9 de diciembre 2009 - 00:00

“La música tanguera evolucionó, pero la danza se ha atilingado”

Salas: «Me parece que, desde 1880 hasta 1912 con las primeras elecciones. es una época en la que había un proyecto real de país, con el que se puede estar o no de acuerdo, pero luego no hubo más proyectos de país».
Salas: «Me parece que, desde 1880 hasta 1912 con las primeras elecciones. es una época en la que había un proyecto real de país, con el que se puede estar o no de acuerdo, pero luego no hubo más proyectos de país».
La búsqueda de las más profundas señas de identidad de la Argentina es una de las grandes claves de la labor del poeta, ensayista, historiador y académico Horacio Salas, como lo confirman 3 libros, de sus más de 40, que acaban de reaparecer: «El Centenario», «El tango» y «Borges, una biografía». Salas fue Secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Director del Fondo Nacional de las Artes y de la Biblioteca Nacional. En un bar de Palermo dialogamos sobre sus libros que acaban de reaparecer, el que está escribiendo y sus pasiones permanentes.

Periodista: ¿Comenzaron a editar sus obras completas?

Horacio Salas: Eso parece [sonríe]. Por lo menos empezaron por estos tres. Lo que pasa es que tengo repartidas mis obras en varias editoriales, pero me encantaría que reaparecieran todas.

P.: ¿Cuándo escribió esos libros?

H.S.: «Borges» es de 1994, «El Centenario» de 1996, «El tango» fue un libro que terminé en 1975 pero se publicó en 1989, en esta reedición está muy cambiado, hay muchas cosas que agregué y, a la vez, está abreviado, pero la esencia es la misma; además está repleto de ilustraciones y fotos, es un breviario ilustrado.

P.: ¿Por qué se interesó, mucho antes de la celebración del Bicentenario, en estudiar como había sido El Centenario?

H.S.: Me importa, desde hace muchos años, estudiar la Generación del 80, desde 1880 hasta 1912 con las primeras elecciones. Me parece que es una época en la que se construyó un país, en que había un proyecto real de país, con el que se puede estar o no de acuerdo, pero luego no hubo más proyectos de país. Perón lo intentó, pero creo que desde el 80, el que realmente tuvo un proyecto de país fue Frondizi, que fue frustrado por los pronunciamientos militares y el golpe. Luego hubo proyecto de poder, pero no de país.

P.: ¿Qué encontró en la celebración del Centenario?

H.S.: El sentimiento de país, de futuro. En los discursos, en los artículos de los diarios, las palabras que más se repiten son futuro, porvenir, esperanza, progreso. Era otro país. Había una real expectativa y un patriotismo, que se podría pensar casi infantil, que no se fundó curiosamente sobre argentinos sino sobre esa enorme inmigración que llegó, y llenó las escuelas y las plazas. Impresiona saber la cantidad de españoles que desfilaron frente a La Infanta. Los masivos desfiles de italianos. Cada colectividad estuvo presente. Hasta la más chiquita. En el censo de 1909 había mil japoneses. En el festejo desfiló un regimiento del ejército japonés. Los japoneses habían llegado como mucamos porque eran muy discretos, y eran generalmente el mucamo del bulín. Pero una japonesa que se quedó viuda se puso a planchar, y a partir de ahí los japoneses pasaron a ser los de las tintorerías. En Buenos Aires se escuchaban todo tipo de lenguas. Había más extranjeros que nativos. Es en esos momentos que se conforma el real país.

P.: Sin dejar de lado contiendas, confrontaciones, represiones.

H.S.: Sin duda, hubo una feroz persecución a los anarquistas. Fue una época contradictoria. pero donde los fastos de la celebración tapó todo lo otro. Hay cosas curiosas como que los diarios «La Prensa» y «La Razón» cuestionaran que se le hubiera dado el solar que ahora es el del Centro Naval, en Florida y Córdoba, al payaso Frank Brown para que una vez por semana diera en su circo una función gratis a los pobres. Los diarios se opusieron diciendo qué impresión se iban a llevar los visitantes si veían gente desarrapada, mal vestida, y los niños bien partieron del Jockey Club y fueron y le incendiaron el circo, y se llevaban con orgullo pedazos de la carpa quemada.

P.: ¿Cómo se planteó ese libro?

H.S.: Como un gran fresco donde está todo: la moda, cómo se vestía la gente, dónde veraneaba (empezaban a ir a Mar del Plata), cuáles eran los entretenimientos; Buenos Aires era una ciudad que ya tenía más de 70 teatros, algunos sólo de ópera).

P.: Sus obras se encadenan, la del tango pasa por el Centenario y llega hasta hoy.

H.S.: Hay rastros de un tanguito que venían cantando las tropas del general Arredondo en la Revolución mitrista de 1874, y en 1880 ya está en los prostíbulos, en 1990 ya entra en la sociedad, y en el Centenario es parte de los festejos. En la Avenida de Mayo se monta un escenario y allí se estrenan los tangos «Emancipación», «La Infanta» y el famoso tango de Alfredo Bevilacqua, «Independencia».

P.: ¿Cómo ve el tango que pareciera haber regresado consagrado por los turistas?

