29 de diciembre 2008 - 00:00

Las familias arruinadas por la revolución de los Castro

A poco de triunfar, el 8 de enero de 1959, Fidel Castro habla ante seguidores en la que fue la base militar Columbia, de Batista. Las expropiaciones sumarias comenzaron de inmediato.
A poco de triunfar, el 8 de enero de 1959, Fidel Castro habla ante seguidores en la que fue la base militar Columbia, de Batista. Las expropiaciones sumarias comenzaron de inmediato.
Miami - «Cuando salí de Cuba dejé mi vida, dejé mi amor», dice la canción. Pero también casas, empresas, fábricas, dinero e infinidad de bienes que fueron confiscados por la máquina expropiadora de los comunistas.
Ahora, cuando el próximo jueves se cumplen 50 años de la llegada de Fidel Castro y sus barbudos al poder, dos millones de personas, pertenecientes a miles de familias de dentro y fuera de la isla, se preparan para reclamar propiedades por un valor que podría superar los 200.000 millones de dólares. Hoteles o embajadas en La Habana son algunos de los bienes sobre los que se discutiría en los tribunales de una nueva Cuba democrática.
El 15 de octubre de 1960, la próspera historia de la familia Gutiérrez Castaño en Cuba se topó con la Revolución. Ese día entró en vigor el Decreto Ley 8/90 por el que el Gobierno de Fidel Castro confiscaba todas las «propiedades mayores» de la isla.
Desde el triunfo de la Revolución, el 1 de enero de 1959, y la llegada de los barbudos a La Habana cuatro días después, su instinto expropiador fue irrefrenable. «La gente salía a asaltar los casinos, a destrozar parquímetros y a invadir propiedades. Todo era confusión y dudas: unos volvían en aviones repletos y otros volvían a rellenarlos para irse», recuerda el escritor Raúl Rivero, exiliado en España desde 2005.
Objetivos
Los primeros objetivos fueron los partidarios de Batista, después los estadounidenses con propiedades en Cuba y, en ese momento, les tocó el turno a los que los comunistas consideraban ricos. Aun así, todavía quedaba mucha gente a la que confiscar bienes en nombre de la Revolución. Por eso, Nicolás Gutiérrez, 44 años, que no había nacido cuando a su familia le fueron arrebatadas propiedades con un valor que por entonces se calculaba en 45 millones de dólares (a día de hoy multiplican esta cifra por 10), prefiere hablar de la «ley del robo» cuando cita el decreto ley por el que sus padres perdieron casi todo lo que tenían.
Su bisabuelo, Nicolás Castaño Capetillo, había llegado a Cienfuegos desde el País Vasco en 1849. No era un hombre culto ni preparado. Simplemente alguien con fuerzas y ganas de trabajar. En 1926, Castaño ya era considerado el hombre más rico de Cuba. En 1960, cuando su hija y su yerno se ven obligados a huir de Cuba para salvar la vida, la fortuna familiar es incalculable. Una veintena de centrales azucareras, fincas, edificios.
Nicolás Gutiérrez, el bisnieto de Castaño, nació en Costa Rica, vive en Miami y es el presidente de la Asociación Nacional de Hacendados de Cuba. Nunca ha pisado la isla en la que ya se están celebrando los 50 años de la llegada al poder de los hermanos Castro. Recuerda cómo su padre, de nombre también Nicolás, recibió una llamada de una persona cercana a Fidel que lo invitó a salir del país si quería conservar la vida. Gutiérrez es abogado y representa, además de sus intereses, los de 400 familias de cubanos que aspiran a recuperar sus propiedades y de algunas compañías de EE.UU. cuyos negocios se vieron fulminados a principios de los 60. Una fortuna de fortunas que podría valorarse en más de u$s 100.000 millones.
En un mapa de Cuba colgado en la pared, más de 40 chinches de colores sitúan las propiedades familiares que Gutiérrez pretende recuperar. «Esto no es sólo una iniciativa de los ricos de Miami. Hay dos millones de personas afectadas y muchas de ellas están en la isla. El objetivo es poner en marcha la economía una vez que llegue la democracia». El desembarco en Cuba está en marcha.
En el despacho de Gutiérrez, ubicado en la elegante zona de Coconut Grove, se recopilan toda clase de documentos para reclamar las parcelas de tierra expropiadas por el Gobierno comunista.
Títulos
