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La vida desconocida en Caseros y Devoto de Sergio Schoklender
Sergio Schoklender era un alborotador. Tenía el privilegio de redactar sus reclamos en una vieja máquina Remington. Mario Firmenich fue uno de los alumnos de la Universidad del Penal de Devoto. A pesar de su solicitud, no lo dejaban bajar al recinto donde daban clases. Debía estudiar aislado en su celda.
Si bien Sergio Schoklender no tenía cartel ante los presos comunes, era respetado por los carceleros por sus conexiones políticas, su contacto con la prensa y su capacidad de generar disturbios. Era un preso complicado porque no era violento físicamente, sino intelectualmente. Un acto suyo podía decidir el destino de un guardia o del director del penal.
El director de Caseros, que no quería problemas y había recibido sugerencias de evitar complicaciones, se congració con él apenas llegó. Les dio un piso completo para que instalen sus computadoras, escritorio y demás muebles. El lugar era amplio, sólo había que limpiarlo y tender algunos cables para los enchufes.
Tomaron cuatro celdas como dormitorios. En otras dos armaron el baño y el comedor. No les costó mucho agenciarse de un termotanque y una estufa. Repararon los vidrios, instalaron cables y dejaron el lugar habitable. Ni los presos alojados en las celdas «vip» podían tener semejantes comodidades.
El «tumbero» clásico que tiene «cartel», cuando llega a una cárcel se hace de un «mulo» para que le limpie, pinte, coloque cortinas y cebe mate en la celda. Ese «mulo», las más de las veces, hace de pareja. A diferencia de Schoklender y su grupo, su hábitat termina en su celda.
Sergio era un preso distinto. Se manejaba pensando en la libertad y todo lo que hacía era para conseguir un lugar de influencia sin volver al anonimato. Nunca se sintió un prisionero, sino que hizo de la estadía en la cárcel un entrenamiento para ser poderoso.
Había dejado de fumar y no tenía adicciones. Era exigente consigo mismo, se bañaba tres veces al día y su celda estaba obsesivamente ordenada. Durante las clases, acomodaba sus útiles de manera simétrica. Cuando estuvo en libertad, esa obsesión la padecieron hasta en los restoranes. Por caso, cuando pedía carne daba instrucciones tan extensas sobre el punto de cocción, el color y la textura que el camarero debía sacar del bolsillo una libreta de apuntes. Era más extenso el pedido que el tiempo de cocción del bife.
Lo primero que instaló en el nuevo pabellón fue su PC. Pocos días después le donaron otra. El mundo de la política y los derechos humanos giraba alrededor de él y atendía sus necesidades porque querían captarlo cuando saliera en libertad. Sabían que gracias a él las organizaciones estaban reviviendo y volvían a financiarse porque crecían los donantes.
Era tanto el afán por volver a los primeros planos, que en el SASID (Servicio de Acción Solidaria Integral del Detenido), relegados por el avance de Schoklender, comenzaron las peleas internas. Daniel Barberis, uno de sus fundadores, se enfrenta con Mariano Castex por un tema de dinero; no habían conseguido posicionar a la entidad que nació para ayudar a los presos y estaban quedando afuera de los aportes económicos. El GUD (Grupo Universitario de Devoto), los había desplazado primero y ahora era el CINAP de Sergio el que recibía los aportes más elevados.
Sergio comenzó a tomar clases de informática. Un especialista en «computación científica» le enseñaba a programar y a descifrar los lenguajes ensambladores.
Del Ministerio de Justicia, adonde Martha Laferriere, la coordinadora de la Universidad de Buenos Aires, tenía una fuerte influencia sobre León Arslanian, pronto le llegó la primera oferta. Le pidieron que diseñe un programa para hacer un censo carcelario y otro programa para analizar los datos que se reúnan.
El pago iba a ser en computadoras. Les mandaron dos PC modernas con dos impresoras. Con ese equipamiento montaron un centro de cómputos más avanzado que el que tenían en el Centro Universitario de Devoto (CUD).
Las planillas del censo fueron diseñadas de una manera distinta. Schoklender tenía un profundo conocimiento sobre las necesidades reales de los presos. Por eso el cuestionario abarcaba aspectos que no se tomaban en cuenta. En la encuesta se pedían indicadores de nivel económico y socioculturales, se le preguntaba por qué estaba preso, de qué provincia venía, que estudios había cursado, si conocía la reglamentación de la cárcel, qué sabía de su estado procesal, cuántas veces declaró ante los jueces y, si los abogados lo mantenían informado de cómo avanzaba su causa, entre otros datos.
El censo lo hicieron los profesores de los cursos secundarios de la cárcel y oficiales del Servicio Penitenciario Federal que se opusieron a que Sergio volcara los datos a su computadora y los analice. No era conveniente que un preso tenga esa calidad de información.
El Ministerio de Justicia les dio la razón y les pidieron que les mande los programas de cargas de datos.
Sergio preparó una trampa para piratear la información. Envió los disquetes para que instalaran la primera parte del programa estadístico pero pidió que cuando terminen de usarlos se los devuelvan para diseñar la segunda parte.
Los primeros disquetes no sólo instalaron el programa en las computadoras del Ministerio de Justicia, sino que buscaron la base de datos del censo y almacenaron los datos en un sector oculto sin que fuera detectado.
Cuando retornaron los disquetes, Sergio se encontró con toda la información de los penales del Servicio Penitenciario Federal. En base al resultado del censo armó una excelente nota de investigación que publicó la Facultad de Ciencias Sociales sin mencionar al autor. El ministro de Justicia no supo cómo se filtraron esos datos que eran reservados.
A partir de ese censo Sergio comenzó a preparar trabajos más audaces. Había observado que la computación podía ser útil en las ciencias sociales. En aquellos años las computadoras se aplicaban más a trabajos matemáticos y económicos por su capacidad de realizar operaciones de cálculos muy complejas.
Schoklender comenzó a hacer otro uso de las estadísticas; las combinaba con estudios sociológicos y sacaba conclusiones. En su libro «Infierno y resurrección» relata que tomó indicadores económicos de la provincia de Buenos Aires y los combinó con los índices de delito. La curva le mostró que en los períodos de alta inflación, crecía la delincuencia. En cambio «otros delitos estructurales manejados por la Policía y gente vinculada al Gobierno -el narcotráfico, por ejemplo- se mantenían sin ningún tipo de modificación».
Los tres meses que pasó en la Unidad 1 de Caseros, los dedicó a perfeccionar sus conocimientos de informática. Llegó a tomar disquetes infectados para descifrar el programa de los virus y neutralizarlos. Se convirtió en un auténtico hacker que publicaba sus trabajos en las páginas más prestigiosas del ámbito cibernético.



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