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“La ficción cumple la función de llegar donde el periodismo no llega”
Ortuño: “Quise sacar la novela del ámbito maniqueo en que se mueve muchas veces la narcoliteratura, de buenos y malos, el macho empistolado que resuelve las cosas, el capo del narcotráfico, el policía duro”.
Nacido en Guadalajara, el escritor y periodista Antonio Ortuño lleva publicados cuatro novelas y dos libros de cuentos, y fue elegido por la prestigiosa revista Granta 2009 como el represenante mexicano de "Los mejores narradores jóvenes en español". Participó en el reciente Festival Literario FILBA, y dialogamos con él sobre sus provocadora narrativa.
Periodista: ¿Fue el incendio intencional de un albergue estatal en San Fernando, donde vivían momentáneamente migrantes que llegaban de países vecinos intentando pasar a los Estados Unidos, lo que le llevó a escribir "La fila india"?
Antonio Ortuño: Me movió un hecho que se menciona lateralmente, el descubrimiento de unas fosas comunes clandestinas en Tamaulipas, en el golfo de México, en las que se encontraron 72 cuerpos de centroamericanos. Comencé movido por la curiosidad del periodista y traté de llegar más lejos por medio de la narrativa. Partí de una náusea profunda del tipo de sociedades que hacen algo así. Nos quejamos del trato que da Estados Unidos a los migrantes, esos latinos que forman ya un país dentro de ese país. El grueso son mexicanos. Un estadounidense promedio no distingue un mexicano de un guatemalteco o un salvadoreño. "La fila india" es una novela que busca ver en qué nos hemos convertido, qué estamos haciendo con los migrantes que pasan por nuestro territorio, siendo nosotros mismos un país de migrantes. Es cierto, me llevó a escribir la masacre de San Fernando, que empezó en los titulares de los diarios, al día siguiente pasó a la segunda página, y el tercero se perdió en la página veinte. Y nunca se habló de que fuera un genocidio. Ni los periódicos corporativos, ni la radio, ni los políticos. Todo se centra en nuestros muertos, en nuestras masacres, olvidándonos de que hay esas otras.
P.: Partiendo de hechos reales tan dramáticos, ¿cómo hizo entrar la ficción en la novela?
A.O.: La ficción cumple la función de llegar adonde el periodismo e incluso la no ficción no llega. Si se entrevista a un mexicano va a ser imposible que hable de racismo, de clasismo, de lo que ocurre con los migrantes. La ficción permite bucear en ese tema. Hay investigaciones muy interesantes de periodistas que se subieron a los trenes donde los migrantes viajan hacia la frontera, hacinados en los vagones y friéndose sobre los techos. La mayoría son salvadoreños y hondureños, en menor medida guatemaltecos, menos aún nicaragüenses, y costarricenses y panameños no, porque tienen otro tipo de economía, de circunstancias. Si bien están los que buscan mejoras económicas y van tras "el sueño americano", otros buscan escapar de la violencia, de vivir en poblaciones explotadas por grupos criminales, tienen frescas las huellas de las guerras civiles y los exterminios masivos. Luego de las masacres en el Golfo de México los migrantes comenzaron a elegir viajar por a Ruta del Pacífico que es mucho más larga, y bajan en las ciudades. Van muy quebrantados. Las mujeres han sido agredidas o violadas. Tratan de descansar, de conseguir algún dinero. Y ahí enfrentan otros padecimientos.
P.: Usted no sólo habla de "la fila india" de los que buscan filtrarse en los Estados Unidos sino también de la violencia que sufren al atravesar México, de la actitud del crimen organizado, de la indiferencia oficial, del latente racismo con que se los acosa.
A.O.: La novela muestra un escenario pero no para denunciar: hay estas masacres, estas circunstancias, sino también para mostrar los limites porosos entre grupos armados con uniforme y sin uniforme, y donde el poder administra la violencia y la subarrienda. El racismo y el clasismo temible entre los mexicanos, aplicado a los centroamericanos es mucho más bestial. La novela comienza con el incendio de un albergue donde hay decenas de refugiados migrantes, viejos y niños, hombres y mujeres. Para organizar la repatriación de la masacre envían a una funcionaria, una socióloga, Irma La Negra. No es alguien cínico que va firma y se vuelve a su casa. Pero tampoco Superman o Juana de Arco. El problema con la literatura que toca este tipo de temas es que termina siendo irreal, planteando situaciones heroicas imposibles, faltando el respeto, burlándose de la gente que murió, de la situación real y del lector. El cambio que consigue Irma es mínimo, prácticamente nada, apenas salvar a su hija y con mucho trabajo.
P.: La contracara de esa mujer es el padre de su hija, un señor bienpensante.
