20 de julio 2009 - 00:00

Las consecuencias económicas del diálogo

Fernando Navajas
Fernando Navajas
 El diálogo político (y que se extiende también a ciertos sectores y corporaciones) que se ha abierto en la Argentina ha generado numerosos artículos que lo han caracterizado de diferente modo, desde saludarlo como un avance en la gestión de gobierno hasta denostarlo como una operación de cortina de humo para ganar tiempo. No es el propósito de esta nota entrar en ese debate. La Argentina ha tenido en su historia contemporánea diversas instancias de diálogos no vinculantes, extraparlamentarios o extrainstitucionales con también diferentes resultados según los intereses políticos de los actores participantes en el mismo. La intención de esta nota es más bien llamar la atención de las consecuencias económicas para el complicado horizonte económico de la Argentina de que los actores de este diálogo no entiendan las serias dificultades económicas que puede estar enfrentando el país si no se toman medidas que sean parte de un programa consistente con los equilibrios macroeconómicos y en cambio se dedican a expresar demandas que, más allá de su legítima necesidad o reclamo, pueden llevarnos a un juego de suma negativa, tal como lo hemos vivido más de una vez en el pasado.
La Argentina ha entrado, desde la elección del 20 de junio, en un proceso de fragmentación política con un Gobierno más débil y que no puede ni quiere, por razones de identificación política, iniciar un programa de estabilización integral y consistente que la realidad le viene reclamando a gritos desde hace dos años y que ahora resulta imprescindible para que el país no llegue incendiado a las elecciones de 2011. Y la fragmentación política, en contextos de instituciones fiscales y económicas en mal funcionamiento, generan presiones políticas que le dan vida propia a las cuentas fiscales llevándolas a un déficit fiscal importante. Esto se produce, para colmo de males, frente a una combinación de shock externo y salida de capitales que han llevado a la economía a un pozo estanflacionario que no sólo va a agravar mucho más la situación fiscal por la vía de los ingresos, sino que enciende la mecha del conflicto distributivo, porque lo que viene son todas malas noticias para los salarios, el empleo y el consumo popular. Frente a este panorama, sólo un marco institucional explícito, como el del Congreso, nos puede dar la seguridad de que las demandas políticas, provinciales o sectoriales se «acomoden» en un ámbito que garantice un equilibrio agregado.
Llamativo
En el inicio del diálogo, es llamativo o insólito ver cómo temas como el del INDEC, que involucra señales hacia adelante y reclama soluciones urgentes (referidas a dar tranquilidad en el manejo de las estadísticas) se ha ido dilatando en una cortina de humo y un juego de señales y palabras, en donde el oficialismo dice que va a ofrecer un plan para mejorar las cosas en 2010 (y mientras tanto toma decisiones de refuerzo del esquema original) y la oposición entra en el juego de reclamar cosas razonables a mediano plazo (tales como «transparencia», «concursos», etc.) cuando en realidad deberían plantear acciones más drásticas para que la situación no se siga deteriorando. Una de ellas, a mi juicio, es el retorno inmediato de todas las estadísticas de cuentas nacionales y balanza de pagos al Banco Central, donde estuvieron por varias décadas hasta que en los 90 se decidió transferirlas al INDEC. Esto se seguiría con la potestad del BCRA de empezar a medir la inflación en el corto plazo. Todo esto hasta que el INDEC se normalice, proceso que puede llevar varios años. El Banco Central está expuesto a organismos multilaterales que le van a reclamar regla de funcionamiento muy transparente.
Yendo al meollo de la cuestión económica, existe un gran consenso entre los economistas profesionales de que la Argentina necesita reformular su política fiscal y encontrar un programa financiero que le permita llegar parada a 2011. ¿Son los lugares donde transcurre actualmente el diálogo político los espacios institucionales para encontrar las modificaciones necesarias a la política fiscal, tal que al mismo tiempo acomoden las demandas que se están expresando en medio de una fragmentación política? ¿Qué nos pasa? ¿Nos volvimos tan primitivos que nos olvidamos que existe algo que se llama Presupuesto nacional y se discute en el ámbito legislativo? Faltando tan poco para lo que (en condiciones normales) debería ser la discusión parlamentaria del Presupuesto 2010 ¿Por qué no largarla ya, con una comisión bicameral de presupuesto y hacienda que respete la estructura de las cámaras desde diciembre y en donde el Ejecutivo participe activamente en la figura de los secretarios de Hacienda y de Finanzas? Pareciera que lo obvio resulta difícil de entender en la Argentina. Y ello es que los reclamos provinciales y sectoriales sólo podrá acomodarse dentro de un Presupuesto que reduzca la expansión del gasto de modo compatible con una meta de superávit fiscal y con un programa financiero que tome como hipótesis que los mercados voluntarios de deuda continuarán cerrados y que se requerirá el apoyo explícito de los organismos internacionales.
Siguiente en la lista, por su vital importancia es la necesidad (desde 2006) de hacer explícita y coordinada con lo anterior a la política de precios, salarios e ingresos, dado que deben manejarse shocks importantes. ¿Será el diálogo en su forma actual un mecanismo idóneo para manejar el cambio requerido en la política de contención de precios y tarifas de modo consistente y coordinada con las reglas presupuestarias? Aquí yo no veo al Congreso como ámbito único o natural en esta materia (excepto en cuanto a los impuestos y los programas de subsidio). Pero al diálogo actual no lo veo para nada bien en este campo.
Momentos cruciales
Finalmente, y si la situación estanflacionaria y la salida de capitales siguen su curso se va a requerir pensar cómo evitar la pérdida de credibilidad del Banco Central. ¿Serán los planes de uso de las reservas y de debilitamiento de la credibilidad del Banco Central la solución que emane de algún diálogo o sea unilateralmente implementada por el gobierno cuando la situación actual se agrave? ¿No habrá llegado el momento de que las fuerzas de la oposición comprometidas con la estabilidad macroeconómica le reclamen al Gobierno, a través de una comisión bicameral, un compromiso de refuerzo de independencia y autonomía del Banco Central de modo que se asegure el objetivo de estabilidad del sistema financiero? Para esto se requiere que se declare que el único uso posible de las reservas es para garantizar la estabilidad financiera, dentro de la política de deslizamiento del tipo de cambio que el Banco considere prudente y aconsejable a partir de su análisis independiente de la situación económica y política del país.
Los momentos económicos que se avecinan en los próximos meses serán cruciales para determinar el grado de gravedad de la crisis que enfrentamos, sin apelar a voluntarismos dialoguistas que no van a estar a la altura de las circunstancias. No es que el diálogo que está ocurriendo sea malo, sino que el mismo (aún en el evento que no sea una cortina de humo) no es un proceso operativo idóneo para enfrentar la gravedad de la situación económica. Para ponerlo de un modo crudo, común y corriente, la economía argentina tiene gripe A, ya se le pasó (desde 2007 a la fecha) la «ventana» para tomar antivirales específicos (más bien hizo todo al revés) y entramos en los momentos de decisiones críticas. El diálogo político actual es a la crisis económica en ciernes lo que sería la decisión de mandar a este paciente infectado de gripe A al psicoanalista.

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