20 de febrero 2009 - 00:00

La “Babel” de piedra que no sucumbe ante las crisis

La “Babel” de piedra  que no sucumbe  ante las crisis
«Nunca vas a encontrar una persona más creativa y con más sentido común que un montañés. Con crisis económica o sin crisis económica, con un clavo y un piolín se sube igual». Predispuesto, pero sin tiempo para mayores explicaciones porque la temporada apremia, Fernando Pierobon lanza una rápida conclusión desde su local de venta y alquiler de equipo de montaña de lo que sucede en estos momentos alrededor del cerro Aconcagua, en el que año tras año se escriben historias, se cumplen hazañas, se desafían límites y también se lloran pérdidas, quizás las que más alcance mediático logran, pero que aquellos que andan sus días entre quebradas y campamentos aceptan como un riesgo a correr dentro de ese inconmensurable mundo de la montaña.
Lo cierto es que la cantidad de personas que se han calzado las botas dobles obligatorias para superar la cota de los 4.300 metros sobre el nivel del mar, según las normas de seguridad, se ha incrementado en los últimos años (de 6 mil en 2007 a 7 mil en 2008) y los expertos en el tema creen que al final de esta temporada (que va del 15 de noviembre al 15 de marzo), en la sede de la Subsecretaría de Turismo de Mendoza se habrán otorgado alrededor de ocho mil permisos de ascenso para todas la rutas que llevan hasta la cumbre del «techo de América». La mayoría, para extranjeros.
Ahora, cuando el turismo foráneo ha cancelado reservas en otras partes del país, cuando la misma provincia de Mendoza acepta que ahora cuesta más atraer turistas, ¿por qué esa montaña sigue siendo un imán internacional, convirtiéndose en un lugar cosmopolita de 6.962 metros de altura? ¿Cuál es la maquinaria que se pone en marcha alrededor de este coloso de piedra?
«Hasta hace diez años, sólo llegaban los montañistas que sabían adónde estaban viniendo y conocían los riesgos. Después, con la masividad de internet, el consumismo también llegó a las alturas y la gente menos experimentada comenzó a contratar excursiones, pero en la mayoría de los casos pensando que sería un paseo por la montaña, sin tener conciencia, por más que uno quisiera convencerlo, del sacrificio que lleva este ascenso», sostiene Martín Grech, director de Aymará Aventuras y Expediciones
, una de las operadoras más grandes que trabajan dentro del Parque Provincial. Precisamente, Martín es sólo una de las personas que se mueven alrededor de esta montaña. Bajo su órbita giran 50 guías, 14 arrieros, 12 «campamenteros» y 30 porteadores, además de unas 15 personas que trabajan desde la capital mendocina.
Eso se debe multiplicar por las más de 30 empresas, entre nacionales e internacionales, que operan en el parque, y los guías que llevan a sus grupos en forma individual, y agregar a quienes alquilan o venden ropa de montaña, los empleados provinciales que otorgan los permisos, los guardaparques, los rescatistas (con helicóptero incluido) y los proveedores de las operadoras, que comienzan a armar sus tiendas el 1 de noviembre... A todo esto, y si se quiere ser preciso, se suman los choferes y empleados de las empresas de transporte público que llevan a aquellos que no han contratado ningún tipo de excursión, y eso sin contar las mulas. Hasta mediados de enero, sólo Aymará condujo 40 expediciones integradas por alrededor de 10 a 12 «clientes» que contratan el paquete entero a unos 3 mil dólares (esto quiere decir que se cubre todo el servicio desde la llegada a Mendoza hasta su salida). En tres meses habrán atendido a casi mil personas que les habrán «comprado» desde una comida o les habrán pagado para llevar su carga en una mula. ¿Quién apuesta por un número?
La "ciudad de telas"
Ahora, hay otros motivos que llevan a las personas a llegar hasta el cerro, que no provoca tanto fervor entre los mendocinos, quienes en su mayoría no adhieren a una «cultura de montaña» (sin ir más lejos, de la serie de libros escritos sobre el Aconcagua, ninguno lleva la firma de un cuyano). El Aconcagua está dentro de las Seven Summits, algo así como un grupo de elite integrado por la cumbre más alta de cada continente, incluyendo la Antártida. Los de mayor altura, los denominados ocho mil, están en Asia. Pero, aunque el representante argentino mida menos, se lo considera un pequeño «ocho mil» por las condiciones de dureza. Es por eso que atrae a innumerables fanáticos que buscan tachar una cima en su lista o entrenar para luego ir a las más grandes.