Pero sólo unos pocos de los exiliados conservaron los títulos de propiedad cubanos. La mayoría se vale de lo que en términos legales se llama «fuentes secundarias de evidencia», como tratados históricos, guías comerciales y hasta mapas húngaros de la isla pre-Castro. Hay quienes para localizar sus viejas posesiones utilizan Google Earth, el programa informático que permite ver imágenes de satélite de terrenos en distintos puntos del planeta.
Según estimaciones de estudios jurídicos, dos millones de personas en Cuba y en el exilio podrían reclamar en los tribunales de la era post-Castro propiedades valoradas en 200.000 millones de dólares.
La prueba de que la iniciativa de estos cubanos no es una locura es el precedente de los países del Este, antiguos satélites de la Unión Soviética, y de la Nicaragua postsandinista. «En estos países se devolvió la propiedad o se indemnizó a los propietarios», dice Castaño.
Hace unos años, un periodista de la BBC se puso en contacto con Viriato Carrillo. Le propuso tener una conversación con el actual ocupante de la casa familiar del Country Club de La Habana. Carrillo, de 63 años, abandonó Cuba junto con sus padres y sus dos hermanos en 1960, cuando contaba 15 años. «Mi padre no quería que sus hijos formaran parte de un ejército comunista. Mi familia era poderosa. Poseíamos ocho ingenios azucareros, una fábrica de comestibles, una fábrica de fósforo y hasta la destilería de ron Santa Cruz, donde actualmente se produce el ron Havana». Recuerda cómo su padre decidió marcharse después de que un amigo comunista miembro del Gobierno le avisó que iba a ser detenido para ser juzgado como «enemigo de la revolución».
Finalmente, Viriato Carrillo aceptó el reto del periodista británico, siempre que el encuentro tuviera lugar dentro de las reglas de la educación y el civismo. A las dos semanas recibió una nueva llamada. El ocupante de la casa propiedad de su familia, un alto funcionario del régimen castrista, se negaba a hablar con él. «Algún día tendré que negociar con él. Y le diré: 'Pon un precio, pero piénsalo bien. La cantidad que me digas es la que te voy a exigir a ti si quieres seguir viviendo allí'».
Embajada
Otra de las casas de la familia de Carrillo en el barrio de El Vedado en La Habana es ahora la embajada alemana. En Varadero, sobre una villa para las vacaciones de la familia, se levanta un hotel propiedad de una empresa española. Viriato tiene 63 años y todavía está pleno de energía, pero sabe que si algún día le fallan las fuerzas sus hijos continuarán peleando.
«Sueño con volver a Cuba. Estoy convencido de que con 10 años de trabajo de personas en mi situación, La Habana volvería a ser el París del Caribe como en 1959».
Con quien también tiene ganas de negociar este cubano, que ahora vive en una casita colonial de la zona residencial de Coral Gables, es con los franceses de Pinaud Ricard, los propietarios de ron Havana por obra y gracia del «aperturismo interesado» de los gobiernos de Fidel. Con una botella de ron Santa Cruz entre las manos, destilada antes de la Revolución, se lamenta: «Éramos el mejor ron del país y ellos se han aprovechado del esfuerzo de mi familia».
No todos los exiliados ven tan sencilla y positiva la iniciativa de Gutiérrez y su ejército de familias. A Ramón Saúl Sánchez, presidente de Movimiento Democrático en Miami, le parece «demagógica» la propuesta de Gutiérrez. «Esta iniciativa le hace el juego a la campaña del régimen castrista sobre que los cubanos del destierro queremos regresar a Cuba para recuperar nuestros bienes. Eso no es verdad para nada. Sólo queremos ver a nuestras familias. Lo que yo tenía en Cuba, que se lo queden».
Hace unos años, cuando vivía Jorge Más Canosa y todas las facciones del exilio se reunían en torno a su figura, mantuvo una reunión con los expropiados. Les propuso realizar una subasta nacional en el momento en que caiga el régimen de Castro, de manera que todos los bienes estatales pudieran ser vendidos al mejor postor. Los antiguos propietarios tendrían derecho a una primera oferta.
«¿Quién era el señor Más Canosa para proponernos tal cosa?», revela un sorprendido Gutiérrez. «Además, muchos de mis representados ya no poseen las fortunas de antes y no tendrían ninguna posibilidad en esa primera oferta».

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