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“Lago de los cisnes” de cámara en el Argentino
La primera bailarina de la Ópera de Kiev, Natalia Lazebnikova, luce mejores aptitudes que su partenaire, el checo Jan Vana, y el Ballet Estable del Argentino acompaña con dedicación.
El teatro Argentino de La Plata ofrece la reposición de una nueva producción coreográfica y escénica de uno de los más brillantes ballets clásicos, con música de Tchaikovsky y coreografía deel artista argentino Mario Galizzi, quien trabajó sobre los originales de Marius Petipa y Lev Ivanov.
Respetando las simetrías y el entramado coreográfico, Galizzi se tomó algunas libertades en los actos I y III. Su propósito fue abreviar la obra y adecuarla a las posibilidades de la compañía, que desde el principio de la temporada dirige Rodolfo Lastra. En cambio, son casi totalmente fieles a los diseños de Ivanov los dos actos «blancos», esencialmente poéticos y románticos en su construcción. Las danzas palaciegas y las de carácter sufrieron más modificaciones. En ciertos casos lo mejor es respetar la tradición rusa, que siempre es un paradigma de elegancia, eficacia argumental y belleza dancística.
En la función que vimos, Natalia Lazebnikova, primera bailarina de la Opera de Kiev invitada en esta ocasión, rindió eficazmente con una interpretación sólida en los aspectos técnicos. Expresivamente pareció algo reticente, lo mismo que su partenaire, Jan Vana, nacido en Praga. Alto y delgado, es un buen acompañante de la étoile ucraniana aunque fue más modesto en sus variaciones del pas de deux del acto III, conocido como «El cisne negro». Víctor Filimonov se destacó en un sinuoso Von Rothbart, el mago.
El Ballet Estable del Argentino baila con dedicación y evidente esfuerzo una obra extensa y que requiere pureza de estilo. No todo es lo deseado en la exposición del lenguaje clásico-académico pero es atendible la intención de recrear con propiedad una pieza capital del ballet de múltiples exigencias como «El lago de los cisnes».
Un marco escénico también acotado permite el pasaje rápido del acto primero al acto segundo y luego del intervalo, del tercero al cuarto. Las escenografías palaciegas resultan menos efectivas que las de los dominios de Von Rothbart. El vestuario de Eduardo Caldirola cumple adecuadamente. Las luces de Gabriel Lorenti ocupan un lugar destacado, sobre todo en los actos «blancos». Javier Logioia Orbe dirige con autoridad y vuelo a una Orquesta Estable aún resistente a los refinamientos de la partitura.


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