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“La memoria histórica ha sido muchas veces arma de guerra”
• DIÁLOGO CON EL HISTORIADOR, POLITÓLOGO Y FILÓSOFO DAVID RIEFF SOBRE SU "ELOGIO DEL OLVIDO"
Hijo de Susan Sontag y Philip Rieff, el pensador neoyorquino suele incomodar con algunas de sus tesis, como la de su nuevo ensayo sobre el papel a veces contraproducente del pasado.
rieff. “Hay que distinguir entre el uso y el abuso de la memoria. Es un problema difícil de resolver para una sociedad.
D.R.: ¿Hay un relación entre el olvido de Hitler y la expansión del negacionismo? No lo sé, pero ¿hasta qué punto se puede imponer la memoria de la Shoa? La humanidad la va a olvidar porque surgirán otras catástrofes. Y no estoy convencido de que aprendamos mucho de la historia. ¿Cómo preservar la memoria de la Shoa, la más grande catástrofe del siglo XX, y una de las mayores de la historia del mundo? No digo de ningún modo que el olvido sea agradable o bienvenido, pero no le veo alternativa. Más cuando las inmigraciones están cambiando el mundo, cuando surgen nuevas amenazas. ¿Cómo proteger la memoria? La memoria es un acto activo. Y no hay memoria colectiva, no existe, es una metáfora. Son narrativas a las que alguna gente adhiere. Al final de "Elogio del olvido" recuerdo que Borges dijo: que "el olvido es la única venganza y el único perdón". Quizá exageró. Pero sin la opción del olvido seríamos monstruos heridos, que no dan ni reciben perdón, y seríamos inconsolables. Tenemos que calcular el precio de la memoria frente al precio del olvido. Hay lugares en que el precio es aceptable, y en otros, demasiado alto. En Argentina es posible paz, verdad y justicia pero en otros lugares es inimaginable tal consenso. En Irlanda del Norte, por caso, finalmente se van a aceptar dos versiones contradictorias de la historia de la guerra. No hay vencedor ni perdedor, no se puede imponer una versión.
P.: Usted tiene una visión gris oscura del futuro.
D.R.: Gris oscura es demasiado entusiasta. No creo en el progreso en el sentido del cristianismo, o del movimiento de las derechos humanos, o del marxismo. Para mí la historia es un ciclo. Mi obra, en su variedad, se unifica en un antiutopísmo absoluto, y para mí tanto el marxismo como el neoliberalismo son utopías. No soy admirador de principios y no pensé en oponerme al fatigado aforismo de Santayana "aquellos que no pueden recordar el pasado están condenado a repetirlo". Quise señalar que la memoria histórica puede ser tóxica y que, a veces, lo correcto es olvidar. No creo en la utilidad del pasado como escuela moral. La Shoa no impidió los genocidios en Ruanda, Bangladesh o Camboya. No hemos aprendido mucho de Bosnia. La memoria no puede servir de profilaxis de nuestros problemas.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
D.R.: Sigo con mi pesimismo, escribo para la Universidad de Yale un libro sobre la derrota de las propuestas surgidas de 1945, del fin la Segunda Guerra Mundial, viendo caso por caso: el mundo soviético, Trump, la Unión Europea, el neoliberalismo, el populismo latinoamericano. Como no podemos reparar nuestras instituciones globales vamos a tener que inventar nuevas. No veo cómo rescatar la ONU. ¿Qué hacemos cuando la tradición no tiene autoridad? ¿Con universidades que son más o menos shoppings donde el estudiante es el cliente? En el escenario global parecieran haber desaparecido los maestros del pensamiento como aquellos que formaron a nuestra generación.


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