También están los que encuentran que está de moda exhibir en el living de casa la foto en la cumbre. No en vano al escribir Aconcagua en el Google aparecerán 2.260.000 resultados posibles. También es una de las alturas más grandes del mundo con uno de los permisos de ascenso más baratos. En otros casos pueden llegar a costar unos miles de dólares, mientras en la Argentina van de 500 a 1.500 pesos, dependiendo del mes y de la nacionalidad.
Sea como sea, el «coloso» americano merece respeto, y no es para menos. «La montaña decide quién sube, quién baja y quién llega a la cima», escuchó decir esta periodista a un baqueano hace muchos años parada en Horcones, la entrada al Parque Provincial, pero con un objetivo mucho más relajado y fácil de cumplir: haber hecho dedo para obtener su foto con la vista panorámica del cerro. Las palabras resuenan aún al mirar el lugar, después de haber recorrido varias veces el serpenteo de la Ruta 7. En ese momento, dos montañistas bajaban, uno arrastrado por el otro, la cara con las intensas marcas del sol, los pies exhaustos y las piernas sin respuesta. «Antes se decía que cobrar para ayudar a subir el Aconcagua era casi inmoral», dice un experimentado guía, un émulo de capitán marino, el último en abandonar el barco ante una zozobra. Es el que tiene que velar por el grupo, exigir los exámenes médicos, preguntar por la experiencia previa, y sugerir, en caso de no tener experiencia previa, que realice un trekking más corto y no lanzarse a atacar la cumbre cuando uno nunca ha sobrepasado el nivel del mar.
Es que el mal agudo de montaña y los edemas no distinguen edad, sexo ni condición social, y en eso equipara a todos, haciendo perder cada uno de los billetes invertidos en caso de abandono (aunque la pérdida monetaria es la menor que se puede tener). Más si se tiene en cuenta que es la temporada más fría de los últimos 15 años. No es en lo único que se equipara. En los casi 18 días que puede durar una expedición, por lo que se denomina la ruta normal (la más utilizada de las 34 reconocidas), hay cuatro campamentos, en los que se pasan varias noches como parte de la aclimatación. De éstos, el más concurrido es Plaza de Mulas, precisamente nombrado así porque es el último lugar al que pueden llegar esos híbridos, cruza de yegua y burro. Poéticamente denominada la «ciudad de carpas» o la «ciudad de tela», allí conviven alrededor de 700 personas de los más diversos destinos, que hablan las más variadas lenguas. Una «Babel» que cuenta con un hotel (la única construcción fija durante todo el año), internet, teléfono público, duchas de agua caliente al «módico» precio de 10 dólares (una especie de bautismo de agua bendita a esas alturas) y hasta un «boliche», el más alto del mundo.
Quien se quiera premiar con una buena pizza con cerveza y abandonar por un rato el arroz, los guisos y los fideos, puede hacerlo.. liberando su billetera de un poco de peso para un ascenso más rápido, incluyendo dormir en el hotel, aunque dicen quienes lo hicieron que hace más frío dentro que fuera.
En los cuatro o cinco días que puede llevar estar ahí se reúnen bajo la misma carpa un japonés multimillonario con alguien que ahorró peso por peso para llegar, el chacarero que no quiere abandonar su celular y la turista alemana que pregunta en qué momento verán los lagos, la típica postal de la Patagonia. Decepcionada ante la respuesta de un «jamás», se va. Y es infaltable quien se queja del punto de cocción de las pastas a 5.300 metros de altura. Aunque es difícil creer que a alguien pueda preocuparle esa nimiedad cuando se está en una de las mayores alturas del planeta. «Garantía tienen los electrodomésticos, no los andinistas que se meten en el Aconcagua», asegura Ulises Naranjo, un periodista mendocino que en este momento está informando de su ascenso en un diario provincial on line. Dicen también que el Aconcagua es una muestra de expansión del instinto gregario del hombre. «A cada paso que das te sentís más pequeño -dice Grech-. La gente quiere estar unida ante esa inmensidad. La parte humana es lo más importante para poder enfrentar las dificultades técnicas, que son muchas. Hay que aguantar».

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