25 de enero 2012 - 00:00

Las mujeres según una autora “discriminada”

Las mujeres según una autora “discriminada”
Marcela Serrano «Diez mujeres» (Bs.As., Alfaguara, 2011, 305 págs.)

Una psicóloga decide reunir a sus pacientes para que se cuenten sus vidas porque «sólo de ese modo podían tomar control sobre su historia», ya que «para recuperarse, todo sobreviviente necesita hacerse cargo de sus recuerdos». A partir de la llegada de esas nueve «locas», según los «recios» obreros que las miran pasar, se suceden las diez confesiones que tenderán a escenificar a veces el camelo de la psicóloga Natasha, cuando mirándolas piensa «cómo me conmueven las mujeres, cuánto me apenan, ¿por qué una mitad de la humanidad se llevó un peso tan grande y dejó descansar a la otra?». Afortunadamente, en otras el personaje supera a las ideas de la autora, y en otras al lector le dan ganas de polemizar con la expositora.

Todo está dirigido a que los nueve monólogos confesionales provoquen una proyección-identificación en las lectoras. El universo va desde Guadalupe -chica de clase alta, de 19 años, lesbiana, dada a las drogas, con piercings en nariz y oreja, cabeza rapada, y problemas por falta de aceptación, calco punk chileno de la maravillosa Lisbeth Salander de la saga «Millenium» de Stieg Larsson-, a Mané, ex actriz de 75 años, que con envidiable vitalidad y cinismo enfrenta la vejez y el deterioro físico, con búsqueda final de un mínimo cariño, versión femenina de la admirable novela de Juan Claudio Lechín «La gula del picaflor».

Entre esas dos fronteras están: Francisca, de 42 años, socia de una inmobiliaria, que tiene una «familia muy normal» un odio traumático a su madre; Juana, de 37, depiladora en un salón de belleza, madre soltera hija de una madre soltera, que vive el drama de una hija bipolar; Simona, de 61, que pasó de católica a feminista, y de izquierdista a querer que en su epitafio pongan «egoísta pura y dura», como la extremista liberal Ayn Rand; Layla, de 43, periodista que busca escapar de sus padres y del sometimiento de las mujeres árabes: Luisa, hija de campesinos, que «enferma de amor» aún espera a su marido detenido desaparecido en la dictadura; Andrea, empresaria exitosa, conductora de TV, cuyo karma es pasarse dando autógrafos y no saber qué es la vida; y Ana Rosa, devota hasta la perversa beatitud de verse sucia y culposa (en la infancia fue violada por su abuelo). Y la psicóloga, ruso judía, contada por su asistente, que se formaron en Buenos Aires porque «es muy argentino y muy judío la fascinación por el mundo psi, y no tiene que ver sólo con el fundador del psicoanálisis, sino con una pasión por la indagación, por los orígenes, sumada a una capacidad de emigrar: por eso los argentinos y los judíos estamos permanentemente yéndonos, somos errantes, fácilmente adaptables, y tenemos una compulsión a la diáspora».

Hay monólogos en que Serrano encarna de tal modo su personaje que parece vérselos, haber sido escritos para la escena, a veces recuerdan a ciertas emisiones de la serie «En terapia» que se ve por Cinemax. A Serrano sólo le es suficiente con que digan lo que tienen que decir, cuando lo valioso sería, dado que son tan distintas, verlas discutir entre ellas, sobre todo teniendo en cuenta que una de las escritoras que suele citar, Simone de Beauvoir, dijo «mujer no se hace, se llega a ser». En algunas entrevistas Marcela Serrano dijo que la mayoría de sus lectoras son mujeres, y es «discriminada por los hombres, que escuchan poco el lamento femenino, son reacios al cuento de las mujeres y los pone nerviosos», tendría que preguntarse por qué jamás han dicho ni dirían algo semejante, sino todo lo contrario, Virginia Woolf (traducida por Borges), Marguerite Yourcenar (traducida por Cortázar). Y en un ámbito más cercano a su narrativa Almudena Grandes, Rosa Montero, Angeles Mastretta, Laura Esquivel o Sylvia Iparraguirre, y siguen los nombres.

M.S.           

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