A.O.: Quise sacar la novela del ámbito maniqueo en que se mueve muchas veces la narcoliteratura, de buenos y malos, el macho empistolado que resuelve las cosas, el capo del narcotráfico, el policía duro. Este es un profesorsete pasivo-agresivo que termina estudiando la posibilidad de que ese racismo y clasismo en que vive buena parte de la sociedad esté a un paso del enloquecimiento colectivo, y eso hace que se trate a los migrantes como ganado. Eso excede al ámbito del crimen organizado, al ámbito del poder institucional, cuando hay esa conducta, es la sociedad por entero la que tiene problemas, es algo que le pasa a todo el país.
P.: ¿Por qué sus novelas siendo variadas han tenido un fuerte impacto en su país?
A.O.: Es que mis relatos están ligados con la vida pública. No practico la literatura intimista, psicológica a la vieja usanza, con un personaje estático al que le pasan muchas cosas por la mente. El tema de la violencia, que me ha resultado chocante desde que comencé como periodista cubriendo casos policiales, le quita a uno muchas esperanzas sobre el género humano. No he escrito nunca novelas policiales pero interesa el tema del crimen, de la violencia extrema. En mi primera novela "El buscador de cabezas" jugaba con la idea de qué pasaría en México si llegaba la ultraderecha al poder, y veía que ciertos grupos se plegarían rápidamente, otros resistirían de manera desorganizada e inútil, y terminaría una carnicería espantosa. Me nutrí narrativamente de las fuentes del fascismo mexicano, y de los clásicos europeos. La gente me relacionaba con Cioran, pero porque no han leído a Drieu la Rochelle. El protagonista es un chico que fue de ultraderecha cundo era joven, que se convierte en periodista, que es un corrupto, y cuando la ultraderecha llega al poder, es como si su pasado lo persiguiera. Cuando salió el libro se creían que era de política ficción con gente que entraba a punta de pistola a los periódicos, dos años después eso estaba ocurriendo, y me hacían entrevistas como si yo hubiera sido el profeta. Esa novela sentó el precedente de qué tipo de literatura escribo: violenta, con cierto humor negro porque sería de loco reírse de lo que sucede en el libro. "Recursos humanos", finalista del Premio Herralde, trata de un empleado de oficina que obsesionado con quedarse con el lugar del jefe decide declararle la guerra, como si fuera el ejército de un solo hombre. "La fila india" marca una ruptura porque es un libro mucho más deliberado, de una mayor claridad en cuanto al ideario narrativo. Aunque hay ciertos instantes de sátira, no es un libro donde se presente el humor negro; hay que ser imbécil para reírse de "la fila india" de desesperados.
P.: ¿Cuáles son sus autores de referencia?
A.O.: Aprendí a distinguir lo que era una buena prosa leyendo a Borges en la adolescencia. Sintiendo que eso no era información transmitida por medio de oraciones sino que tiene una intención estética. Jorge Ibargüengoitia por el humor caustico, por una mirada nada complaciente sobre México, sentía una especie de escalofrío permanente, de la incomodidad de ser mexicano, que yo comparto, y que lo distancia de los grandes apasionados por México como Paz, Rulfo, Fuentes. El brasileño Rubem Fonseca es uno de los grandes que muestra los contrastes de América Latina, el refinamiento urbano junto a la brutalidad selvática. Fue importante leer al argentino Fogwill que escribía de espaldas y en contra de cosas que yo tenía muy asumidas, que me hizo sentir abofeteado en mis convicciones literarias. Me gustan mucho el inglés Martin Amis, el francés Boris Vian. La literatura como erudición no me resulta lo más cercano. Uno puede decirse: este verano voy a leer a Joyce o a Proust. Bueno, lo hice, y fue maravilloso, y trabajoso. Y bueno, tuve que hacerlo, sino terminab aleyendo a Pérez-Reverte, tratando de ser Pérez-Reverte. Y hay que tratar todo el tiempo de no ser Pérez-Reverte.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
A.O.: Estoy en una novela en la que llevo10 años trabajando. Cuento episodios del exilio de mi familia, cómo se fueron de España durante la guerra a los campos de concentración en Francia, cómo tras muchas vueltas terminaron en México. Mi abuelo, anarquista, fue a Guadalajara porque era donde no había españoles, sólo algunos gallegos que tenían almacenes. Cuento cómo mi tía tuvo que huir de Santo Domingo en un bote porque estaba enamorado de ella el Juez de la Suprema Corte y quería matarle al marido para tenerla. Son historias con las que crecí. No sé si lo voy a dar por concluido o lo seguiré escribiendo toda mi vida.
Entrevista de Máximo Soto


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