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La “Tercera” de Mahler hizo temblar al Colón
Con dirección de Enrique Diemecke y el refuerzo del Coral Femenino de San Justo, el Coro de Niños del Colón y la estupenda mezzo Graciela Alperyn, la Filarmónica brindó una inolvidable versión de la Tercera Sinfonía de Mahler.
Una Orquesta Filarmónica de Buenos Aires notoriamente reforzada para cumplir con los requerimientos colosales del autor dio vida el jueves pasado a la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler. Un acierto fue haber convocado al Coral Femenino de San Justo dirigido por Roberto Saccente, la agrupación argentina más prestigiosa en su género, y a la mezzosoprano Graciela Alperyn, nacida en Buenos Aires pero de amplia carrera internacional. Se estrenaba además una cámara acústica, nunca mejor aprovechada que en ese torrente de sonido que iba a desplegarse ante un Colón casi repleto.
Mahler es un compositor particular. Aunque durante su breve vida (51 años) se ganó la vida como director para distintas casas de ópera, volcó el dramatismo que evidentemente absorbía no en música de escena sino en sus ciclos de canciones con orquesta y sus sinfonías que constituyen su legado monumental e insoslayable a la historia de la música. Lo intelectual, lo visceral, lo íntimo, lo grandilocuente, lo dramático y lo festivo se funden en ellas dando lugar casi a un nuevo género.
La «Tercera», la más larga de todas, responde a un esquema con referencias a la naturaleza, la humanidad y a Dios, como un compendio de las fuentes de inspiración del autor. El primer movimiento, por ejemplo, es en sí mismo un microcosmos de contrastes y de ideas que pone ya a toda la orquesta en una marcha literal. Y la Filarmónica brilló desde el comienzo a cargo de los ocho cornos, y continuó haciéndolo a lo largo de la hora y media de una partitura que no da respiro a los intérpretes ni a los espectadores. El aplauso entusiasta de los desprevenidos que no pudieron contenerse al final de este movimiento fue extemporáneo pero absolutamente merecido.
En su intervención, Alperyn fue una inmejorable oficiante para el texto que Mahler extrajo del «Así habló Zaratustra» de Nietszche y del ciclo anónimo «El cuerno maravilloso del joven». Con una dicción ejemplar, afinación impecable y expresividad justa, la mezzo conmovió de principio a fin, secundada a la perfección por el coro femenino y el Coro de Niños del Teatro Colón, ubicado en uno de los palcos avant-scène.
Artífice principal de esta versión demoledora fue el titular de la Filarmónica, Enrique Diemecke, quien sobre el final apoteótico dirigió absolutamente desbordado por la emoción, cantando incluso a voz en cuello sobre el aplastante «tutti».
El público, que ovacionó de pie, se retiró con la sensación de haber asistido a un milagro irrepetible. «Después de esto qué se puede decir», se oyó comentar de un espectador a otro. Exactamente lo mismo se preguntó la autora de estas líneas, consciente de que (al revés de lo que algunos piensan) lo sublime hace mucho más difícil que lo mediocre la profesión del crítico.


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