H.S.: En 1902 un suelto del diario «La Prensa» decía que «el tango es una música que ya nadie escucha». Eso a lo largo del siglo se va a escuchar cada tanto, decretando su muerte. Y el tango vuelve a reaparecer. En los años 30 el tango estaba muy caído, y lo único importante que pasaba eran algunos tangos de Discépolo. Y de pronto aparece Juan DArienzo y la gente se pone a bailar. Y al poco tiempo aparece Troilo que hace que los cantores digan la letra completa. Entiende que no hay que cantar sólo el estribillo, que la gente quiere el tema entero y elige buenos cantores. Por ese tiempo la guerra hace que no lleguen discos, sólo algunos boleros de México y Cuba, y se produce lo que se llama La Era de Oro del Tango. Y así como se produjeron problemas generacionales en la literatura, pasa lo mismo en la música popular. Irrumpen juntos Troilo, Pugliese, Salgán, Miguel Caló, muy aggiornado. Osvaldo Fresedo, y grandes cantores. Por otro lado se da que un grupo de poetas que habían empezado, que tenían algún tanguito, empiezan a escribir no influidos por el tango de los 20, no por el tango del abandono, sino por la poesía de libro.

P.: Algo de eso usted ha señalado en su libro «Homero Manzi y su tiempo».

H.S.: La mayor influencia de Manzi no es Gardel, es Borges. No es Carriego como dije alguna vez, eso es mentira, es Borges. Yo vi en casa de Manzi los libros de Borges subrayados. El otro que influye en él es García Lorca. En muchas milongas y tangos pone cosas de Lorca. «Los sapos redoblando en la laguna, y a lo lejos la voz del bandoneón» recuerda hasta en la métrica «los perros que le cantan a la luna» de Lorca. A partir de la llegada de García Lorca a Buenos Aires, el duende aparece en el tango. La influencia literaria es impresionante. Cadícamo era hombre de libros, tenía 14 publicados, y hablaba fluidamente 4 idiomas. A los 90 años lo vi corrigiendo un guión de cine en inglés sobre «Gardel en París». Homero Espósito estudió en la Facultad de Letras, aunque no terminó la carrera por problemas económicos. Cátulo Castillo era profesor de ética y estética. Ya era otro poeta, no era un tipo que se sentaba en un café a ver cómo le salía. Esto lo discutí con Ernesto Sábato, en la medida de si había algo que se podía discutir con Sábato. Eso del analfabeto muerto de hambre escribiendo en un viejo almacén, eso no era así.

P.: ¿Cómo ve el tango actual?

H.S.: A rockeros muy conocidos, por ejemplo Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale, que conocí cuando empezaron, en el programa de radio que yo tenía entonces, les decía: ustedes van a terminar haciendo tango, y se mataban de risa. Y terminaron haciendo tango, y muy bien. Creo que ha evolucionado mucho la música del tango, un ejemplo lo que logra Rodolfo Mederos o que Piazzolla sea un artista mundial, que es parte de los conciertos de música clásica. La danza se ha atilingado. Y como me dijo un día Virulazo «el tango es caminar a compás, lo demás es gimnasia sueca y estos inventan todo, van contando los pasos». Eso se ve a cada rato. En cambio en un espectáculo muy modesto de Laura Falcoff con tres parejas de milongueros se sentía sabor a tango. Así, hay tangueros tangueros, como Adriana Varela, aunque haya empezado como cantante de rock, como Cacho Castaña, que tiene 4 tangos que cualquier tanguero importante hubiera querido escribir, describe el Buenos Aires de hoy, y ahora que está casi sin voz, Rubén Juárez es más tanguero que nunca. Son cantantes que me detengo a escuchar, y siempre tengo un momento para genios como Gardel o Goyeneche, que es el que más me llega hoy. Y como espectáculo, como tango para ver, Susana Rinaldi me parece insuperable.

P.: ¿Agregó a su biografía de Borges?

H.S.: Está prácticamente igual. Sigo pensando que Borges es uno de los más grandes escritores de lengua castellana, y me importan un corno sus opiniones políticas. Eso me costó muchos enemigos en su momento. Borges habla de todo. De todos los problemas humanos hay alguna frase de Borges que la describe maravillosamente. Como en esa milonga de Osiris Rodríguez Castillo que dice «desde el brocal hasta el rancho, todo lo hizo el viejo Juan», yo creo que todo lo hizo, o lo dijo, el viejo Jorge Luis. Dentro de 200 años cuando digan que el virrey Sobremonte era amigo de Perón, que era un furioso lector de Borges. Acaso Perón ya no exista en la memoria de la gente, pero Borges seguirá escribiendo, porque cada vez que se lo lee es nuevo.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

H.S.: Una novela sobre el exilio, de alguna manera es mi propio exilio en España, pero es también el exilio de los españoles que vinieron acá, de los que fui bastante amigo de algunos, que eran muchísimo más grandes que yo, pero aprendí mucho de ellos, como el periodista Lorenzo Varela, Arturo Cuadrado, Rafael Alberti, que eran poetas extraordinarios. El exilio es ese miedo de desarraigo que yo puse estando afuera en el verso «quizá Buenos Aires me encane la muerte, y chau Buenos Aires no te vuelvo a ver».

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario