30 de agosto 2017 - 22:41

“La memoria histórica ha sido muchas veces arma de guerra”

• DIÁLOGO CON EL HISTORIADOR, POLITÓLOGO Y FILÓSOFO DAVID RIEFF SOBRE SU "ELOGIO DEL OLVIDO"
Hijo de Susan Sontag y Philip Rieff, el pensador neoyorquino suele incomodar con algunas de sus tesis, como la de su nuevo ensayo sobre el papel a veces contraproducente del pasado.

rieff. “Hay que distinguir entre el uso y el abuso de la memoria. Es un problema difícil de resolver para una sociedad.
rieff. “Hay que distinguir entre el uso y el abuso de la memoria. Es un problema difícil de resolver para una sociedad.
"Políticamente, la memoria muchas veces trae más problemas que los que busca resolver", sostiene David Rieff en "Elogio del olvido" (Debate), un libro políticamente incorrecto que enfrenta de forma polémica las ideas habituales sobre la bondad moral de la memoria histórica y la necesidad de mantener el recuerdo, cuando éste puede ser un arma de guerra, o un alimento tóxico que impide la pacífica convivencia. El neoyorquino David Rieff, licenciado en historia, filósofo, analista político, hijo de la escritora Susan Sontag y del sociólogo Philip Rieff, lleva publicados doce libros en los que ha investigado y reflexionado sobre el hambre, la pobreza, la crisis del humanitarismo, los Derechos Humanos como ideología y las transformaciones culturales. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él.

Periodista: ¿Por qué desde hace unos años un conjunto de destacados intelectuales vienen haciendo eso que en usted es el "Elogio del olvido".

David Rieff: Yo critico la sacralización de la memoria. La memoria ha servido muchas veces como arma de guerra. Al fin de su vida, mi amigo Tzvetan Todorov, en "Los abusos de la memoria", tuvo más dudas que yo al respecto. Creo que finalmente aceptó que había que distinguir entre el uso y el abuso de la memoria, un problema difícil de resolver. Esa dificultad, por ejemplo en la Argentina, está por caso en si se debe incluir las muertes antes de la dictadura como materias de la dictadura. En las últimas décadas hemos visto tanto una sacralización de la memoria como de los derechos humanos. Me impresiona el debate en el país vasco. De un lado dicen: no podemos hacer la paz con ETA sin poner fin a la impunidad. Pero eso allí no es posible. Tienen que elegir, como en Irlanda del Norte, entre la paz y la justicia. Para el mainstream de los derechos humanos no hay paz sin justicia, no hay paz sin verdad. Y yo pienso lo contrario. Pero no en todos los casos. Es posible que el caso argentino sea uno en el que no se tiene que elegir en ese sentido porque hay un claro consenso democrático y no hay un gran movimiento que sostenga el regreso de la dictadura.

P.: En Sudáfrica, ¿cómo se manejó la memoria tras el apartheid?

D.R.: Se eligió la memoria pero no la justicia. Se eligió verdad y paz. Mandela tuvo miedo de una guerra civil y no aceptó la necesidad de imponer justicia. Aún sigue el debate, hay muchos que lamentan que no se haya hecho justicia. Mandela pensó que era el camino hacia la democracia.

P.: Hace unos veinte años, en París, hicieron una encuesta sobre Hitler y la mayoría de los jóvenes contestaron: no lo conozco. ¿El olvido no tiene algo del perdón?

D.R.: ¿Hay un relación entre el olvido de Hitler y la expansión del negacionismo? No lo sé, pero ¿hasta qué punto se puede imponer la memoria de la Shoa? La humanidad la va a olvidar porque surgirán otras catástrofes. Y no estoy convencido de que aprendamos mucho de la historia. ¿Cómo preservar la memoria de la Shoa, la más grande catástrofe del siglo XX, y una de las mayores de la historia del mundo? No digo de ningún modo que el olvido sea agradable o bienvenido, pero no le veo alternativa. Más cuando las inmigraciones están cambiando el mundo, cuando surgen nuevas amenazas. ¿Cómo proteger la memoria? La memoria es un acto activo. Y no hay memoria colectiva, no existe, es una metáfora. Son narrativas a las que alguna gente adhiere. Al final de "Elogio del olvido" recuerdo que Borges dijo: que "el olvido es la única venganza y el único perdón". Quizá exageró. Pero sin la opción del olvido seríamos monstruos heridos, que no dan ni reciben perdón, y seríamos inconsolables. Tenemos que calcular el precio de la memoria frente al precio del olvido. Hay lugares en que el precio es aceptable, y en otros, demasiado alto. En Argentina es posible paz, verdad y justicia pero en otros lugares es inimaginable tal consenso. En Irlanda del Norte, por caso, finalmente se van a aceptar dos versiones contradictorias de la historia de la guerra. No hay vencedor ni perdedor, no se puede imponer una versión.

P.: Usted tiene una visión gris oscura del futuro.

D.R.: Gris oscura es demasiado entusiasta. No creo en el progreso en el sentido del cristianismo, o del movimiento de las derechos humanos, o del marxismo. Para mí la historia es un ciclo. Mi obra, en su variedad, se unifica en un antiutopísmo absoluto, y para mí tanto el marxismo como el neoliberalismo son utopías. No soy admirador de principios y no pensé en oponerme al fatigado aforismo de Santayana "aquellos que no pueden recordar el pasado están condenado a repetirlo". Quise señalar que la memoria histórica puede ser tóxica y que, a veces, lo correcto es olvidar. No creo en la utilidad del pasado como escuela moral. La Shoa no impidió los genocidios en Ruanda, Bangladesh o Camboya. No hemos aprendido mucho de Bosnia. La memoria no puede servir de profilaxis de nuestros problemas.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

D.R.: Sigo con mi pesimismo, escribo para la Universidad de Yale un libro sobre la derrota de las propuestas surgidas de 1945, del fin la Segunda Guerra Mundial, viendo caso por caso: el mundo soviético, Trump, la Unión Europea, el neoliberalismo, el populismo latinoamericano. Como no podemos reparar nuestras instituciones globales vamos a tener que inventar nuevas. No veo cómo rescatar la ONU. ¿Qué hacemos cuando la tradición no tiene autoridad? ¿Con universidades que son más o menos shoppings donde el estudiante es el cliente? En el escenario global parecieran haber desaparecido los maestros del pensamiento como aquellos que formaron a nuestra generación.

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