En esos cuatro kilómetros que recorrió, el flamante campeón del US Open pasó de la euforia y el grito de desahogo hasta el llanto. Y no era para menos, claro. Es que Tandil se paralizó ante su llegada, y alrededor de 40 mil personas le hicieron sentir toda la admiración que despierta. La «Torre» no se cansó de saludar y hasta se colgó varias banderas que le arrojaron, antes de parar por primera vez en la municipalidad, donde lo esperaba «la llave de la ciudad» y el título de ciudadano ilustre, tal como había prometido el intendente Miguel Lunghi.
Orgulloso, Del Potro observó cómo el balcón del edificio municipal estaba decorado con un enorme cartel, con fotos de su trayectoria de tenista, desde su niñez hasta la actualidad, y la inscripción: «El sueño que hizo feliz a un pueblo». Pero, para el pupilo de Franco Davín, la ciudad no le debe nada, sino que es justamente al revés. «Esto se lo debo a Tandil», lanzó apenas le alcanzaron un micrófono.
Y prosiguió: «Espero que esto sea el inicio de algo grande en mi carrera y como persona». Pero la mayor ovación se la retribuyeron cuando expresó que la incesante competencia en el exterior no le hace olvidarse de su ciudad. «Por más que esté jugando torneos afuera, a Tandil no la cambio por nada».


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