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Kubrick y sus precursores
El comienzo del film de Stanley Kubrick, con la Filarmónica interpretando vigorosamente los sones de “Así habló Zaratustra”.
La película mencionada, que anteanoche exhibió el Teatro Colón como cierre de su ciclo anual Colón Contemporáneo, con música en vivo, fue considerada la summa de la ciencia ficción cinematográfica (o ficción científica, sí). No obstante, y aunque para muchos paladares lo siga siendo, su inclusión dentro de este ciclo ha vuelto a demostrar, aunque con una variante, el famoso postulado borgeano del ensayo sobre Kafka: la obra de un escritor --o un artista en general--, crea a sus propios precursores. La variante radica, en este caso, que no ha sido la obra la que los creó, sino este ciclo de películas paradigmáticas exhibidas en el Teatro Colón.
¿Qué podían tener en común, hasta la función de anteanoche, "Metrópolis" de Fritz Lang o "El acorazado Potemkin" de Sergei Eisenstein, entre unas pocas más, con "2001" de Kubrick? Nada, pero ahora se reconocen en esa identidad por haber formado parte de un mismo ciclo, por haber sido vinculadas como patrimonio de un museo cinematográfico del siglo XX, con esa carga ambigua que tiene la palabra "museo" para todas aquellas obras que, en su época, se pensaron a sí mismas como vanguardistas.
Electrizante fue escuchar la obertura del Zaratustra de Richard Strauss por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires (tres veces electrizante, tal el número de ejecuciones que marca la "partitura" de Kubrick: en la obertura planetaria; en "El alba del hombre", cuando el primate descubre el hueso como arma, y en el final, cuando el moribundo astronauta David Bowman fracasa en alcanzar con sus dedos el monolito a los pies de lecho).
Hipnotizadoras, también, fueron las voces del Estudio Coral de Buenos Aires en los pasajes de György Ligeti, pero que antes que reforzar la naturaleza metafísica y atemporal que soñó Kubrick subrayaron, por el contrario, su condición histórica. Paradoja del tiempo, ese gran macabro, al que no se puede desconectar como a la diabólica computadora Hal 9000.
Fue esa misma historicidad la que se inmiscuyó en los lugares menos sospechados por quienes diseñaron en 1968, un año antes de la llegada del hombre a la luna, una película futurista cuya escenografía no pisa jamás nuestro planeta, salvo en esas breves, delatoras escenas de telecomunicación por imagen: así, la madre del desafortunado astronauta Frank Poole, al saludarlo por su cumpleaños desde la tierra al espacio, luce en ese irreal siglo XXI un peinado alto y batido, con el inconfundible sello de la moda de los 60. Lo mismo que el vestuario de la azafata del transbordador, lo mismo que el de los desconfiados científicos soviéticos en la estación espacial (dejando de lado, claro, la supervivencia de la Unión Soviética en ese futuro). Algo así como la visión de los autos voladores en la metrópolis del 2000 de Lang.
Finalmente, la secuencia psicodélica de la última misión, con ese veloz caleidoscopio de imágenes saturadas de color --que recordó la estética de las revistas "Pinap", "Cronopios" y "Pelo", de Mau Mau, de "El submarino amarillo"--, parecía, en ese otro vasto espacio, el del Colón, menos un viaje a Júpiter que una vertiginosa caída en el túnel del tiempo.
Por supuesto, todo esto no aplica, o aplica de otra forma, a los centenares de espectadores jóvenes que llenaron, fervorosamente, el Colón anteanoche, y que quizá miraran al resto, es decir, a quienes, de chicos, presenciamos el estreno de "2001" en el cine Ideal de la calle Suipacha, de la misma forma en que uno hubiera mirado a un testigo del estreno de "Potemkin" en 1925.
"2001: Odisea del espacio - Con música en vivo". De S. Kubrick. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Dir.: C. Baldini. Estudio Coral de Buenos Aires. Dir.: C. López Puccio. Música: R. Strauss, J. Strauss, G. Ligeti, A. Khachaturian. (Teatro Colón, 5 de diciembre).


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