30 de mayo 2014 - 00:00

Kicillof o la fantasía ultra-K de potenciar un candidato propio

Domingo Cavallo a finales de los años 90 y Roberto Lavagna en 2007, ambos con pasada relación con los Kirchner, son los antecedentes recientes de exministros de Economía que fueron candidatos presidenciales. A ese destino empujan a Axel Kicillof , con impulso del pacto con el Club de París.
Domingo Cavallo a finales de los años 90 y Roberto Lavagna en 2007, ambos con pasada relación con los Kirchner, son los antecedentes recientes de exministros de Economía que fueron candidatos presidenciales. A ese destino empujan a Axel Kicillof , con impulso del pacto con el Club de París.
Axel Kicillof, el artesano del pacto con el Club de París, estalló ayer como la figura estelar de un ejercicio que el kirchnerismo, en proceso poscristinista, se animó a ensayar varias veces: designar, intuitivamente, a una figura mágica como el ultra-K para sentarse en el poker presidencial de 2015.

Fugazmente el sitial lo ocupó Jorge Capitanich cuando aterrizó como jefe de Gabinete. Luego, más episódicamente, le tocó a Sergio Urribarri al estrenar el mantra en que se proclama como el continuador que mantendrá al gabinete y dará a Cristina el rango de jefa absoluta, remake del "Cámpora al gobierno, Perón al poder" en versión "Urribarri al gobierno, Cristina al poder".

Luminosos


El acuerdo con los acreedores europeos, que dinamitaron pronósticos adversos de actores económicos del staff K, le devolvió al kirchnerismo un instante de luminosidad que los anima a pensar, como con la reestatización de YPF -por citar el caso más reciente- que los augures sobre una derrota inevitable en 2015 son erróneos; o refutables.

El problema tiene dos facetas. La primaria es la negatividad que anida en la opinión pública ante lo que huela a K -los ensayos de laboratorio, con la foto actual, dictaminan que cualquier figura kirchernista pierde en un balotaje- ante lo cual se abrazan a la chance de un triunfo en primera vuelta. El segundo elemento es peor: el kirchnerismo de Olivos -es decir, La Cámpora y el clan familiar- no tiene, aquí y ahora, un candidato propio y confiable que, como dice el neocamporismo, "exprese lo nuevo y el futuro", ante lo cual no hay escenario de victoria sin tener, siquiera, jugador en la cancha.

Kicillof, el técnico de formación marxista, que brotó de la universidad, encandiló a Cristina de Kirchner y tuvo, como entrenamiento una etapa de viceministro (para acatar la sugerencia chilena de no poner un ministro inexperto) parece ahora evolucionar, en el imaginario ultra-K, como una figura política y, sobre todo, electoral para pulsear por la sucesión presidencial.

Kicillof encarna dos componentes densos del ethos K: aparece ligado a La Cámpora, aunque no fue un progatonista central de ese proceso y es la cara visible de la economía kirchnerista en una etapa en donde empieza a mostrar fisuras, la más delicada sobre el empleo. La consultora Isonomía reveló un dato incendiario sobre ese punto, según el cual cerca del 40% de los empleados teme perder su trabajo en los próximos 12 meses.

Una encuestadora que nutre de informes a la Casa Rosada refleja que la imagen negativa del ministro de Economía duplica su imagen positiva, que está por debajo del 30%.

Menciones

Ayer, desde Berazategui, feliz por el pacto con el Club de París -relató el origen de la deuda- y por la invitación de Rusia a participar del BRIC, la Presidente mencionó dos veces a Kicillof como el artífice del acuerdo y operó como una dosis de expectativa en el dispositivo híper-K que desdeña a Daniel Scioli, da por fallido el intento Urribarri -Julio De Vido se esfuerza por sostenerlo, pero la figura del entrerriano no logra despegar y se desdibuja- y desconfía del ministro de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, a quien imputa un exceso de autonomía.

La partitura de la música ilusoria de un Kicillof candidato presidencial tiene un rasgo puramente político, sobre la interna de K, es decir la microinterna en la cima de La Cámpora, donde cohabitan Eduardo "Wado" De Pedro y Andrés "Cuervo" Larroque como figuras centrales, escoltados en un anillo apenas, menos José Ottavis. A Kicillof se le atribuye un entendimiento con "Wado", que en el pasado estuvo más cercano al fallecido Iván Heyn, el otro yo del actual ministro en los manuales de interpretación económica del neocamporismo.

Junto a De Pedro, Kicillof conforma el dúo al que se le atribuye alta influencia sobre Cristina de Kirchner. "Wado", diputado nacional y apoderado del PJ bonaerense, se convirtió además en el correo entre Olivos y el cacicazgo peronista entre quienes, beneficiado por los ruidos que generan Larroque y Ottavis, generó al menos simpatía. De Pedro tiene acceso premium a Olivos, tiene voz en la designación y remoción de funcionarios, por lo que puede ser esencial, si se consolida su buen vínculo con Kicillof, para cincelar la salida de Juan Carlos Fábrega del Banco Central, la sombra del ministro de Economía, a quien dirigentes K llaman "el Prat Gay de Cristina", por su perfil ortodoxo, en memoria del cargo que ese economista ahora opositor ocupó en tiempos de Néstor Kirchner.

En la mesa de arena del neocamporismo, a Fábrega le cuelgan un cartel que dice candidato en Mendoza en 2015. No es una idea novedosa: en 2013 se habló del economista como primer diputado nacional por esa provincia.

Que Kicillof sea candidato no sería, tampoco, insólito. Dos veces en los últimos años, ministros de Economía se zambulleron al barro de una presidencial. Domingo Cavallo en 1999 y Roberto Lavagna en 2007. Los dos, como toda la galaxia PJ, tuvieron empatía con los Kirchner: el primero cuando Néstor era gobernador; el segundo como gestor, heredado de Eduardo Duhalde, del canje de deuda durante el primer mandato K.

Los dos perdieron: Cavallo quedó tercero detrás de Fernando de la Rúa -de quien, un año y medio después, sería superministro- y Lavagna, en un pacto vidrioso con la UCR, terminó varios puntos abajo de Elisa Carrió, la segunda de Cristina de Kirchner.

A pesar de esos dos fracasos, en política, la estadística no determina nada. Un economista quizá mire distinto.

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