4 de noviembre 2011 - 00:00

Los “Espectros” de Ibsen reviven en puesta ejemplar

Ingrid Pelicori y Walter Quiroz, como madre e hijo Alving, en la versión de Mariano Dossena de «Espectros» en el Centro Cultural de la Cooperación.
Ingrid Pelicori y Walter Quiroz, como madre e hijo Alving, en la versión de Mariano Dossena de «Espectros» en el Centro Cultural de la Cooperación.
«Espectros», de Henrik Ibsen. Dir. y vers.: M. Dossena. Int.: I. Pelicori, W. Quiroz, M. Bucossi, H. Acosta, I. Mockert (Centro Cultural de la Cooperación, vie. y sáb. 23 hs.),

No por azar «Espectros» (1881) fue, en su época, la obra más escandalosa de Henrik Ibsen, aquella a la que las comisiones de censura de varios países impidieron representar hasta casi entrado el siglo XX, cuando ya era imposible soslayar el aplauso y las repercusiones públicas que continuaba cosechando, por sus valores dramáticos y perfección formal, en las ciudades que no la habían objetado, en simultáneo con la consolidación del prestigio del autor.

Hasta el día de hoy, inclusive, «Espectros» conserva una matriz inquietante y revulsiva que no poseen ni siquiera obras más famosas de Ibsen, como «Un enemigo del pueblo» y «Casa de muñecas». En estas últimas, por ejemplo, la condición inequívoca del conflicto termina por darle a sus respectivos desenlaces una claridad que trasciende sus audacias. En definitiva, Nora puede dar un portazo e irse.

Con «Espectros», quizá la obra más pesimista de Ibsen, no ocurre lo mismo: nadie puede dar portazos en ese clima de corrupción, deterioro moral y asfixia, donde ni siquiera la eventualidad de un incesto no consumado es el mayor de los infiernos. El hogar de la familia Alving es una trampera en la que los moradores vivos tienen menos libertad que el gran muerto, el padre, cuyas acciones (ocultadas por casi todos, a sabiendas o no) continúan rigiendo la existencia.

Pero la conducta de los personajes de «Espectros» no se limita a ocultar la suciedad debajo de la alfombra. La mirada Ibsen no termina, desde luego, en un examen superficial de la hipocresía social y familiar. Temas mucho más graves, alguno de ellos típico de su época, como el de los condicionamientos hereditarios, pero sobre todo el de la mala conciencia como resultado de la imposibilidad de cura, o de redención si se prefiere, le otorgan al drama una densidad dramática indudablemente superior. Y el desenlance, si amargo en la versión original, adquiere en esta puesta de Mariano Dossena, gracias a la ambigüedad con que lo reviste, un acento aun más angustiante.

Dossena ha hecho, dentro del limitado escenario del Centro de la Cooperación, una puesta en escena ejemplar. Los desplazamientos y marcaciones, sumados a un vestuario y una escenografía respetuosos de la tradición, sugieren en todo momento en el espectador la sensación de espacios mayores y, a la vez, opresivos a la fuerza. Es como si en lugar de sólo haber contado con este escenario real hubiera decidido limitar otro mayor exactamente al perímetro con el que contó. Estupenda fue también su decisión de incorporar la presencia, fuera de escena, de un contratenor (Joaquín Rodríguez Soffredini) como introito musical al drama.

Ingrid Pelicori (la señora Alving), transmite con magistralidad la tormentosa contradicción de su personaje, esa madre que debe mostrarse contenida y amorosa pese al odio que alimenta y su necesidad de expiación, que sabe imposible. Walter Quiroz, como Osvald, le da también al hijo la energía y las flaquezas justas. Un auténtico hallazgo es haberle confiado el papel del pastor Maders a Marcelo Buccosi, quien hasta en su respiración parece un personaje directamente salido de un film luterano de Ingmar Bergman. Horacio Acosta e Iride Mockert, en papeles relativamente menores, se integran con toda armonía al drama y el estilo de la puesta.

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