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La efectividad de la política industrial
Keynes escribió acerca de la perdurabilidad de las ideas económicas, «incluso cuando son equivocadas», señalando que «aun los hombres prácticos, que se creen libres de cualquier influencia intelectual, son habitualmente esclavos de algún economista difunto». Esto sucede también con los académicos. Ciertos representantes del «laissez faire» a ultranza continúan considerando como la «bête noire» la idea misma de política industrial y de la inserción internacional no ingenua, a pesar de la experiencia histórica de los países que hoy son desarrollados y del casi universal acuerdo acerca de la gran importancia de las políticas activas que la reciente crisis internacional ha generado en gobiernos, empresarios y -sí, también- en académicos.
La evolución de la Argentina en la última década es un buen ejemplo de ello. Ante la contundencia de los hechos, los críticos apuntan a que quizás los números no son tan buenos y que, si lo son, se obtuvieron gracias al «viento de cola» generado por el boom de los países emergentes y su impacto en el precio de los commodities.
Es importante, entonces, presentar el debate. La elogiada -por los creyentes del neoliberalismo- década de los 90 tuvo también su «viento de cola», en la liquidez internacional y en la gula financiera que derivó en una fuerte corriente inversora extranjera que se destinó mayoritariamente a la adquisición de empresas y activos del Estado. Tuvo también su «política industrial», que básicamente consistió en una apertura indiscriminada que expuso a nuestra industria a la competencia con otras asentadas en países que sí tenían una política de promoción. Los resultados fueron: destrucción neta de casi 14 mil fábricas, concentración del mercado -reduciéndose, curiosamente, la competencia y la libertad de mercado- y tristes récords de desocupación, pobreza e indigencia.
Desde 2003 hay una acción deliberada del Estado -una política macroeconómica y una industrial- orientada a defender e impulsar la producción argentina, y con ello a sus habitantes no sólo en cuanto consumidores -único rol válido para los neoliberales- sino sobre todo como hacedores: trabajadores, industriales, científicos; ciudadanos, en fin, que puedan desarrollar todo su potencial en nuestro país, sin exclusiones, y con igualdad de oportunidades.
Hablamos de logros; datos duros. La producción industrial, el empleo y los salarios han tenido desde 2003 el incremento más importante de los últimos 35 años. La producción industrial creció de forma sistemática durante los últimos 8 años, a una tasa promedio anual del 8,2%. Contrario sensu, la producción industrial se contrajo a un promedio anual del 1,6% entre 1993 y 2001. Tuvimos un crecimiento generalizado de nuestras industrias, que además ganaron en complejidad y sofisticación: el complejo automotor creció el 386% alcanzando nuevo récords de producción, exportación y ventas internas en 2010; el sector de minerales no metálicos creció el 156%, el complejo metalmecánico y la industria textil un 145% cada uno; el calzado, el 130%; edición e impresión un 110%, por nombrar sólo algunos. Nada mal, por cierto, para muchos de estos sectores que los ideólogos de los noventa consideraban -como a ciertas provincias- «inviables».
El empleo industrial volvió a crecer luego de 25 años de expulsión neta de trabajadores y se expandió a un 4% promedio anual, generando 540 mil puestos de trabajo registrados a partir de 2003, superando el total los 1,3 millón de trabajadores registrados (21% mayor a los 990 mil de 1998, año récord de la convertibilidad).
La productividad acompañó el crecimiento del empleo aumentando un 5% promedio anual, duplicándose el valor agregado por trabajador industrial (de u$s 14.500 en 2002 a u$s 32.300 en 2010). Esta mejora de productividad, a diferencia de los 90, no se produjo por reducción de los puestos de trabajo. Por cierto, la Argentina es, entre las grandes economías latinoamericanas, la que menor brecha de productividad tiene con los EE.UU., y la que más ha reducido esa brecha desde 2002: un 25%, mientras que economías más «abiertas» como por ejemplo Chile, ha empeorado dicha relación (2%).
Las exportaciones industriales en el período 2003-2010 se triplicaron, superando en el último año los u$s 24.000 millones, récord absoluto (178% superior a 1998, pico de los 90) y han logrado ser, por primera vez en la historia, el principal rubro exportador, con el 35%. La participación de las exportaciones MOI en el PBI entre 2003 y 2010 promedió el 6,5%, mientras que entre 1993 y 2000 sólo alcanzó 2,4%. En este proceso, nuevos sectores de alto valor agregado han logrado un gran salto exportador, como software, instrumental médico, maquinaria agrícola y productos químicos.
El crecimiento del consumo interno y de las exportaciones desmiente no sólo la idea de los 90 de que no se puede crecer simultáneamente en ambos mercados sino también la falacia de que la defensa del mercado interno, vía licencias no automáticas y otros mecanismos (todos aprobados por la OMC), es una restricción al crecimiento. La realidad es que esa defensa del mercado ha permitido a la industria crecer y ha beneficiado a los trabajadores, sin restringir la entrada de ningún insumo clave. Al mismo tiempo ha permitido sustituir más de u$s 8.000 millones de importaciones.
Finalmente, la inversión productiva también se ha dinamizado fuertemente, en detrimento de lo ocurrido en la década del noventa. En 2010 se alcanzó la mayor participación de la inversión en equipo durable en el PBI desde la década del 40 (10,3% del PBI), cuando en 1998, año del máximo valor durante la convertibilidad fue del 8%. La tasa de inversión alcanzó al 24,6% del PBI en el tercer trimestre de 2010, en tanto el máximo en la anterior década fue del 19,9%.
Estos no son logros del Gobierno sino del esfuerzo conjunto de trabajadores, empresarios y de todos los argentinos y argentinas. Esfuerzo orientado, sí, por una firme decisión política de los presidentes Néstor y Cristina de Kirchner de transformar a la Argentina en un país con una fuerte estructura industrial. Porque sólo una industria fuerte puede generar trabajo decente para todos, y ése es el único camino para consolidar una sociedad inclusiva. Lo contrario -la falsa armonía de los mercados- genera, como ha quedado demostrado en la historia, inequidad y exclusión.


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