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Los románticos, con buenas armas
La música de uno de los períodos más fructíferos y singulares de la cultura francesa fue la protagonista excluyente del concierto que brindó el ensamble parisiense LArmée des Romantiques, convocado por la asociación Festivales Musicales de Buenos Aires en el Teatro Avenida.
A través de un programa inteligentemente armado que pudo sortear la monotonía aun dentro de la unidad, este mínimo «ejército romántico» de músicos jóvenes se fue desplegando y replegando en sus distintas combinaciones, logrando una coherencia que incluso hubiera merecido la ausencia total de aplausos dentro de las dos partes del concierto.
Ligeramente frío en el comienzo, con el «Romance» opus 37 de Saint-Saëns, el flautista Georges Barhtel fue creciendo en belleza de sonido y expresividad, desde la «Fantasía» de Fauré hasta dos de los de «Seis epígrafes antiguos» de Claude Debussy, compositor al que estuvo dedicada enteramente la segunda mitad del programa. Para sorpresa de la audiencia (más receptiva que numerosa), Barthel comenzó el «Preludio a la siesta de un fauno», bellamente interpretado por él y el pianista Rémy Cardinale, desde la «coulisse», y más tarde, en la pieza para flauta sola «Syrinx», eligió ubicarse en la galería del teatro, gesto que podría interpretarse como una alusión a su origen de música incidental.
Con una voz que hace honor a su apellido, la soprano Magali Léger interpretó por su parte un puñado de algunas de las más hermosas melodías de Fauré, Saint-Saëns y Debussy en dúo con el refinado Cardinale, y en compañía de Bathel, los «Dos poemas de Ronsard» para voz y flauta solas de Albert Roussel, obra de una belleza sublime que no puede dejar de relacionarse con el espíritu antiguo plasmado por Ravel en la escena de la Princesa de «El niño y los sortilegios». Muy cómoda y segura en el registro de cabeza, Léger no parece sin embargo encontrar por debajo del pasaje la colocación justa, sonando tensa y por momentos calante. Pese a estos reparos técnicos, su desempeño fue convincente gracias a su carisma y la belleza y calidad de su instrumento.
«Una flauta invisible», canción de Saint-Saëns sobre un poema de Victor Hugo, reunió finalmente a los tres intérpretes en un bis no tan justificado por el clamor del público como por la necesidad de los músicos galos de entregar una obra que ofició como punto estéticamente culminante y conclusivo.


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