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Medea militante y demasiado racional
La presencia de Cristina Banegas es un buen motivo para conocer a la Medea de aguerrida militancia ideológica y sin atisbos de pasión desbordada que imaginaron la propia actriz y el director Pompeyo Audivert.
En «Medea» conviven el relato mítico, el crimen pasional y el alegato a favor de la mujer, como eterna marginada social. Pese a los 25 siglos transcurridos desde que Eurípides concibió esta tragedia, siempre resulta una experiencia inquietante repasar las peripecias de su protagonista, una princesa bárbara con dotes de hechicera que es capaz de sacrificar a su propia familia (padre, hermano y dos hijos) a causa de Jasón, el hombre al que ama.
La versión que protagoniza Cristina Banegas en el San Martín se distingue por su claridad conceptual, además de resultar muy agradable al oído. No hay hispanismos que entorpezcan la dicción, ni rebuscados giros idiomáticos que clausuren la escucha. Las referencias mitológicas fueron reemplazadas por conceptos más modernos que no desentonan con la idea original y los diálogos brillan con una renovada carga ideológica.
Medea y Jasón (rol a cargo de Daniel Fanego) debaten con la lógica furiosa de dos parlamentarios. El recurre a justificaciones sofistas que ella desbarata con su implacable lucidez; pero los cuerpos de ambos nada dicen de la pasión que un día compartieron.
La puesta de Pompeyo Audivert se desarrolla en un espacio desnudo, de forma circular, en donde los actores, en general, dicen lo que tienen para decir sin demasiado compromiso corporal. Por debajo de sus contundentes declaraciones no asoma ninguna construcción dramática subyacente que ratifique a través de acciones lo que se dice en escena. Los discursos parecen explicarlo todo y los personajes actúan como si supieran lo que va a ocurrir u olvidaran, de repente, sus objetivos puntuales para regodearse con la información que traen.
Cuando el mensajero viene a advertirle a Medea que debe huir antes de que la castiguen por el crimen que cometió, en lugar de alentar su premura, el hombre pasa a detallarle -con un empeño casi periodístico- la agonía de su joven y bella rival (envuelta en llamas por el veneno de la hechicera).
El registro actoral ofrece, además, una excesiva diversidad de estilos que atenta contra el crescendo dramático de la pieza. La pasión desbordada, el horror, la lucha ante lo inevitable, no están presentes en escena. Aún así, la presencia de una actriz de tan sobrados recursos como Banegas ya es un buen motivo para conocer a esta Medea de aguerrida militancia ideológica y buena conocedora de sus derechos.

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