22 de septiembre 2009 - 00:00

Lu Chuan: “Hay horrores de los que no se habla”

Lu Chuan (izq.) con los protagonistas de «Ciudad de vida y muerte» Liu Ye y Fan Wei, durante su presentación en San Sebastián.
Lu Chuan (izq.) con los protagonistas de «Ciudad de vida y muerte» Liu Ye y Fan Wei, durante su presentación en San Sebastián.
 San Sebastián - Un drama sobre la masacre de Nanking, el chino «Ciudad de vida y muerte», acaba de presentarse en la competencia oficial. Un film atroz, estremecedor, agobiante. Y, sin embargo, parece una de Disney frente a la lectura de los muchos testimonios de la época que pueden rastrearse. Aquello fue en 1937. Durante mes y medio, los soldados japoneses ejercieron las peores aberraciones imaginables sobre los prisioneros de guerra y la población civil, en especial las mujeres embarazadas y las niñas de la ciudad conquistada. Luego de la guerra, el Tribunal Militar de Tokio condenó a muerte al comandante japonés, con el cargo de unos 100.000 asesinatos. Pero historiadores calculan que la cifra total llega casi a medio millón. Sobre todo esto dialogamos con Lu Chuan, director del film.

Periodista: Empecemos por lo formal. ¿Por qué eligió rodar en blanco y negro?

Lu Chuan: Por respeto a las víctimas. Así como no quise caer en lo morboso, tampoco quise imponer el colorido de la sangre, el sudor, o la mugre. Además, en blanco y negro, la sangre se convierte en negro. Así también, con el tiempo, se va perdiendo el color de la memoria. Algunos dicen que me inspiré en «La lista de Schindler». Gracias, pero no es así. Quise rodar desde mi propio corazón, sin recordar cómo están hechas otras películas de guerra, ni siquiera mi favorita de ese género, «Apocalypse Now».

P.: Ambas obras tocan, en forma distinta, un mismo asunto: la bestialidad a la que pueden llegar unos jóvenes normales.

L.C.: Visité muchas veces Japón, entrevisté a varios veteranos de guerra, leí muchas memorias de soldados. Para mi sorpresa, no eran bestias, sino seres humanos comunes como cualquiera.

P.: ¿Mostraban algún arrepentimiento por lo que hicieron? En el film usted los muestra simultáneamente espantados de sí mismos, y enardecidos por la locura y la crueldad que los impulsaba.

L.C.: Leyendo sus memorias, pensé que iban a lamentar por escrito lo que habían hecho, pero no. Sólo recalcaban que el imperio y el ejército los mentalizaron y los llevaron a cometer esas crueldades.

P.: El film presenta al menos un japonés que se termina suicidando.

L.C.: Hubo casos. Para los japoneses, el debate sobre estos hechos es tabú. En la escuela no se habla. Los profesores nunca reconocen la enormidad del drama. Cuanto mucho dicen «este detalle no es verdad, y aquel tampoco». Discuten la cifra de víctimas. ¡La cifra puede cambiar, pero no puede negar la sangre y la bestialidad!

P.: ¿Qué otros testimonios tomó usted de esos hechos?

L.C.: Cartas de muchos que habitaban entonces el Barrio de Extranjeros, «La violación de Nanking», de Iris Chang, miles de fotos que sacaron los propios soldados japoneses, material de la Biblioteca de Washington, etc.

P.: ¿Los extranjeros no fueron tocados?

L.C.: Gracias al Comité Internacional que formó el empresario alemán John Rabe, líder nazi de su comunidad, Me critican porque en el film aparece como una buena persona, pero lo cierto es que él salvó a muchísimos chinos que lograron refugiarse en ese barrio. A todos los que pudo, hasta que lo llamaron al Reich.

P.: ¿Estrenará este film en Japón?

L.C.: Quiero contribuir al entendimiento entre ambos países, pero sé que es difícil. Alemania pidió perdón por sus crímenes de guerra, pero Japón nunca lo hizo. Debería pedir perdón no solo a China, sino a todo Extremo Oriente. Le diré que los actores japoneses que participan del film son unos valientes. Entrevistamos a muchísimos, pero muy pocos se decidieron. Y yo veía cómo les dolía el corazón cuando debían representar esas escenas. Lo que me preocupa, es que yo hice esta película para examinar el comportamiento humano y denunciar al mundo un hecho histórico. Pero quizá cualquiera de nosotros, en similares circunstancias, podría cometer crímenes similares. Todo el mundo puede llegar a ser un soldado japonés, si lo impulsan a serlo.

P.: ¿Cómo repercutió su obra en China?

L.C.: Para mi sorpresa, muchos la odian. Me consideran un traidor, porque siempre se ha representado al enemigo como bestia, y yo lo presento como un humano bestializado.

P.: ¿Por qué pone, al final, un niño chino riéndose?

L.C.: Porque así son los niños, y porque es lo que ocurre bajo el sol todos los días. Uno muere, otro mata, otro se suicida, alguien llora y luego ríe. El mundo es ridículo, es brutal, pero también existen la esperanza y la alegría. Le diré, todo lo que cuento en el film se basa en documentos, salvo un baile final de los triunfadores, que surgió de una pesadilla mía. Pero yo conocí a un sobreviviente, charlé con él, un viejito que entonces tenía ocho años de edad. El fue detenido por los invasores, presenció días enteros de violaciones y masacres, y un día pudo escapar y reír, igual que el niño de mi película. Ya que está, agradezco a mis actores Liu Ye (de quien ahora soy su padrino de bodas) y Fan Wei. Ellos son verdaderas estrellas en China, pero para esta película me cobraron poquísimo. Aún más, ella me prestó dinero, tanto es su interés en que esta historia pueda difundirse.

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