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La pasión por el color, motivo de la muestra de Cambre
La exhibición de Cambre comienza con el protagonismo del color y sus modulaciones, cuando el artista recién empieza a desligarse de las formas, y culmina cuando la obra desemboca en la más abierta pureza monocromática.
De principio a fin del recorrido se divisa la belleza de la muestra, fluye la energía que irradian los juegos de colores de Cambre, en abierto contraste con la capacidad de absorción y la neutralidad de las paredes grises de cemento al descubierto.
La curaduría está a cargo de la historiadora del arte Constanza Cerullo, quien configura un ensayo sobre una figuración que se desdibuja, aunque por momentos regresa, hasta llegar a una decidida abstracción. La exhibición comienza en el año 2000 con el protagonismo del color y sus modulaciones, cuando el artista recién empieza a desligarse de las formas, y culmina cuando la obra desemboca en la más abierta pureza monocromática.
Cambre mantiene una relación oscilante con las formas onduladas del agua de los lagos o de las sombras que proyecta el follaje. A partir de fotografías, el artista pinta fragmentos de un paisaje rojo bermellón, otro amarillo donde reverbera el recuerdo de los árboles, y un paisaje con los juegos del blanco sobre blanco, la veladura tras veladura que se recortan contra el color crudo de la tela. Cambre observa que, como se sabe, no existen límites entre la figuración y la abstracción y agrega que se siente cómodo utilizando el paisaje y las fotografías como punto de partida de los ejercicios cromáticos. Sostiene que no piensa renunciar a ese recurso.
En el fondo de la sala hay una inmensa pintura dividida en 27 rectángulos de distintos colores. La obra muestra un "pentimento", un arrepentimiento, tanto en lo formal, ya que el artista marcó la tela porque pensaba recortar esos rectángulos de color, como en lo expresivo, porque finalmente decidió dejar la huella del motivo original y trabajar luego con las familias de colores que habitan la obra. La pintura brinda una prueba de su destreza para alcanzar el máximo equilibrio entre los tonos fríos y los cálidos, los claros y los oscuros, los espacios de silencio y los vibrantes.
Cada cuadro está lleno de secretos. Frente a esa pintura de grandes dimensiones hay una serie de verdes logrados a partir de las mezclas de 27 colores de las tintas de grabado con el blanco. A su lado hay una inmaculada serie de diarios impregnados en tinta blanca, un rectángulo blanco cubre parte de su superficie y cumple la función de una metáfora. El contenido político de estas obras, realizadas sobre las notas de los diarios de Brasil dedicadas a la llamada "Bienal sin arte" de San Pablo, se alejan del arte puro y de los juegos del arte por el arte. Es un ejercicio conceptual, pero saturado de poesía.
Se trata de una rareza en medio de una exposición para mirar y admirar, que se abre como un abanico hacia los diversos caminos de investigación de las teorías del color que Cambre utiliza o deja de lado para experimentar sus propios "caprichos".
En su taller de la calle Gorriti, en una vieja casa de principios del siglo XX, hay un enorme mueble de madera oscura que de modo aparentemente casual está ligado al rumbo de su obra. Ese lustroso arcón con incontables cajones fue en sus orígenes un muestrario de los productos Winsor & Newton y proviene de la vieja pinturería Colón. Cambre comenzó su carrera en la década del 80 con una pincelada gestual que derivó en la quietud metafísica de la serie de sus vasijas. Luego surgieron sus paisajes abismados en la belleza romántica de lo sublime. El artista comenzó a trabajar entonces con la carta de colores y fundó su propio universo analizando el diálogo que entablan entre ellos.
En el año 2003, a partir del círculo cromático, Cambre descubrió un quinteto de colores puros, un pentágono armónico que sacralizó con el título bíblico de Pentateuco. De esa exhaustiva serie cargada de vitalidad que exhibía el color como tal, pero no en un sentido unidimensional sino atendiendo a la profundidad, la luz y la oscuridad que cada uno de ellos irradia o absorbe, expone en la muestra actual una pintura blanca. Kandinsky le dedica un párrafo especial al color blanco, considerado un nocolor y dice que es "el emblema de un mundo en el que se ha extinguido el color como atributo sustancial. Ese mundo está tan distante de nosotros que no nos llegan ninguno de sus sonidos, sólo recibimos de él un gran silencio". En la exposición, el blanco impone una pausa.
Luego, el texto de Cerullo destaca la relación que entabla la pintura de Cambre con la música. La curadora remonta la historia de las analogías musicales que a partir del año 1910 establecieron Kandinsky y sus contemporáneos, subraya la mirada circular de los Delaunay y la de Kupka, para llegar al mundo de John Cage y la valoración del silencio. Al referirse a las búsquedas de Cambre, señala que "en su afán de disociar el color de la teoría cromática convencional, su valoración de los colores urbanos por aquellos presentes en la naturaleza, la innovación musical de Cage llega a él materializada en su especial sensibilidad por el sonido característico de la música de Morton Feldman".
Finalmente, la abstracción total está presente en dos grandes cuadros, uno magenta y el otro rojo de cadmio, donde trabaja la materialidad de la pintura hasta lograr la mayor densidad del color en el plano de la tela.
En el paisaje de Cambre reverbera la tradición del arte, el pasado está presente, pero su obra pertenece a nuestro tiempo, está liberada de los límites que imponen los esquemas teóricos. Sus construcciones, producto de la reflexión y del juego, se agigantan en el horizonte con su caprichosa y vasta imaginación.


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