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Los salvatajes empujan a emergentes al FMI
Sin embargo, ni el hermoso Palacio de Lancaster, con sus inmaculados jardines y salones adornados con cuadros de reyes de una Inglaterra que ya no existe, ubicado a unas pocas cuadras de donde reside la reina de Gran Bretaña, logró levantar el optimismo de quienes nos juntamos para discutir la agenda de la cumbre de líderes del G-20 el próximo 1 de abril. El dato sobre el desempleo estadounidense que llegó durante el almuerzo terminó de arruinar el único momento de camaradería de estos 20 delegados que, en general, representamos realidades tan disímiles.
Cada líder llegará con una crisis en común y un análisis diferente sobre sus causas y soluciones. También la política doméstica se hará presente. Para Gordon Brown es su última oportunidad de recuperar el liderazgo laborista que se ha ido desgastando en casi 12 años de gobierno. En cambio, para Barack Obama será la primera oportunidad de mostrar a sus votantes un liderazgo mundial que la crisis doméstica le ha negado, hasta ahora, ejercer.
Desde la cumbre de noviembre, la profundización de la crisis muestra su apocalíptica magnitud al pasar de los billones a los trillones. También aparecen nuevos peligros como las formas que van moldeando el debate sobre el proteccionismo.
Un tema que dividió las aguas es cómo contabilizar los billones de dólares volcados a salvar el sector automotor tanto en Estados Unidos como en Europa. Acaso esos subsidios domésticos no son una forma de proteccionismo y una herramienta tan invaluable como cuestionable para promover sus exportaciones.
Lo mismo ocurre con los salvatajes financieros. Durante años, mientras mirábamos embobados los efectos poco entendibles de la globalización, se fueron creando instituciones financieras, supuestamente supranacionales. La estatización del Citibank y del Lloyds de Londres, así como la repatriación de los fondos de sus sucursales extranjeras, aclara bastante sobre lo poco global que puede ser la globalización cuando los recursos son escasos.
Keynes, el economista que ha vuelto del más allá, decía que en el largo plazo todos estaremos muertos. A menos que hagamos cambios drásticos, la frase de Keynes habrá que adaptarla a una frase de un delegado asiático: en el corto plazo estaremos todos muertos.
Los cambios que se necesitan son políticos. Así lo entienden la Argentina y la mayoría de los países que asistiremos a la cumbre de Londres.
El Fondo Monetario es tan antiguo en sus conceptos que pretende seguir aplicando doctrinas que sus miembros más conspicuos insisten en ignorar. Mientras el Fondo les exige a países de Europa del Este que recorten sus déficits a un 3%, los países desarrollados continúan endeudándose a porcentajes del PBI que cuadruplican las exigencias del Fondo. Obvio, nunca nadie escuchó ni en Londres ni en Washington comentar un informe del Fondo sobre sus economías. No interesan. El Fondo todavía actúa como una fuerza represora de países pobres o en vías de desarrollo.
Sin embargo, los trillones de dólares que absorben los países desarrollados dejan a los demás sin fuentes de financiación.
Con ese panorama, es inaudito que los burócratas del Fondo insistan en mantener condicionalidades que agravan la situación de estos países.
En las charlas informales se habló bastante de Europa del Este, cuyo descubrimiento del capitalismo consumista fue tan festejado como lo fue aquí la fiesta menemista, que hoy encuentra que la única ventanilla abierta es la del Fondo. El problema es que las exigencias agravarían el problema generando una debacle social que la Europa más rica no desea ni está en condiciones de absorber. Prestamista de última instancia, como es conocido el Fondo, no es muy distinto de los usureros que esperan en los bares cercanos a los casinos.
Si en algo hay consenso es en que la crisis económica fue el resultado de decisiones políticas absurdas. Y son, por lo tanto, los líderes políticos quienes deben asumir la responsabilidad de dirigir la economía. Por eso, el G-20, que comenzó como un grupo de ministros de finanzas, se ha ido transformando en un foro donde los líderes de países con distinto grado de desarrollo convergen para comenzar a diseñar un nuevo orden mundial.
Junto con otros países, la Argentina considera que la salida de esta crisis terrible y destructora necesita democratizar el control del Fondo y demás instituciones financieras internacionales. No es posible seguir con un Fondo manejado por los europeos y un Banco Mundial en manos de los norteamericanos. Es necesario, también, regularizar los flujos financieros, eliminar la hipocresía de los paraísos fiscales, controlar las agencias de riesgo crediticio cuyos informes dan sostén a la especulación financiera y promueven la fuga de capitales.
El desempleo fue un tema que casi no figuró en Washington y que en Londres ocupó buena parte del debate. Es también el desempleo de los trabajadores emigrantes, el desempleo juvenil, la discriminación, la violencia y la falta de fondos para contener a millones de futuros desempleados.
En fin, en Londres se tratará de volver al mundo de la producción y del trabajo donde el progreso se construía sin los delirios de los alquimistas, hoy reaparecidos como especuladores cuyas obscenas ganancias nos recuerdan esta ciudad que maravillosamente describió Charles Dickens en sus años más crueles y que esperemos no vuelvan.


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