29 de julio 2013 - 00:00

Kirchner y Francisco: ingenieros del poder

Ambos líderes apelaron a romper los protocolos, besar niños, arriesgar la seguridad, mezclarse entre la multitud y a poner en el centro del discurso a los desesperanzados y excluidos para construir poder.
Ambos líderes apelaron a romper los protocolos, besar niños, arriesgar la seguridad, mezclarse entre la multitud y a poner en el centro del discurso a los desesperanzados y excluidos para construir poder.
A Jorge Bergoglio y Néstor Kirchner los separaban profundas diferencias ideológicas, mas no su vocación por construir poder.

Al expresidente lo conocían pocos argentinos, sólo lo votó el 22 por ciento y llegó a la Casa Rosada desde los confines australes del país. Bergoglio arribó al Vaticano desde un país del sur del globo con escasa injerencia en la política internacional y en la vida vaticana. Ninguno de los dos llegó a esos lugares como favorito ni figuraban en los planes de las mayorías.

Sin embargo, hay una asombrosa similitud entre el modo que eligió el papa Francisco de ganarse el corazón y la confianza de los fieles católicos con aquellos primeros meses del santacruceño. Romper los protocolos, besar niños, arriesgar la seguridad, mezclarse entre la multitud, declararse hijo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, poner en el centro del discurso a los desesperanzados y excluidos, abrazarse a los pobres y las víctimas de las adicciones, elegir adversarios poderosos y desprestigiados, poner a investigar las cuentas del banco del Vaticano, derogar leyes de impunidad, abrazarse a la juventud militante de sus respectivas causas, incitarlas a movilizarse.

Desde afuera

En definitiva, ambos llegaron para gobernar estructuras ya consolidadas, que no les eran afines, que les desconfiaban y con las que no tenían compromisos previos; resolvieron el dilema construyendo poder desde afuera en tiempo récord, apelando al vínculo directo con la gente, con los fieles, poniéndose el traje que demandaban la historia y las circunstancias. Ambos se fortalecieron sacando de abajo de la alfombra lo que otros prefirieron esconder allí. Cada uno aprovechó circunstancias históricas poco comunes, como la Argentina de 2003 y el Vaticano sospechado, falto de credibilidad y sin Papa de 2013.

Ni Kirchner ni Bergoglio alcanzaron la cima para hacer la revolución, apenas reformistas dispuestos a enfrentar el incendio con inquebrantable vocación de poder. En la Argentina kirchnerista Bergoglio era el articulador de la derecha desestabilizante; en el Vaticano ese mismo hombre hace soñar a millones con una Iglesia para los pobres y lejos de los privilegios.

Néstor Kirchner lo hizo hace 10 años. Y ahora el Papa repite la fórmula paso a paso, como si fuera el Tata Martino estudiando los videos del Barsa y los adversarios a vencer. Es hora de prometer, ilusionar, recrear credibilidad, devolver esperanza. Hacer todo eso demandará otros tiempos, muchas y duras batallas de resultados inciertos.

Competencia desleal

Lo más valioso del Papa en Brasil es que interpeló a un capitalismo que de tan desbocado se devoró a sus propias catedrales, como Lehman Brothers y la Unión Europea. Puso en el centro de la escena la problemática social, la exclusión de grandes masas de seres humanos.

Quizás este diagnóstico haya sido el único punto de coincidencia con León Ferrari, el enorme artista plástico reconocido a nivel mundial que falleció el jueves y que el entonces cardenal Bergoglio defenestró en 2004, en una muestra de la intolerancia con quienes piensan y actúan diferente de ciertos jerarcas eclesiásticos y algunos católicos militantes. También Ferrari, desde su lugar -por cierto menos significativo que el de un Papa- interpelaba a las democracias que naturalizan "un 30% o un 40% de la población viviendo en condiciones de miseria", como le dijo a este diario en un reportaje de 2009.

Así como León Ferrari era "apenas" un artista, el Vaticano no atiende adictos, no lidia con el narcotráfico, no administra pobreza y exclusión sino riqueza (en todo caso lo hacen miles de curas y monjas), no tiene que responder ante el voto popular por la falta de cloacas, ni garantizar alimento, salud y trabajo a millones de seres humanos. El Papa, sea Francisco o cualquiera que le haya antecedido, es un competidor desleal en su condición de jefe de Estado visitante.

Del dicho al hecho

Los gobiernos, obvio, tienen la responsabilidad de atender esos asuntos terrenales, difíciles de abordar porque exceden largamente la voluntad de un mandatario. La realidad acicatea. La agenda de necesidades es dinámica y da vueltas como una tortilla. El Brasil potencia, con grandes reservas de petróleo que organiza un Mundial y las Olimpíadas, de pronto es sinónimo de revueltas y protestas. En la Argentina, necesidades similares a las que señaló el Papa en Brasil están latentes. A diferencia de hace una década la malla de contención es más amplia y fuerte, mucha más gente vive mejor, pero los problemas no se esfumaron.

Veámoslo en el terreno de las campañas electorales. En la de 2011 el déficit habitacional tomó ribetes dramáticos, tomas de terrenos, parques y vidas en juego. Dos años después aparecen otras problemáticas en primer plano, pero no el del déficit habitacional. No al menos en los términos de entonces.

¿Se solucionaron esos problemas estructurales? De ninguna manera. Son apenas una muestra de cómo el Estado y los gobiernos van conteniendo situaciones sociales delicadas a medida que se les presentan. Son conscientes de que revertirlas lleva tantos o más años que los que llevó destruir lo que había o décadas de desinversión; pero el aquí y ahora, la necesidad de ensayar políticas que muestren a las administraciones ocupadas en lo urgente no acepta dilaciones. La realidad sigue siendo hipersensible.

La aparición en escena del plan Procrear a nivel nacional y Mi Tierra, Mi Casa en la provincia desactivó conflictos, corrió la problemática de la agenda y paró a ambos gobiernos en otro lugar. En términos de discusión política esos oficialismos pueden estar satisfechos: por un lado están resolviendo problemas a gente de carne y hueso, y por el otro ya no es tan fácil para los opositores interpelarlos y ganarles la agenda.

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