6 de marzo 2015 - 00:00

La CGT pierde fuerza; sindicatos se unen bajo nuevos grupos de lobby

Hugo Moyano y Antonio Caló
Hugo Moyano y Antonio Caló
"La CGT no existe más". La sentencia, que palabras más o menos lanzaron ante este diario Héctor Daer (Sanidad) la semana pasada, y ayer Roberto Fernández, pone en términos sencillos un proceso que Cristina de Kirchner encaró con todo éxito en su segundo mandato y que configuró un nuevo mapa, casi inédito hasta ahora, en el sindicalismo argentino. Se trata de una reconfiguración, en pleno desarrollo, del gremialismo a partir de bloques de actividad y no necesariamente por la afinidad política.

Si en los 90 los sindicatos se dividieron por su apoyo o rechazo a las políticas de Carlos Menem, y en los últimos años hicieron lo propio respecto de Cristina de Kirchner, en los últimos meses tomó forma un nuevo esquema de alianzas, relacionado a las necesidades inmediatas de cada grupo. Es decir, se consagró la atomización del movimiento obrero, tan temida por los dirigentes y alentada por los funcionarios, pero al mismo tiempo surgieron nuevos espacios de presión con los métodos habituales del sindicalismo peronista, burocrático y negociador.

El principal espacio de oposición al Gobierno lo conforman, en los últimos meses, los gremios del transporte (ver nota aparte), que unificados bajo el reclamo contra el Impuesto a las Ganancias lograron solidificar sus afinidades y minimizar sus diferencias. Se trata de organizaciones gremiales que en casi todos los casos se ubican en la cúspide de la pirámide salarial argentina, y cuya principal fortaleza es el carácter estratégico de las actividades que desarrollan sus afiliados.

Aunque cuentan entre sus filas con Hugo Moyano como uno de sus referentes, el núcleo de sindicalistas del transporte logró mantener a raya al camionero, con un protagonismo acotado y subsumido a las decisiones del resto. Así, el jefe de la CGT se vio obligado en diciembre a levantar un paro nacional luego de anoticiarse de que no iban a participar los colectiveros de la UTA ni los maquinistas de trenes de La Fraternidad.

La experiencia entre 2012 y el año pasado es que las huelgas nacionales sólo tienen una contundencia insoslayable cuando no hay servicios de trenes ni de colectivos. Todas las demás actividades pasan a un segundo plano, al menos en la consideración del Gobierno y, sobre todo, de la opinión pública.

En el nuevo mapa de bloques en plena formación, los sindicatos de la industria constituyen en la actualidad la pata gremial fundamental sobre la que se apoya el Ejecutivo. En ese segmento se anotan, en la primera fila, la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), con Antonio Caló al frente, y el Sindicato de Mecánicos (SMATA), de Ricardo Pignanelli. Cercano a Cristina de Kirchner pero sin un alineamiento automático les sigue Gerardo Martínez, de la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA).

En esas organizaciones el tema Ganancias perdió fuerza o nunca importó demasiado (en la UOM y en la UOCRA son minoritarios los afiliados alcanzados por el gravamen). En cambio, le deben la mantención de su volumen de trabajadores a la acción gubernamental: los metalúrgicos y los constructores, por la obra pública, y los mecánicos por los subsidios y las horas de negociación de funcionarios con las terminales automotrices y las autopartistas.

Los oficialistas, como reflejó ayer este diario, optaron por mantener la negociación en lugar de ir a la confrontación. Y un campo en el que obtuvieron resultados el año pasado fue en el de los fondos para las obras sociales, una dinámica que prevén mantener en estos meses preelectorales.

La nueva configuración restó importancia en los últimos meses a las gestiones por la reunificación de la CGT. El liderazgo de una eventual central fusionada siempre será un anhelo para todos los dirigentes pero más como un trofeo simbólico -a lo sumo, como un trampolín político- que como un objetivo estratégico de largo plazo.

En sus últimos meses de mandato, el desafío para la jefa del Estado será contener demandas y administrar recursos que ya no partirán de versiones de la CGT divididas por su orientación política, sino de grupos con aspiraciones económicas puntuales pero no por eso menos ambiciosas.

Por debajo de los dos grandes núcleos de gremios orbitarán otras agrupaciones, como la de los sindicatos de la energía -con llegada garantizada a las áreas de Planificación y a la conducción de YPF- y el Movimiento de Acción Sindical Argentino (MASA), de carácter meramente político y bajo el mando de Omar Viviani, volcado definitivamente al Frente para la Victoria.

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