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Lúcida versión moderna de la “Carmen” de Bizet
Adriana Mastrángelo se devora el escenario en su torrencial Carmen, que se representa según la versión original de «ópera comique», es decir, con parlamentos.
«Carmen», de Georges Bizet, una de las óperas más geniales del repertorio y también más amadas por el público, regresó a esta ciudad para abrir la temporada 2011 de Buenos Aires Lírica. Pero podría decirse que por algunas características no se trata de una puesta más entre tantas que se han conocido aquí, sino que la distinguen dos novedades importantes. La primera es su realización en la versión original de «opéra-comique» (es decir con diálogos), en vez de la que habitualmente se escucha, con los recitativos agregados por Ernest Giraud. Se trata de un desafío enorme para un elenco de cantantes sudamericanos, ya que los textos hablados requieren una excelente dicción francesa (cosa que no se cumplió en el caso de todos).
La segunda novedad viene de la mano de la puesta ideada por Marcelo Lombardero, con una acción que trascurre en la época actual. A diferencia de otras óperas en que los conflictos surgen de convenciones sociales (por ejemplo en «La traviata»), y que por lo tanto ven su acción tergiversada cuando se las «aggiorna», en «Carmen» el conflicto es el de una mujer sexualmente libre a la que un hombre violento de mentalidad posesiva intenta dominar. Y en tiempos en que lamentablemente la violencia de género sigue siendo un tema preocupante, un argumento como éste sería perfectamente posible.
A partir de esa elección, todos los elementos de la régie, escenografía (Diego Siliano), vestuario (Luciana Gutman), iluminación (Horacio Efron) y coreografía (Ignacio González Cano) son perfectamente coherentes y confluyen para crear un clima de sordidez y una tensión que no cede a lo largo de los cuatro actos.
Mención aparte merece el paralelo que traza Lombardero entre la violencia física contra las mujeres y la matanza de toros mediante la proyección de imágenes durante el coro «Les voici, les voici!», con un efecto estremecedor. Evidentemente un planteo escénico semejante requiere de cantantes-actores dispuestos a enfrentar estos desafíos.
Con su físico imponente, perfecto según los cánones de belleza actuales (y que por lo tanto en esta puesta cobra una coherencia mayor de la que tendría en otra «tradicional»), con una soltura escénica completa y un desempeño vocal impecable, Adriana Mastrángelo se devora el escenario y convence de principio a fin como Carmen.
A su lado, el brasileño Martin Muehle cumple con las grandes dificultades que impone el papel de Don José, con una voz de enorme potencia y garra dramática. Revelación para el gran público, Oriana Favaro aparece como la Micaela ideal no sólo por sus condiciones vocales sino por su juventud, belleza y buena actuación, en tanto que Leonardo Estévez se desenvuelve sin problemas con su moderno Escamillo.
Dos cantantes de la nueva generación, Victoria Gaeta y Cecilia Pastawski (esta última bailando y actuando con desparpajo pese a un embarazo avanzado) componen a unas encantadoras Mercedes y Frasquita, acompañadas por Santiago Bürgi y Sebastián Sorarrain, también excelentes como Dancairo y Remendado.
Alejo Pérez brindó una lectura ágil de la partitura, apoyado por una orquesta de muy buen nivel, con momentos destacados como el preludio al tercer acto. Tanto el Coro de Buenos Aires Lirica como el de Niños del Teatro Argentino de La Plata cumplieron sus partes con corrección.


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