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La conexión francesa
Contacto en Francia
Con todo, ya hay una propuesta sobre la mesa. La arrimó el propio sector privado, la Federación Bancaria Francesa. Y la avaló el presidente Nicolas Sarkozy con su beneplácito y posterior difusión. Gesto de buena voluntad de uno, cintura política de otro. La propuesta es un boceto preliminar (ya que admite no haber tenido acceso a toda la información relevante). La llave que abre la voluntad de los privados es su carácter de inversores sujetos a regulación. Sus tenencias de bonos del gobierno griego con vencimientos hasta 2014 -excluyendo los bonos en posiciones de negociación («trading»)- se estiman en 60,5 mil millones de euros. La Federación considera que el 80% de los privados participaría de la iniciativa (aprox. 50 mil millones de euros) proporcionando 30 mil millones
de euros de financiamiento neto entre julio de 2011 y julio de 2014. Aquí conviene puntualizar dos cuestiones. Los bancos franceses que formulan la propuesta representan apenas una fracción de las cifras citadas. Y vale recordar que desde abril de 2010 existe un «compromiso de caballeros» por parte de los inversores regulados de mantener inalterable su exposición en Grecia. Está claro, pues, que no se ha cumplido a rajatabla. Si no Alemania no insistiría en obtener garantías fehacientes (tampoco se sospecharía que hoy los bancos alemanes tienen menos riesgo griego en cartera que los franceses).
La propuesta contempla no una sino dos opciones de acuerdo. La que recibió menos atención es la más simple (también la más viable). Allí los participantes privados aceptarían reinvertir como mínimo el 90% de sus cobranzas en nuevos bonos del Gobierno griego con un tenor de 5 años y una tasa de interés del 5,5% anual (en línea con los costos para Grecia de los fondos oficiales de rescate). La iniciativa de allegar financiamiento a largo plazo es, por supuesto, la más interesante (pero involucra aspectos mucho más delicados). Lo que se postula es una variante de bono Brady (o sea, se recurre otra vez a la ingeniería del defeasance). Los privados se comprometerían a reinvertir como mínimo el 70% de sus cobranzas en bonos públicos griegos a 30 años que tendrían una garantía del 100% de su valor nominal otorgada por un vehículo especial de inversión con el respaldo de bonos cupón cero de la mejor calidad crediticia (emitidos por soberanos AAA, organizaciones supranacionales o agencias europeas). Voilà, pues, el eurobono. Lo que Juncker-Tremonti sugirieron el año pasado -la europeización de la deuda griega- y fue rechazado y condenado al olvido, vuelve ahora por una ventanilla lateral como un mecanismo apto para sumar el compromiso de los privados en un horizonte de largo plazo sin que pueda alegarse de parte de las agencias calificadoras un episodio de default. Y para despejar las sospechas, la remuneración de los bonos a 30 años sería dual: una tasa fija del 5,5% más un «equity kicker» -un suplemento atado a la marcha del PBI de Grecia- (a la manera de los warrants adosados a ciertos bonos Brady o como la Unidad Atada al Crecimiento, presente en el esquema de la última reestructuración argentina).
¿Aceptará Alemania esta innovación? No parece de fácil digestión. Pero no se trata de una propuesta generada en el vacío por la asociación de bancos franceses. Su redacción final, antes de salir a la luz pública, fue pulida con el Tesoro de Francia. Y Sarkozy le concedió un guiño político al alentar su rápido rodaje. Y si a esta altura puede husmearse la probable reticencia del Gobierno alemán, no cabe dudar de que sí encaja con las pretensiones del BCE. En definitiva, Grecia no se aparta de su tradición. El laberinto suma un nuevo recodo.


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