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La emoción aligera plato algo excesivo
Una segunda parte plena de situaciones emotivas dignas de aprecio ayuda a superar la incomodidad de una primera hora demasiado hablada (y también gritada).
No sabemos cuánto hace que el señor Slimane se instaló en Francia. Quizá ya estaba ahí, cuando nació esa empleada de oficina que ahora le dice «Acá en Francia esto se hace así». Ahora sus hijos son grandes, y aunque tengan evidente cara de magrebíes, son franceses, al menos para los patrones, que prefieren contratar magrebíes recién llegados, porque les pagan menos. Es el derecho de piso que él sufrió en su momento. Por eso, de los 35 años que se deslomó en un astillero, la indemnización sólo le reconoce los últimos 16, cuando lo blanquearon. Ahora, ya sesentón, con esa plata encara un nuevo rubro: se compró un barco que iba al desguace, y lo está convirtiendo en restaurante.
¿La especialidad de la casa? Cous cous con pescado, que su primera mujer hace como los dioses. La hija de la otra lo ayuda en los trámites. ¿Chocan con algún resabio de racismo? Más bien, con el airecito amablemente superior y la indiferencia de algunos franceses nativos. Pero también la familia es indiferente a la dignidad de la nuera rusa, que sufre a un mujeriego irresponsable protegido por la madre (la antedicha cocinera). Ese conflicto se irá uniendo con otros, alimentando observaciones de alcance universal sobre relaciones parentales, valores conyugales, ejemplos de vida, evolución de costumbres (por ejemplo, los nietos ya no hablan la lengua de sus mayores), buena vecindad, entereza femenina (hacia el final, mientras el hombre da vueltas sobre una situación, dos mujeres resuelven otra dando vueltas al cucharón, o a las caderas y el vientre en muy esperado baile), en fin, cosas que a todos convocan.
También son muy convocantes las actuaciones en general, empezando por Habib Boufares, protagonista sin ninguna experiencia anterior, elegido tras la muerte de un actor profesional, la gordita Hafsia Herzi, y «la rusa» Alice Houri. La primera hora de proyección puede ser algo molesta, con largos diálogos explicativos o simplemente triviales, mujeres siempre irritadas, planos demasiado cortos sobre las caras, etc., pero de a poco vamos apreciando escenas que justifican plenamente su extensión, con situaciones emotivas dignas de aprecio, casi diríamos al nivel de un Marcel Pagnol, o un Robert Guediguian, por citar dos notables autores marselleses, ya que la historia se ambienta por ahí nomás, en el puerto de Séte, cercano a Montpellier.
Abdel Kechiche («El amor esquivo») es el autor, francés nacido en Túñez, como tantos otros franceses de hoy día. Claude Berri, el veterano y muy destacable Claude Berri, es el productor. En total dura 151 minutos, y bien podría reducirse un poco, pero la segunda mitad no se hace nada larga. Cuanto mucho, puede objetarse cierta incomodidad en el desenlace, indigno de Guediguian y de Pagnol. Los teóricos que desdeñan el costumbrismo y el naturalismo tendrán en cambio otro tipo de incomodidad: ¿qué dirían de una remake local con peruanos poniendo en Mar del Plata un restaurante especializado en cierta clase de ceviche? Porque «Cous cous» (título original, el grano y el corcón) es abiertamente costumbrista, naturalista, y bastante gritada, sólo que llega bendecida por «Cahiers du Cinéma», el festival de Venecia, y cuatro premios César de la Academie.


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