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La modernidad le sienta a un humorístico Mozart
Aunque menos transgresor que en su versión de «Las mujeres sabias» de Molière, Willy Landin elaboró una puesta rebosante de glamour para «El rapto en el serrallo».
El Teatro Colón estrenó en el Coliseo su tercer título lírico del año, «El rapto en el serrallo» de Mozart, Ópera alemana que configura un antecedente de la luminosa «La flauta mágica». Este singspiel (combinación de partes musicales y diálogos) es una comedia, casi una turquería, subgénero lírico tan de moda por la época, donde se satirizaban las costumbres y cultura orientales confrontándolas con la europea. Bella y divertida, la obra suma un capítulo más a la mirada cáustica de Mozart sobre las relaciones de pareja, con sus posibles infidelidades, emergentes celos y sobre todo, la intensidad de las pasiones más allá de los avatares impuestos por el destino.
La nueva producción resulta de calidad. En una tarea múltiple, Willy Landin (escenógrafo, autor del vestuario, de la iluminación y la régie) diseñó un escenario funcional para que se adaptara a las dimensiones del Coliseo. En dos grandes partes fundió los tres actos y creó un movimiento coherente y, a veces, con la vivacidad del «comic». Fusionó épocas sin desvirtuar la esencia argumental e incorporó algunos elementos contemporáneos como un «courage, my darling» de Blonde a Konstanze y una marcación muy Hollywood de la primera, con poses de diva cinematográfica rebosante de glamour. La anécdota está bien contada; Landin, cuando es cauto, deja fluir su imaginación, como en su Molière de music-hall con «Las mujeres sabias». Aquí, aunque menos transgresor, resultan deliciosas las escenas en un baño turco envuelto en sensuales vapores, con una exhibición «naif» de juegos sexuales sadomasoquistas.
Excelente la concertación musical de Jonas Alber, un genuino especialista mozartiano, que brilla desde una rapidísima obertura. Tempi y dinámicas adecuadas, la versión siempre respira musicalidad logrando un buen trabajo de la Orquesta Estable. El Coro canta poco pero se divierte mucho. Fue preparado por Marcelo Ayub con calidad.
El elenco es bastante parejo aunque hay algunos aspectos mejorables. La soprano polaca Katarzyna Dondalska es una eficaz Konstanze, que comenzó la función que vimos algo fría y con poco volumen, pero fue mejorando a lo largo de la representación. El tenor Todd Wilander posee un bello timbre que administra bastante bien, aunque tuvo algunas dificultades con las coloraturas del aria del acto final. Ambos correctos en la actuación teatral. Muy bien cantada y en carácter la Blonde de Natasha Tupin, graciosa y desenvuelta. Carlos Natale compone un ágil Pedrillo con buenas condiciones vocales y es óptimo el Osmín del bajo-barítono Kevin Burdette. Raúl Newman actúa con nobles recursos su Selim. El público respondió calurosamente a la lenta pero firme recuperación de la calidad artística de los espectáculos del Colón.


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