: los juegos del color y de la forma, la ductilidad del óleo; las líneas, el plano, los dibujos ornamentales y los fenómenos ópticos que genera la perspectiva. Entretanto, hay obras donde la estricta figuración se deshace en los placeres del esfumado.
En esta nueva serie de pinturas, Juan Andrés Videla le dice adiós a la nostalgia de sus paisajes suburbanos. Las imágenes de los barrios pobretones de casitas bajas y cielos nublados y tristes como la vida que albergan, quedaron atrás. Hoy, la exploración de un universo de colores exultantes le procura felicidad. El artista realizó en 1981 su primera muestra en la galería Lirolay. Estuvo años sin exponer, trabajó como diseñador gráfico y fue carpintero como Jackson Pollock. Recién en 1991, realizó una muestra individual en la New Gallery de Houston, EE.UU. y volvió a presentar sus obras en Buenos Aires y las ciudades Dublín, Nueva York, Bogotá, París, Londres y Roma, entre otras. Durante el recorrido de su nueva muestra, sorprende su sinceridad: confiesa que, hasta el presente, nunca le gustó lo que pintaba.
Hay un cuadro con una alfombra en pleno vuelo que recuerda un verso de Goethe cuando describe el crepúsculo y, dice: “Todo lo que estaba cerca se aleja”. Con los efectos de la perspectiva que, en cierto modo es comparable al crepúsculo de esa alfombra que estaba cerca y comienza a alejarse, Videla pinta la ilusión de volar y captura el movimiento. Alcanza a través de la pintura el carácter cinematográfico que, por lo demás, el atractivo tema de la exposición destaca y enfatiza.
Orígenes
La historia de esa alfombra voladora que se remonta a la biblia, despierta viejos recuerdo, se reitera en diversas culturas y cobra celebridad en Occidente con la publicación de “Las mil y una noche”. Y la memoria se aviva a partir de los arabescos de las alfombras persas. El espectador viaja a Oriente. Sin embargo, Juan Andrés Videla, lejos de soñar con sultanes y la reina de Saba, interpreta el viaje como metáfora de la existencia y encuentra en la alfombra un vehículo que, surcando la atmósfera, lo transporta al presente. “Gratamente,” según afirma.
Si bien la seducción que ejercen los motivos representados en cada una de las obras alientan el vuelo de la imaginación, hay una estrategia visual muy estudiada y ajena a la improvisación. Ese alejarse de las cosas por efecto de la perspectiva, transforma el rectángulo que es la alfombra en un trapecio, cambio que implica, además, recuperar el arte del pasado. La perspectiva desaparece en gran parte del arte moderno. Con la lejanía de sus alfombras, Videla rescata en varias pinturas los puntos de fuga. Y estas líneas orientan la mirada del espectador que, cómoda, se desplaza por la pintura. El artista interviene así de modo activo en el acto de contemplar. “Flotamos en el espacio infinito de la atmósfera”, señala. Luego, frente a la inmovilidad de la pintura, elije el movimiento y dispone el vuelo de sus tapices.
Hay un sol y un horizonte casi escondidos entre los arabescos de una obra. Se adivina entonces la intención del artista de ayudar a encontrar lo visible cuando se vuelve invisible. Así contribuye a sortear las dificultades que debe superar aquel que mira la imagen. En medio de estos ejercicios con los radiantes colores de los decorativos arabescos, los fenómenos ópticos y la geometría, pinta junto al trapecio un pequeño rectángulo con la forma de la alfombra rebatida. Luego, en una pequeña pintura negra el artista representa el cosmos, pinta una luz blanca e intensa, un resplandor que el espectador puede percibir libremente como la luna. Y cuando finalmente define la infinitud del cielo, observa: “Todo es inmaterial e inasible, son capas y capas de ilusión”.

