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Kartun: “El humor es el mejor aliado de un autor”
Mauricio Kartun: «La generación más joven de autores vivió el descrédito de ciertas formas más políticas del teatro. El discurso melonero, la bajada de línea, algún romance meloso con las ideas».
Periodista: ¿A qué se debe el título «Ala de criados»?
Mauricio Kartun: En las viejas mansiones, en los clubes y hoteles de nuestra Belle Époque, existían unas formidables dependencias de servicio a las que se conocía, por entonces, como ala de criados. Me tentó ese espacio cuando lo conocí, hace años, en una visita al Hotel Edén de La Falda. Una especie de hormiguero de pequeños cuartos que daban a un patio común. En la obra sólo aparece aludido. El espacio que tomé es en realidad el de la terraza de tiro del Pigeon Club, el aristocrático club de tiro a la paloma junto al mar que funcionó en Mar del Plata en lo que hoy se conoce como el Torreón del Monje.
P.: ¿Quiénes protagonizan esta historia?
M.K.: Tres primos algo estrambóticos de una familia patricia refugiados allí un enero atípico: el de la semana trágica. Y un lanzador de palomas que los sirve.
P.: Un cruce de clases similar al que delineó en «El niño argentino».
M.K.: Puede haber algunas similitudes de ambiente, pero ni en los personajes, ni en el estilo, ni en el argumento -salvo alguna ocurrencia por ahí- hay referencias a aquella obra. Me atrae mucho, sí, esa Argentina de los años dorados, el granero del mundo. La desmesura del derroche, la concentración de poder. Y algunos personajes extravagantes y fascinadores que en distintos campos del arte, sobre todo, surgieron de esas familias.
P.: ¿Cómo hace para evitar que un tema de implicaciones sociales no degenere en incómodas bajadas de línea?
M.K.: El humor siempre está presente. En la literatura y en la vida. Esquivándole a la solemnidad no hay riesgo de púlpito. La risa es una gran mediadora: quita trascendencia y por lo tanto achica diferencias. Por otro lado, siempre adopto al escribir el punto de vista de mis personajes más controvertidos. Convivo con ellos y los quiero como a esos familiares que uno, a veces, también tiene ganas de matar a patadas.
P.: ¿Qué relación hay entre la Argentina de 1919 y la actual?
M.K.: Un partido político con intenciones populares. En aquel caso el radicalismo, minado desde adentro por sectores conservadores del mismo partido que sueñan con dar el golpe. No es poco.
P.: ¿Por qué resulta tan difícil hacer ficción con la historia argentina?
M.K.: El gran potencial de la historia no está simplemente en ofrecer temas sino en ser proveedor de mitos. Tomar un hecho histórico cobra valor cuando tiene aura, cuando su significado trasciende la anécdota y se lo revive con cierto compromiso poético.
P.: ¿Qué otros episodios de la historia argentina le gustaría abordar?
M.K.: El cruce de los Andes se me aparece seguido. No en su épica, curiosamente, sino en su cotidianeidad. Tengo un pequeño acopio de imágenes que tal vez alguna día encuentren destino.
P.: Mientas usted bucea en nuestros conflictos sociales las nuevas generaciones de dramaturgos demuestran muy poco interés en el tema ¿A qué lo atribuye?
M.K.: A que buena parte de las generaciones más jóvenes han vivido el descrédito de ciertas formas más políticas del teatro. El discurso melonero, la bajada de línea, algún romance meloso con las ideas, y unas cuantas creaciones berretas levantadas como bandera -digámoslo, por qué no- ayudaron a ese desprestigio. Y como mirando a la calle aparecía el viejo modelo, los nuevos creadores eligieron mirar hacia la mesa ratona. No creo que sea un defecto. Cuando esa poética de lo familiar está hecha con talento y compromiso aparecen materiales nobles. En mi caso sigo, como siempre, procesando residuos del viejo imaginario. A veces, como en los últimos años, la cabeza está más angustiada con lo político, con lo social, y sale eso.
P.: Sus dos montajes anteriores fueron un éxito, pero usted insiste en afirmar que todavía le falta para el carnet de conductor. ¿Cómo es eso?
M.K.: Me dedico al teatro exclusivamente por vocación y por placer. Y dirigir es extraordinariamente más vital que escribir. Comerse una picadita hablando de lo que pasó en el ensayo no es algo que uno pueda hacer con los personajes. Por otro lado dirigir mis textos me da una audacia mayor como dramaturgo. Pierdo el temor de cómo puedan ser resueltas las cosas por otro, y desde que lo hago me he animado a más. No soy director porque no he incorporado aún la experiencia necesaria como para resolver de manera solvente y diestra los desafíos de esa profesión. Pero le pongo garra, tiempo y paciencia. Y como tengo ganas de aprender miro, pregunto y practico. A lo mejor un día doy la sorpresa y me recibo.
Entrevista de Patricia Espinosa


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