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Más Carver que nunca

No pocos carverianos mirarán con temor este libro que trae los cuentos de «De qué hablamos cuando hablamos de amor», pero con el título «Principiantes»; a sabiendas, además, de que éstos son los «verdaderos». Temor, en primer lugar, de autorrevelarse no carverianos sino «lishianos», ya que lo que siempre se conoció y admiró como los primeros cuentos publicados de Raymond Carver era, en realidad, lo que había dejado en pie su editor y benefactor Gordon Lish, tras una poda descomunal y unas modificaciones sustanciales. Empezando por el título del relato con el que decidió titular también todo el volumen. Porque por más exacto que suene «De qué hablamos cuando hablamos de amor» (una frase del cuento de todos modos), Carver le había puesto el nombre con el que aparece ahora, porque su tesis de autor es que en la vida y en el amor, como dice uno de los protagonistas, «me da la impresión de que no somos más que unos completos principiantes».
Por más que se supiera desde hace más de una década -cuando el caso fue ventilado por el ensayista y crítico de «The New York Times», D.T. Max- no deja de ser perturbador comprobar en esta rigurosa restauración de los relatos, que Lish no sólo los redujo sin miramientos en busca de un nuevo laconismo y una precisión a la Hemingway (entre otros datos de interés, en las notas finales de «Principiantes», sus editores, William L. Stull y Maureen P. Carroll, apuntan qué porcentaje de mutilación sufrió cada texto), sino que eliminó la historia de muchos personajes, a varios les cambió los nombres, y hasta modificó finales («¿Dónde está todo el mundo?» reúne todos esos requisitos). Y ésta no es una enumeración exhaustiva, ni mucho menos.
Lish, es evidente, buscaba una nueva forma literaria. Y la encontró. Por qué Carver pagó semejante precio seguirá siendo pasto de especulaciones de todo tipo respaldadas en su historial de perdedor (como perdedores son la mayoría de sus personajes). Profundizando un poco se pueden arriesgar al menos dos motivos convincentes: que Lish no era ningún improvisado y, fundamentalmente, que fue el único que le aseguró publicación.
Por otra parte, si bien al editor no le cayó en gracia que sus devastadores tijeretazos salieran publicados directamente en la tapa de un suplemento del «New York Times» (en 1998, junto con una carta en la que Carver daba por terminado el pacto previo y le suplicaba respetar sus originales en lo sucesivo), curiosamente él mismo lo había propiciado al vender los manuscritos y otros documentos de Carver a la Universidad de Indiana no mucho después de la muerte de éste en 1988, antes de cumplir 51 años.
Ahora bien, con sus diferencias, que las tienen valga la insistencia, tanto en la primera versión de los cuentos que aparecieron bajo el título «De qué hablamos cuando hablamos de amor» en 1981, como en «Principantes», brilla el talento inconfundible de Carver para pintar a base de anécdotas engañosamente inocuas una clase de norteamericanos, dotándolos en el mismo acto de resonancias universales. Lo que, asimismo, no hace más que probar el talento de Lish.
Hubo quien quiso ver en «Principiantes» un Carver más piadoso, probablemente porque su narrativa es más tradicional, menos «experimental» que la que creíamos conocer. No es menor que los personajes tengan un pasado que explique su presente, casi invariablemente desencantado, y por qué son tan utópicos sus sueños de futuro, por ejemplo. El gris de sus existencias sigue gris, pero con matices. Lo que es seguro es que, sin ser obsceno, Carver era menos moralista que Lish, quien en tren de eliminar, eliminó también prácticamente todo detalle violento o sórdido de los relatos. Detalles para nada gratuitos en todos los casos.
Vale decir que, se hayan leído o no los cuentos «revisados» por Gordon Lish, «Principiantes» es un libro indispensable para redescubrir o para conocer las virtudes únicas e irrepetibles que hacen de Raymond Carver un cuentista extraordinario.
Nan Giménez

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