18 de febrero 2009 - 00:00

Merkel, Sarkozy y Obama se unen contra los bonus

La canciller alemana, Angela Merkel, acaba de anunciar que en la próxima cumbre del G-20 (Londres, abril) se debatirá «el sistema de bonificaciones» millonarias de los ejecutivos bancarios que, en su opinión, «debe ser clarificado a nivel internacional y estar ligado directamente al éxito de los bancos». 
«Resulta incomprensible que bancos a los que el Estado tuvo que ayudar paguen enormes bonificaciones», dijo Merkel al semanario alemán Der Spiegel.
El camino había sido señalado ya por los presidentes de Estados Unidos y Francia, Barack Obama y Nicolas Sarkozy. Al anunciar un tope de medio millón de dólares para los salarios de los directivos de las empresas que reciban ayuda estatal, Obama advirtió que no toleraría «que los altos ejecutivos se premien a sí mismos en medio de esta crisis». Y Sarkozy señaló que el «sistema de remuneración de los traders, esos jóvenes que jugaban a especular, llevó a la catástrofe que sabemos».
Otros países, que también están destinando dinero público al salvataje de empresas y bancos, estudian medidas similares. El ministro de Finanzas inglés, Alistair Darling, anunció una investigación sobre los bonus de los banqueros. En Italia, las firmas que acepten ayuda pública deberán moderar las retribuciones. Y la propia Alemania puso ya un límite a las altas remuneraciones: 500 mil euros.
Pero del dicho al hecho la distancia es grande. Los ejecutivos de las finanzas, tanto en París como en Wall Street, temen que los mejores operadores sean cooptados por otras plazas. Desde su punto de vista, la reducción salarial que implican los topes anunciados es enorme y los coloca en desventaja para atraer talentos. Por otra parte, la condena al alto nivel de las remuneraciones no es unánime. No faltan quienes comparan a estos ases de la especulación con los deportistas de alto rendimiento: la selección es dura; la competencia, feroz. Su remuneración podrá resultar escandalosa sobre un fondo de recesión, pero estaba, dicen, indexada según el talento y el desempeño individual.
Sin embargo, esta categoría profesional, tan elogiada ayer, es hoy objeto de escarnio. En setiembre de 2008, los ahorristas exhibían pancartas incitando a los traders a lanzarse por la ventana como en la crisis de 1930.
¿Se acabaron entonces los tiempos de los «Gordon Gekko» (ver recuadro) -el financista de los 80 protagonizado por Michael Douglas en el film Wall Street (1987)- y su divisa: «La codicia es buena»? La frase, inmortalizada por el cine, fue pronunciada realmente por Ivan Boesky, uno de los reyes de las adquisiciones y fusiones: «La codicia es saludable, correcta, la codicia funciona», decía en 1986, poco antes de acabar en la cárcel por uso de información privilegiada. Hoy, Boesky dice haber visto «en Wall Street el mismo clima de entonces, pero con acuerdos y remuneraciones con algunos ceros más».
En efecto, ya no había mesura ni pudor. Todavía a fines de 2008, Goldman Sachs -por citar un caso entre muchos-, al tiempo que recibía 10.000 millones de dólares de fondos públicos, distribuía a unos mil empleados un promedio de un millón.
Pero, ¿fue la codicia la única culpable? ¿Qué hay de la desregulación financiera, las bajísimas tasas de interés y la ceguera de las autoridades? Los oídos oficiales estaban sordos a todo mal augurio. Como el de Harry Markopolos, quien en 2005 avisó que el mayor fondo buitre del mundo -el de Bernard Madoff- era una estafa. ¿Se aprovechará la oportunidad para poner también límite a los derivados y a los hedge funds? ¿Habrá realmente medidas contra los paraísos fiscales o todo quedará en la condena a la avidez individual?

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