17 de octubre 2023 - 00:00

Lado B: las drogas de los pobres

Desde que el mundo es mundo, los pobres sufren de desventajas respecto de los más pudientes. Condiciones de salud, de educación y de seguridad son mucho más accesibles cuando se dispone de un mejor poder adquisitivo, incluso en el tema de las adicciones, es más sencillo el abordaje terapéutico si el adicto cuenta con medios suficientes para ser atendido.

Es bien conocido que los ricos y famosos superan sus problemas de adicciones de manera más eficiente que los millones de anónimos que mueren sin acceder a la mínima atención médica o social en cualquier parte del mundo, pero no solo en el acceso al tratamiento se puede establecer esta diferencia, sino también en el tipo y calidad de estupefaciente que se consume.

Las sustancias psicoactivas pueden ser naturales o de síntesis, duras o blandas, rápidas o lentas pero la división más dramática es la que establece la existencia de drogas para ricos y drogas para pobres. El captagón es un tipo de antidepresivo convertido en un estupefaciente barato que, según informes periodísticos, se produce en Siria; el karkubi, otra droga sintética a base de clonazepán, circula por Marruecos y ya algunos informes indican que penetró a España y el shabu, un tipo de metanfetamina proveniente de Filipinas, son ejemplos de las drogas de los pobres. En nuestro país, la sustancia de los más vulnerables es, desde hace años, el paco, la pasta base de la cocaína adulterada con otros compuestos tanto o más dañinos que la cocaína misma. Todos sintéticos, todos baratos, todos mezclados con algún otro compuesto de curso legal que le da volumen y peso y que son producidos industrialmente en pocos metros cuadrados, porque no necesita extensos campos de cultivos, ni grandes masas de trabajadores rurales como ocurre con la marihuana, la cocaína o la heroína.

Así aparece en escena, desde hace unos años, una sustancia que está cometiendo estragos en la población de Estados Unidos y que el sistema sanitario no le encuentra solución: el fentanilo, droga sintética del tipo del opio, cincuenta veces más potente y adictiva que la heroína que, mezclada con la xilacina, un tranquilizante de uso veterinario, produce muchedumbres de zombis que deambulan por las calles de Kensington en Philadelfia, de Nueva York o de San Francisco.

Se considera que en los últimos 20 años murió 1.000.000 de personas por sobredosis de fentanilo en Estados Unidos, mucho más que la suma de los muertos en la primera, la segunda guerra mundial y la guerra de Vietnam. Hoy en el país más poderoso de la Tierra mueren 200 personas por día, unas 1.500 por semana, lo que equivale a dos 9/11 por mes. Una adicción que genera marginación social y que va en aumento ya que se cree que existe en todo el país unos 5.500.000 de adictos a esta sustancia. Y mientras los gobernantes de los Estados Unidos, al estilo del Gran Bonete, culpan a China por la producción y a los carteles de México por la introducción a través de su frontera porosa, nadie se hace cargo de la sobreprescripción de analgesia adictiva de fentanilo y oxicodona que se origina en el sistema de salud norteamericano, ni de la facilidad de acceso a semejante veneno por solo dos dólares la dosis.

¿Y nuestros pueblos de Latinoamérica qué riesgo tienen? Seguramente, las grandes potencias del mundo llegaran a un acuerdo y cerrarán, tarde o temprano, las compuertas al fentanilo. Y entonces, ¿a dónde se dirigirá este negocio tan “rentable” y destinado a países con grandes brechas de inequidad y pobreza y con fronteras tan permeables? No hace falta presumir demasiado, solo basta mirar las calles de Philadelfia repletas de zombis para imaginar la próxima estación de ese escenario realmente espeluznante.

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